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De fiesta con Einstein

01/11/2017
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Apenas tenía tres años de edad y Claudia ya sabía restar, sumar, dividir, multiplicar, leer y escribir. Efectivamente, no era una niña normal. Su cerebro iba a una velocidad vertiginosa. Con siete años, durante sus horas libres, ya leía tratados sobre física cuántica, y aunque le abrumaba el trabajo de Newton, su verdadero ídolo era Albert Einstein. Con veinte años la declararon la mente más brillante del mundo para su edad, y con veinticinco logró inventar la máquina del tiempo. La había creado con solo un objetivo en mente: viajar al pasado e invitar a una persona al presente. Sí. Esa persona no era otra que un genio de apellido Einstein y de nombre Albert. Lo primero que hizo fue caracterizar al señor Einstein, pidiéndole que se afeitase su reconocible bigote blanco y cubriéndole su característica cabellera alborotada con un sombrero que le impidiera ser identificado. Acto seguido organizó una fiesta en su casa y fue presentando a su venerado amigo a cada uno de los presentes a lo largo de la noche sin revelar su verdadera identidad. Todos tuvieron ocasión de conocerlo. Unos días más tarde, Claudia tuvo esta conversación con ellos:

  —¿Qué os ha parecido mi amigo Alberto?

  —¿El del sombrero? Un poco raro, pero muy simpático.
  —Ya sé que es simpático, pero me refiero a su cabeza.
  —¿Te refieres al hecho de que no se quitara el sombrero en toda la noche?
  —Nooo. A su forma de pensar. ¿Qué opinión os causó su cerebro?
  —¿Su cerebro? Pues... normal. Quizás algo más inteligente que el resto.
  —Pero ¿lo habéis percibido como con capacidad para revolucionar todas las teorías de la física a nivel mundial y transformar el curso de la historia?
  —¿Eh? ¿Te has vuelto loca? Por supuesto que no. Nos pareció un poco listo, pero no para tanto.
  —¿Algo más inteligente que el resto? ¿Un poco listo? ¿¿Eso es todo??
  —¿...?
  —¡Era Albert Einstein! ¡El tipo más brillante de todo el siglo xx!



  ¿Qué diamante encierra esta fábula? Que la gente no tiene capacidad para detectar ni genios ni genialidades. Eres tú quien debe guiarlos. Si quieres que alguien reconozca una genialidad, no basta con ponérsela delante. Hay que avisarle de que lo era.

Qué paradójico que sea entre necios donde menos destaca el sabio.


  ¿Cómo se aplica a nuestras vidas? Puedes tener el mejor producto del mundo, pero la gente no tiene ni conocimiento para reconocerlo como tal, ni herramientas que le ayuden a hacerlo. Tu función es proporcionárselas.

  Cuando yo creé 8Belts.com, era el primer método que demostraba que podía enseñar un idioma en 8 meses. Al principio yo no era consciente de lo que había creado, pero a los pocos meses me di cuenta de que teníamos un producto que nunca se había inventado en la historia. Y, sin embargo, desde el momento en que lo lanzamos al mercado, sabía que nuestra batalla no iba a ser tener un producto único a nivel mundial en su campo, sino conseguir comunicarlo. Y así fue.

#LaInteligenciadelÉxito
Sólo hay una cosa más difícil que tener el mejor producto del mundo. Que te crean.
@Anxo

  ¿Cómo conseguimos que nos creyeran? Con un eslogan muy osado: «Aprende un idioma en 8 meses. No nos creas. Compruébalo tú».

  Y funcionó.

  Te estarás preguntando «¿y cómo puedo comprobarlo?». Aquí va tu regalo:

  www.8belts.com/regalo

  Si te has traído a Albert Einstein al siglo XXI, no les digas que lo has traído y luego esperes que te crean. Sólo pide al señor Einstein que dé una rueda de prensa.

Demostrar es la mejor manera de convencer.

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