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Tan solo un vaso

09/08/2018
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Hace tiempo que decidí aprender a tocar la batería. Es un instrumento dificilísimo y que, al menos a mí, me sigue costando un trabajo enorme. Cuando la gente me pregunta cuántos instrumentos toco, respondo que nueve. Mi respuesta es correcta, pero la pregunta no tanto. Si vamos a ser puristas, lo correcto no sería preguntar cuántos tocas, sino cómo de bien tocas cada uno. La primera pregunta podría elevar mi ego (no lo permito), pero la segunda eleva mi humildad, ya que pondría de manifiesto no solo que no tengo la misma destreza en los nueve, sino que, de hecho, la batería es el que manejo con mayor dificultad.

¿Te acuerdas de los «Momentos-Atrévete» y de que todo éxito parte de uno?

Mi Momento-Atrévete con la batería tuvo lugar en 2015 durante la presentación de Los 88 Peldaños del Éxito Musicales, complemento de Los 88 Peldaños del Éxito (con Peldaños ilustrados y canciones que compuse para acompañarlos). Dicha presentación consistió en un concierto en Callao, en Madrid, en el que, fiel a mi lema vital «El enemigo de la vida no es la muerte, es el desaprovechamiento», me atreví a tocar los nueve, lo cual, obviamente incluía la batería. De los nueve, me preocupaba más este último que los ocho restantes.

¿Cómo salió? Depende.

Cualquier baterista diría que fatal. Cualquier no experto diría que genial. Por suerte para mí, el 99 % del público se encontraba en el segundo grupo, pero lo cierto es que si quieres superarte en una destreza, no puedes contentarte con la opinión de los que conforman el grupo del 99 % que en esa área saben muy poco, sino del 1 % que en esa área sabe muchísimo, y como resultado de esta conclusión, mi mente era consciente de que salí del paso, pero... me quedaba mucho camino por recorrer. Tenía que invertir en disciplina y ponerme a practicar.

Sin embargo, superada la prueba, mi motivación para ensayar decreció, las semanas sin hacerlo se convirtieron en meses y a medida que aumentaba el tiempo también lo hacía mi incapacidad para centrarme en mi reto y superar mi pereza.

Aquel pequeño desafío que antes veía como una poza ahora lo percibía como un océano. Y percibir algo como un océano es sinónimo de concebirlo como prácticamente insuperable.

¿Alguna vez te has visto en una situación así? Si actualmente te encuentras en ella o si te sucede en el futuro, tan solo ten presente este Peldaño y, sobre todo, la solución que te voy a dar ahora.

Cuando sientas que tienes que beberte un océano... tan sólo TÓMATE UN VASO.

Sí. Tan solo uno. Ni más ni menos.

Ese vaso será más importante que el resto del océano. ¿Por qué? Porque ese vaso tiene poder; el poder del desatascamiento. El poder de quitarte el miedo a empezar.

El día que este Peldaño me regaló el sartenazo en la cabeza y me permitió entender su valor (lo que los estadounidenses llaman una «wake-up call») fue el mismo en el que puse fin a la se- quía. Esto fue lo que sucedió.

Era un martes. No solo era un día de trabajo, sino que lo era de mucho trabajo. En la oficina me esperaban importantes temas y numerosas reuniones. Que hubiera temas importantes era habitual. Que fueran tantos, no. No suelo ir de traje, pero las reuniones de ese día lo requerían. Tomé mi maletín, llevé a cabo mi ritual cotidiano de comprobar que portaba mis llaves, mi auricular y mi móvil y agarré la manilla de la puerta con una única misión en mente: girarla y llegar a la oficina con la mayor celeridad. De repente di media vuelta y lancé una mirada penetrante a la batería, aquella a la que tenía cierto odio por haberse convertido en un océano y por tener la osadía de recordarme a diario mi fracaso con la autodisciplina. Tras unos segundos, mi mirada se convirtió en sonrisa. Durante esos segundos mi mente no solo se había dado a sí misma una respuesta inusual, sino que, lo que es más importante, esa respuesta poco común la dio como resultado de una pregunta que era aún menos común. La respuesta era sí. Y la pregunta, «¿y si pospones todo y tan solo te tomas un vaso?».

En esos segundos mi diálogo interior no tuvo tiempo suficiente de realizar una reflexión en voz baja, pero si lo hubiera tenido, hubiera cobrado esta forma: «todos los días tienes la oportunidad de acudir a reuniones importantes, pero no todos tienes la oportunidad de desatas- car un océano tomando un solo vaso». Entender  eso bastó para dejar mi maletín a un lado, sacarme descuidadamente la chaqueta y sin aflojar siquiera la corbata sentarme a la batería, agarrar las baquetas y sonreír mientras cabalgaba sobre una dócil mula que momentos antes era un feroz dinosaurio. Al día siguiente lamenté que alguien no hubiera estado allí para fotografiar un momento tan pintoresco: el jefe llegando tarde a la oficina a cambio de sentarse encorbatado en un taburete para dar golpes a una caja, un bombo y unos platillos  a las 9.30 de la mañana, o al menos así lo hubiera descrito el fotógrafo. En mi mente no estaba haciendo todo eso, sino quitando el tapón al océano Atlántico.

Se trató tan solo de seis o siete minutos, pero fueron los suficientes para llenar un solo vaso, el que contenía el poder, el que representaba la llave que desatascaría el océano.

Esa misma noche llegué a casa con ganas de más. Y sumando el número de veces que me senté a la batería los siete días siguientes, el total de sesiones superó las diez. ¿Cómo es posible? Porque montar en dinosaurio da miedo. Montar en mula, no.
 
#LaInteligenciadelÉxito
Ningún obstáculo  es demasiado grande cuando los pasos que se dan son lo suficientemente pequeños.
@Anxo

 
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