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Proyecto Alcatraz Ron Santa Teresa

Transformó el robo de su hacienda en oportunidad de negocio de impacto social

Alberto Vollmer tiene una historia peculiar que contar. No es sólo el éxito de su marca de ron bicentenaria como es Santa Teresa, sino también cómo se valió de ella para conciliar bandas rivales de alta peligrosidad e integrar a venezolanos con riesgo de exclusión. Es la historia del Proyecto Alcatraz alineada a una marca de ron.

Ana Delgado | 25/10/2017
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Alberto Vollmer durante su estancia en Madrid

El reto, la lucha y la resolución son tres elementos esenciales que hacen que una historia sea atractiva e inspiradora. Ninguno de ellos escatimó Alberto Vollmer, presidente de Ron Santa Teresa, en el relato ofrecido en Madrid para anunciar la reciente alianza con la compañía Bacardí como distribuidor mundial de sus rones. Una unión corporativa que justifica la trayectoria compartida de empresas de origen familiar, referentes en sus ámbitos y capaces de superar los vaivenes de la Historia. Pero Alberto Vollmer, más que centrarse en las bondades de su marca, quiso narrar el proyecto del que se siente más orgulloso y que se ha convertido en caso de estudio de numerosas escuelas de negocio internacionales, incluida Harvard, como ejemplo de integración social a través de la empresa. Hablamos del Proyecto Alcatraz.

El reto

La historia del Ron Santa Teresa se remonta a 1796, cuando el Conde Tovar funda en los Valles de Aragua (Venezuela) la Hacienda Santa Teresa. Habrá que entender que a lo largo de sus más de 220 años de trayectoria la compañía ha pasado por numerosas vicisitudes, entre otras la Guerra de la Independencia, donde la abuela de Alberto Vollmer, Panchita Ribas y Palacios, se destacó por ser perseguida y esclava como sobrina del general en jefe del Ejército Patriota, José Félix Ribas, y prima hermana de Simón Bolívar.

Sin embargo, para contar el Proyecto Alcatraz basta con retrotraerse a 1999, año que coincide con la llegada del chavismo al poder y que desata una ola de expropiaciones. Entonces ya estaba el joven Alberto Vollmer al frente del negocio en su quinta generación. Una noche le informaron del asalto de la Hacienda por parte de una banda afín al nuevo régimen dispuesta a adueñarse de parte del territorio. En total eran más de 400 familias invadiendo el terreno. Podría haber llamado a la policía para exigir el desalojo, pero sospechando la ineficacia de la acción, optó por hablar con el líder de la invasión, un antiguo militar. “Les digo, mira, tú no puedes entrar aquí porque esto son tierras privadas desde hace mucho tiempo…a lo que él me contestó, compañero, tú no te das cuenta de que esto ya cambió, las cosas ahora funcionan de otra manera. Me di cuenta entonces de que no había un plan B y de que la empresa no podría sobrevivir si al entorno le iba mal. Al final les propuse una cosa: si tu me invades las tierras, yo te invado la mente. Te voy a sacar la chabola (marginalidad) de la cabeza”. Así empezó todo.

Un acuerdo para acometer un proyecto urbanístico que permitiese la instalación ordenada de las familias en un terreno cedido por Santa Teresa, donde los invasores serían la mano de obra y el Gobierno aportaría el proyecto y la infraestructura. El resultado fue el proyecto urbanístico Camino Real, en el municipio de Revenga. “De aquí nos quedaron dos enseñanzas bien sólidas. La primera, que si queríamos seguir trabajando en Venezuela, como lo habíamos hecho toda la vida, teníamos que aceptar el cambio y adoptar una actitud proactiva. Si nosotros no cambiábamos, nos iba a borrar la historia. La segunda enseñanza es que basta con la intención de ambas partes para alcanzar una solución de un conflicto con la que todos ganen”.

La lucha

Más adelante, ya en 2003, se produce una nueva acción delictiva. Tres jóvenes atracan a un inspector de seguridad de la Hacienda Santa Teresa. Después de ser arrestados por las autoridades, se les presentaron dos alternativas: ser ajusticiados y pagar por el delito o devolver lo robado y trabajar durante tres meses en la Hacienda a cambio solo de techo y comida al objeto de resarcir los daños. Esta segunda fue la opción que eligieron, pero condicionada a la admisión del total de los 22 miembros integrantes de la banda. “Empezamos a trabajar con ellos, pasa el tiempo, y llega un día en el que me dicen que cuando acaben de trabajar en la Hacienda van a tener que volver a delinquir porque ahí fuera está la ‘banda del cementerio’ que son más y mucho más peligrosos”. No había mucho que pensar. La decisión de Vollmer fue reclutar también a esos 36 miembros, la mayoría con delitos de homicidio, e integrarlos en la hacienda. Nacía así el Proyecto Alcatraz, diseñado para reinsertar a bandas delictivas en la sociedad.

La resolución

Empezaron a trabajar con ambos grupos por separado. Se valieron para ello de psicólogos, formadores y entrenadores porque Vollmer, gran aficionado al rugby y organizador de torneos internacionales, quería aprovechar el deporte como catalizador del proceso de integración. Pasó luego que se celebró un torneo en el que ambas bandas tendrían que competir algo que hubiera sido imposible sin un gran esfuerzo previo de conciliación y acuerdo de paz entre caballeros. En encuentro se jugó sin incidentes y a las pocas semanas tenían cola de bandas delictivas para integrarse en el proyecto. Al día de hoy han reclutado a 10 bandas criminales, han integrado a más de 200 personas de alta peligrosidad y han rescatado del riego de exclusión a más de 2.000 chavales. Alcatraz también ha dado origen al Proyecto Invictus, que ha llevado el rugby a 8 centros penitenciarios del país, en los cuales más de 300 privados de libertad entrenan en esta disciplina como parte de su programa de reinserción social. “El rugby es un deporte de caballeros y el mensaje que tienen que dar en la cancha es que ellos son más caballeros que nadie”, dice Vollmer.

Lo otro que tuvieron que hacer fue sistematizar el proceso con el propósito de escalar el modelo y hacerlo extensivo a otras zonas. En la metodología aplican varias cosas, desde formación en valores, hasta educación formal o profesional. Cuenta también Vollmer que durante un tiempo la empresa se planteó separar la Fundación y el Proyecto Alcatraz de lo que era meramente la gestión empresarial pero que, al final, se dieron cuenta de que era precisa la alineación de la empresa al proyecto, por eso el eslogan de Santa Teresa es “jugamos rugby, hacemos ron”.  Actualmente, la Hacienda Santa Teresa es un complejo agroindustrial, turístico y deportivo moderno donde se produce ron venezolano y se desarrollan iniciativas sociales.

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