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Entrevistamos a Esteban Beltrán, director de la sección española de Amnistía Internacional.

“Los derechos humanos son demasiado importantes para dejarlos sólo en manos de los Gobiernos”

Esta organización de derechos humanos cumple 50 años desde su fundación. Beltrán ha formado parte de más de 20 misiones de investigación en distintos países, es autor del ensayo Derechos Torcidos (Ed. Debate, 2009), escribe en prensa e imparte clases de derechos humanos y desarrollo en seis universidades.

Ruth Pereiro | 20/09/2011
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esteban beltran, director de amnistia internacional

SU FICHA:
QUIÉN: Director de la sección española de Amnistía Internacional (AI).
QUÉ: Abogado, máster en Cooperación y Desarrollo. Dirige la organización internacional, que en España cuenta en la actualidad con 65.000 miembros y tres millones en el mundo.
DÓNDE Y CUÁNDO: Madrid, 3 de julio de 1961.
POR QUÉ: Amnistía Internacional celebra este año su 50 aniversario.

¿Cómo le llegó la atracción por esta dedicación?
El golpe de Estado de 1981 en España me produjo una gran indignación y, por entonces, me gustaba una columna que Amnistía Internacional publicaba en diario El País. Eso me animó a apuntarme a la organización.

Amnistía Internacional (AI) ha demostrado que la presión de muchas personas puede hacer mucho ¿desmonta esto el tópico de que algunas cosas no se pueden cambiar?
La gente corriente tiene una fuerza extraordinaria cuando actúa a la vez. Lo que hace que una mujer en Nigeria se libre de la lapidación o que los indígenas no sean desalojados de fincas en Brasil son las voces de millones de personas que se oponen.

¿Qué distingue a AI de otras organizaciones?
Una, que es completamente independiente –no recibimos subvenciones de Gobiernos, partidos políticos o empresas-, sólo de la gente. Y el otro elemento es que no se trata de una organización sino de un movimiento de gente amplio y flexible que se moviliza porque hay que cambiar algo.

¿Cuál es la forma de actuar de Amnistía Internacional?
Primero, investiga los hechos, por ejemplo enviando a investigadores a Trípoli tras la caída de Gadafi. Y una vez que informan si ha habido casos de tortura, ejecuciones..., viene la movilización. La fuerza de Amnistía es que son tres millones de personas moviéndose a la vez, con información buena, rigurosa. Es una mezcla de información y acción.

Lo que se podría hacer si el número fuera mayor…
La aspiración de AI es desaparecer. Significará que las violaciones humanas habrían disminuido. Pero si algo hemos aprendido a lo largo de los años es que los derechos humanos son muy frágiles, pues cualquier avance está sujeto a cualquier retroceso, pero cualquier retroceso puede convertirse en una mejora. Uno siempre está en el camino.

¿Y por dónde comienza uno a actuar?
Apuntarse en la web de AI, empezar a recibir comunicaciones y elegir si quieres proteger a la sociedad civil en Libia o un desalojo injusto en la Cañada Real… Depende de cada uno. Debajo de todo esto es que los derechos humanos son demasiado importantes para dejarlos sólo en manos de los Gobiernos.

¿Sirve para algo la firma de una petición o queja dirigida a un Gobierno o institución?
Claro que sí. Hace poco nos reunimos con la embajada de Brasil para que este país dejara de poner obstáculos a que se enviara el caso de Siria al Tribunal Penal Constitucional. Nos llamaron después de que recibieran 6.000 fax en un día. Las cartas o mensajes son un elemento de acompañamiento a la gente que está sola o no tiene el apoyo de su Gobierno.

¿Cómo ha cambiado el panorama de los derechos humanos en estos 50 años?
Mucho. Hace sólo 60 años no existía la Declaración Universal de los Derechos Humanos (es de 1948). Eso supuso un cambio fundamental porque hizo que todos los derechos valieran lo mismo en cada parte del mundo. En los últimos 20 años, un avance importante ha sido la abolición de la pena de muerte. En 1971, sólo 17 países la habían abolido; ahora son 139. Y desde 1989, en que se derriba el muro de Berlín hasta ahora, se han juzgado criminales de guerra en Yugoslavia, Ruanda, Camboya, Sierra Leona… Quizá los puntos más débiles son la tortura, que sigue practicándose en 100 países, y la pobreza, no tener derecho a la salud, a la educación, a la vivienda… La pobreza es una gran máquina de vulneración de los derechos humanos.  

¿Han ayudado las nuevas tecnologías y las redes sociales a trabajar de una forma más eficaz?
Antes, Amnistía recibía dos toneladas de información diaria por carta. Ahora recibimos mucho más, pero a través de la Red. Las redes sociales son un instrumento de multiplicación y de comunicación, pero también es necesario el sistema presencial. En Egipto o Túnez, todo empezó (las protestas de este año) a través de las redes sociales, pero tuvo que inmolarse alguien o concentrase en la plaza Tahir para que pasara algo.

Frente a la solidaridad usted recomienda exigir también responsabilidad.
Nuestra labor como sociedad civil no es sustituir al Estado, porque de esta forma va transfiriendo su responsabilidad a los ciudadanos. La función de los ciudadanos es presionar al Estado para que cumpla con su obligación: proporcionar vivienda, educación, sanidad… Es como si en tiempos pasados, hubiéramos apadrinado a un esclavo en lugar de pedir la abolición de la esclavitud.

AI también ha denunciado vulneraciones de derechos humanos en países democráticos.
A veces son más peligrosos esos comportamientos en países democráticos porque cuando éstos incumplen derechos humanos, mandan el mensaje al mundo de que todo vale. El ejemplo más claro es el de Estados Unidos con Guantánamo. Ningún Gobierno está exento de convertirse en violador de los derechos humanos. Por eso hay que seguir luchando, sin relajarse o dejar de denunciar por ser democráticos, porque al final la democracia se instala y puede quebrarse.

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