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Comunicación

Todos van a pensar que mientes como hables así en público

Ganar tiempo, despistar a la competencia, un interés comercial son solo algunas de las muchas razones que pueden estar detrás de una mentira. A veces parece necesaria, pero debes valorar el riesgo de perder la credibilidad y la confianza. Estos son algunos detalles que debes tener en cuenta si no quieres que te pase.

Ana Delgado | 16/11/2017
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La tendencia es justificar la mentira. Mentimos para protegernos a nosotros mismos o a otros, para defenestrar a nuestros enemigos, para defender algo que consideramos superior...las causas son miles, pero siempre, salvo algún caso patológico, se eligen de manera consciente. En el mundo de los negocios mentir es frecuente y, aunque se puede aplicar una graduación en la gravedad de las mentiras, el riesgo que se corre a ser detectado en una de ellas es la pérdida de confianza y credibilidad. Pamela Meyer es CEO de una empresa estadounidense que provee a otras instituciones o empresas servicios para detectar el engaño, como pueden ser compañías de seguros o bufetes de abogados. Es también conocida por ser autora del libro Liespotting: Técnicas probadas para detectar el engaño. Suyos son los consejos que aquí se recogen.

Meyer parte de la base de que todos somos mentirosos y de que no todas las mentiras son igual de dañinas. A veces las mantenemos para preservar nuestra dignidad o para proteger a alguien, pero hay otras que trascienden lo anecdótico y terminan convirtiéndose en un asunto serio. Dos son los planos que, en opinión de Meyer, hay que observa y analizar para detectar cuándo alguien nos miente: el discurso y la comunicación no verbal.

Análisis del discurso

Son muchas las señales delatoras del engaño que pueden observarse en el discurso oral. La primera que subraya Meyer es la negación obstinada del motivo por el que se le acusa, más evidente aún cuando se recurre a fórmulas o expresiones del tipo “te digo con toda franqueza”. No obstante, hay que saber distinguir entre este tipo de negación y un verdadero enfado de alguien honesto que se siente acusado injustamente. La reacción, en el segundo supuesto, suele ser mucho más vehemente y prolongada en el tiempo.

En cuanto al lenguaje que utilizamos al mentir, apunta Meyer que tiende a la formalidad más que a ser informal usando términos de distanciamiento como “yo no he visto a ese señor en la vida”. Repetir la pregunta exacta que acaban de formularte, abusar de los adjetivos calificativos o saturar el relato con todo lujo de detalles se consideran también señales que roban credibilidad al discurso. “Pidan a un mentiroso que narre la versión de su historia y narrará los hechos de forma cronológica y la saturarán con detalles irrelevantes. Meyer advierte igualmente que las personas sinceras suelen adoptar una actitud cooperativa para esclarecer las cosas y que suelen más intolerantes que condescendientes con la mentira ajena.

La comunicación no verbal

Al análisis del discurso oral hay que sumar el examen del lenguaje corporal. Recuerda Meyer que muchos son los que piensan que los mentirosos se mueven mucho, cuando lo cierto es que la mayoría son de movimientos lentos e inmovilizan la parte superior del cuerpo al mentir. Otra creencia es que las personas mentirosas no suelen miran a los ojos cuando lo que suele suceder es lo contrato, que sostienen la mirada más de los normal, “aunque sea solo para compensar el mito”. Otra falsa creencia es relacionar la cordialidad y la sonrisa con la honestidad, pese a lo sencillo que resulta para cualquiera contraer las dos mejillas (no pasa lo mismo con los ojos).

La ciencia ha descubierto más indicadores. Por ejemplo, los mentirosos cambian la velocidad del parpadeo, dirigen los pies hacia la salida, toman objetos como barreras y los colocan entre ellos y las personas que los interrogan y alteran el tono de voz frecuentemente, disminuyéndolo. La experta en comunicación Lillian Glass refiere también en sus publicaciones una coincidencia en las personas que mienten que, a su juicio, es muy relevante. Se trata de una tendencia a dirigir las manos para cubrir determinadas partes del cuerpo como el pecho, el cuello, la cabeza, el abdomen y, especialmente, la garganta. Decir , por último que todos los señalados son solo indicadores, nunca prueba definitiva.

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