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Autocines Madrid

Cómo resucitar el negocio fallido que bautizó la amante de Mussolini

A finales de febrero de 2017 vio la luz en Madrid Autocines Madrid, el segundo intento, 58 años después del fiasco del primer motocine madrileño, por resucitar una nueva fórmula de ocio. Sus fundadoras Tamara Istanbul y Cristina Porta tienen claro que no montan (solo) un cine al aire libre, sino que venden una experiencia a particulares y marcas y que ofrecen un estilo de vida aspiracional (con food trucks y un local de copas alternativo donde ver conciertos de música en directo). Es la única forma de competir en un sector en crisis con grandes salas y con una larga oferta de ocio alternativa.

Rafa Galán | 08/08/2016
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Tamara Istanbul y Cristina Porta, dos de las cofundadoras de este proyecto, en los terrenos del autocine en Madrid.

El viernes 17 de abril de 1959, a las ocho de la tarde, en la Autopista de Barajas (actual Avenida de América), a 30 minutos del centro de Madrid, se inauguró el Motocine Barajas, obra de Peninsular de Asfaltos y Construcciones, con diseño del arquitecto Fernando Chueca y del ingeniero Severino Bello (luego entenderás por qué citamos al ingeniero).

El espacio tenía 40.000 metros cuadrados, con capacidad para 700 vehículos que se repartían en 13 filas. El motocine contaba con una pantalla de uralita de 40 metros de longitud y 15 metros de altura y dos bares para atender a toda la clientela. En el proyecto inicial, según contaban los diarios un año antes de su apertura, se pretendía que el autocine tuviera hasta guardería para dejar a los niños (sí, en 1959; pero no, al final no tuvo).

Era el segundo autocine que se abría en Europa (después del motocine de Roma, también en las afueras de la ciudad, a 22 kilómetros), pero más grande (un concepto que gustaba a la dictadura). Ofrecía una película en sesión continua. La primera sesión era a las ocho y la última, a las once. La entrada costaba diez pesetas por coche y veinte pesetas por cada ocupante (en 1959 una entrada en cualquier cine de sesión continua costaba entre 10 y 20 pesetas, así que tenía un precio de mercado). Las películas se podían escuchar dobladas al castellano o en su versión original a través de unos altavoces –el sistema tradicional– que se colgaban de las ventanillas.

Lo del inglés era un reclamo a los militares estadounidenses desplazados a la base aérea de Torrejón de Ardoz, que esperaba atraer a diario.

El día de la inauguración –especial para VIP– se proyectó únicamente el 'No-Do' (arrancó con un reportaje sobre la llegada a Madrid desde Tokio de bombas de cobalto para el tratamiento del cáncer y con la celebración del domingo de resurrección en la catedral de San Patricio, en Nueva York, ante la atenta mirada del cardenal Spellman) e 'Imágenes'. A continuación habló con el público Walter R. Whitver, oriundo de Fargo, North Dakota, consejero delegado de la gestora del motocine y empresario con experiencia en la puesta en marcha de autocines, según recogieron los diarios de la época. La inauguración contó con dos celebrities: el torero Luis Miguel Dominguín y la actriz Nini Montián –a la que la prensa del corazón española había emparejado nada menos que con Mussolini, Perón, Franco y Alfonso XIII–. Sí, no han cambiado tantas cosas en 67 años.

Dominguín, cuenta la revista Blanco y Negro, aseguró que la principal ventaja de los cines era que, según le había explicado su esposa Lucía Bosé, "las mujeres no tenían que arreglarse" y así no había peleas en el "toilette". Sí, 1959.

Al día siguiente, 18 de abril, el motocine se abrió al pueblo llano. La primera película que se proyectó fue El bebé y el acorazado, una comedia británica menor de 1956 cuyo mayor aliciente era que aparecían una fregona y un escurridor, inventados en España tres años antes. Los diarios citan que acudieron "innumerables vehículos", pero no se dan cifras.

Entre los principales inversores del proyecto de Whitver se encontraban el hermano del ingeniero, José Bello, el último miembro de la Generación del 27 –te sonará por qué es el personaje que nadie sabe identificar en la mayoría de las fotos en las que aparecen Federico García Lorca y Salvador Dalí–, que sumó al proyecto a dos de sus íntimos amigos: el abogado y diplomático Antonio Garrigues y el torero Luis Miguel Dominguín, al que convirtieron en presidente honorífico del motocine.

En los diarios de la época la cartelera empieza el 18 de abril y acaba antes de que finalice noviembre de 1959. Ocho meses. Después, ni rastro hasta junio de 1962, cuando se anuncia en todos los diarios madrileños que en ese mismo espacio hay un circuito improvisado de Karting (sí, karting en 1962), bajo la implacable mirada de la enorme pantalla, que sigue incólume ese año y que no se derruirá hasta finales de los 80. Lo primero –bueno, y todo lo anterior– lo hemos averiguado en el BOE, el BORME, el Registro Mercantil, la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica y las hemerotecas de los diarios Abc y La Vanguardia. Lo último lo sabemos porque hasta los 18 años crecimos jugando entre los escombros de ese motocine.

¿Por qué cerró?

¿Qué acabó con el cierre del motocine Barajas? ¿La ubicación (demasiado alejada de la ciudad)? ¿La especulación inmobiliaria (el alto precio que había que pagar por el suelo en un proyecto faraónico incluso para una dictadura en pleno plan Marshall)? ¿La falta de público, de demanda para el producto (ahora lo explicamos)? ¿Una infravaloración de las necesidades financieras (vamos, la suma de la penúltima y la antepenúltima pregunta)?

A la sesión inaugural acudieron 500 coches. ¿Sólo el 70% de la ocupación el día de la inauguración? Hacia 1959 el parque automovilístico en España, según el Instituto Nacional de Estadística, se resumía a un vehículo por cada 100 habitantes. El coche todavía no se había convertido en un motor del desarrollo económico y en un facilitador de cambios sociales y estructurales vinculados a la movilidad. ¿No era entonces demasiado grande para un parque tan pequeño de vehículos? Puede ser una pista.

El año 1959 marcó también el inicio el declive de las salas de cine derivado de la proliferación de televisiones en los hogares. En 1960 cerraron cerca de 1.000 salas en toda España. ¿Abrir un negocio de estas proporciones en un sector que entra en crisis? 

Y aunque cercano a la base aérea de Torrejón, con una población estadounidense, en teoría más acostumbrada a este modelo de ocio... ¿800 soldados todos los días al cine?

Con todos estos datos, todo apunta a que no existía un estudio de mercado previo: sector en crisis, tamaño de la obra, sobredimensión del proyecto, fuerte inversión...

En algún artículo de prensa posterior sobre el proyecto se especula con la censura franquista, pero no hemos encontrado ningún dato oficial que lo corrobore, además de que si un proyecto así se hubiera considerado que iba contra la moral cristiana, apostólica y romana del régimen, sencillamente no habría abierto.

Lo que sí que hemos encontrado son declaraciones de uno de los inversores. José Bello cuenta a sus biógrafos en Conversaciones con José Bello (Anagrama, 1961): "[en referencia a Whitver] era tan bestia que nos arruinó a mi y a Antonio Garrigues".

Un nuevo proyecto sostenible

Lo que nos lleva a 2017. Y a Autocines Madrid, el primer intento serio desde 1959 por poner en marcha un motocine en la capital. Porque autocines funcionan en España desde hace tiempo.

En la actualidad están en marcha siete autocines (en Torrelavega, Gijón, Denia, Getxo, Ribadesella, Mutxamel y El Saler). Tienen un aforo medio semanal del 75-80% (para una media de 150 plazas), un tráfico de clientes razonable para que a un negocio de este tipo le salgan las cuentas. En Madrid estamos hablando de 5 millones de personas. Las dimensiones importan: lo que es negocio para 150 plazas puede no serlo para 800. Igual que la ubicación. Igual que el modelo de ingresos. ¿Hasta qué punto es sostenible un proyecto de este tipo proyectando únicamente cine al aire libre que puedes ver desde el coche?

Autocines Madrid cuenta con un terreno de 20.000 metros cuadrados en el nudo de Manoteras, con capacidad para 350 vehículos.

58 años después en Madrid hay más coches, hay más televisiones, más salas (que no más cines), hay más opciones de ocio: desde tabletas hasta fines de semana en cualquier parte del mundo por menos de 200 euros... Si en 1959 era difícil, en 2017 no lo es menos.

La diferencia es que Tamara Istanbul y Cristina Porta, co-fundadoras de este negocio, no montan un cine al aire libre. Istanbul y Porta tienen claro que venden una experiencia a particulares y marcas y que ofrecen un estilo de vida aspiracional (con food trucks y un local de copas alternativo donde ver conciertos clásicos). Es la única forma de competir en un sector en crisis con grandes salas.

“Lo conseguimos porque no sabíamos que era imposible”, bromea Porta.

Este proyecto no tiene absolutamente nada que ver con el proyecto de 1959.

Primero: Está dentro de la ciudad

“El terreno fue lo primero que nos pusimos a buscar. Ha sido lo más difícil porque necesitábamos 20.000 metros cuadrados en Madrid... con la edificabilidad y los precios de la ciudad. Nos hemos recorrido todo Madrid. Hemos hablado con todos los concejales de Urbanismo de la ciudad y de los ayuntamientos de la periferia intentando ver espacios infrautilizados que pudiéramos recuperar. Después de un año encontramos un terreno privado fabuloso en Chamartín, en la continuación de la Castellana [a cinco minutos, por cierto, andando de nuestra Redacción]", cuenta Istanbul. No quieren dar cifras, pero el alquiler mensual de un terreno de estas dimensiones en Madrid supera los 10.000 euros mensuales, según las ofertas que hemos encontrado en terrenos similares en Madrid en Idealista.com.

Segundo: Es fruto de un concienzudo estudio de mercado

"Hemos realizado un exhaustivo estudio de mercado durante seis meses de los autocines de España y del resto del mundo. Hemos realizado encuestas a pie de calle, trabajo de campo...", cuentan. De no haberlo hecho se habrían quedado únicamente en la proyección de películas indies, algo que les hubiera abocado –aseguran– al cierre.

"Al principio pensamos que el modelo de negocio era sencillo: un proyector, una pantalla y atraer a gente. Si lo piensas así dices: ¡Qué fácil! Pero no podemos limitarnos al cine y a un kiosko de palomitas", coinciden.

Uno de sus socios, además, es el economista Javier Espejo, responsable de Autocine Cantabria.

Tercero: No montan un cine, ponen en marcha una experiencia, para consumidores y marcas

"Nuestro cliente objetivo busca algo más: una nueva experiencia", apuntan.

“Queremos diferenciarnos de las salas de cine, ofreciendo otro tipo de actividades. Vamos a hacer una oferta gastronómica adaptada a la época el año o a la película. Vamos a utilizar el modelo de food truck [de hecho, contará con una app para poder pedir la comida], cuya oferta irá rotando. Da mucho juego y va en sintonía con nuestro modelo de negocio: cine sobre ruedas, comida sobre ruedas. Aparte queremos emitir contenidos musicales: presentación del último disco de un grupo musical. Queremos emitir conciertos y partidos en streaming. Después de las sesiones golfas del fin de semana queremos meter conciertos míticos: los Rolling Stone, 60, Nueva York, mientras la gente se queda en la zona de bar y chill out. Está pensado para los doce meses del año", cuenta Porta. 

Y, lo mejor de todo, ofrecen el espacio a marcas para rentabilizar el espacio: presentaciones, eventos, grabación de spots publicitarios... “Estamos ahora en la fase de búsqueda de patrocinios. Con los patrocinios estamos muy contentos. Estamos llamando a empresas de primer nivel y está gustando. Estamos llamando al sector automovilístico. Al ser un proyecto exclusivo en Madrid... está funcionando muy bien", asegura Porta.

Así que no, Autocines Madrid no es el Motocine Barajas.

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