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The Art of Discovery

Vivir 1.000 años como si tuviésemos 25. Esto sí que es pensar en grande

TAD es una nueva compañía de descubrimiento de fármacos que tiene, como objetivo final, encontrar un tratamiento definitivo que sea capaz de ralentizar el proceso de envejecimiento y reprogramar la edad.

Ana Delgado | 11/09/2018
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Parte del equipo de The Art of Discovery

Primero elogiar la valentía de Íñigo Angulo-Barturen para abordar el tema de la eterna juventud, algo que a algunos podría llevar a situarle más cerca de un mercachifle que en el ámbito científico en el que se desenvuelve desde hace décadas.

Natural de Getxo (Bizkaia), Íñigo Angulo-Barturen es doctor en Biología y especialista en Inmunología. Fue Jefe de Eficacia Terapéutica Preclínica en la multinacional farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK) en su sede española en Tres Cantos (Madrid). Aquí ganó prestigio internacional gracias a su experiencia en el desarrollo de modelos de eficacia en cáncer, inflamación y enfermedades infecciosas, particularmente en infecciones fúngicas, malaria y tuberculosis. En estas enfermedades desarrolló modelos experimentales de ratón únicos y estandarizados, siendo especialmente exitoso el de malaria humana por Plasmosium falciparum. Además de liderar proyectos de optimización de drogas frente a la malaria y tuberculosis en GSK Angulo-Barturen fue investigador principal del Grupo de Farmacología Transnacional de GSK financiado por Medicines for Malaria Venture (MMV). La eficacia de sus investigaciones en este campo le procuraron también el apoyo de la Fundación de Bill Gates, cofundador de Microsoft, y su esposa Melinda en su lucha contra la malaria. Así pues, su relación con Medicines for Malaria Venture y la Gates Foundation es de hace muchos años.

Después de 13 años en la multinacional, Angulo-Barturen pensó, ya cumplidos los 50, que era el momento de elegir entre conservar el trabajo que venía desempeñando con un sueldo cómodo o asumir un nuevo reto intelectual que le situaba en los límites del conocimiento. Siguiendo su propia inquietud y animado por su antiguo mentor en la Fundación Severo Ochoa, el Dr. Manuel Fresno, se decantó por la segunda alternativa y fundó The Art of Discovery (TAD). La idea es ser pionera en su campo y marcar el rumbo que guiará los pasos de la humanidad hacia una calidad de vida mejor, de aquí que la Rosa de los Vientos fuese elegida para su imagen corporativa.

El nuevo rumbo de la humanidad

Emplazada en el Parque Científico y Tecnológico de Bizkaia TAD es una compañía de nueva creación enfocada en el descubrimiento de fármacos y medicamentos para tratar el envejecimiento y las enfermedades catastróficas en seres humanos mediante el cribado in vivo de PK / PD de fármacos en modelos de ratón humanizados (ratones immunodeficientes en los que se implantan tejidos humanos). Más allá de los tecnicismos, el objetivo de esta empresa no es otro que trasladar la dilatada experiencia del fundador y su equipo de investigadores al desarrollo de compuestos y medicamentos que combatan el envejecimiento humano. Es decir, trasladar su experiencia y el conocimiento científico ya disponible al terreno industrial y comercial.

“El grado de conocimiento actual y la tecnología permiten ser optimista sobre este asunto y encontrar algún tratamiento que sea capaz de frenar el proceso de envejecimiento y reprogramar la edad. Ese es el objetivo final de la compañía”, declara Angulo-Barturen. “Es decir, conseguir que una persona viva 1.000 años como si tuviese 25” es la asimilación a la que recurre para visualizarlo y comunicarlo al mercado de forma sencilla y muy práctica.

Aseguran que ya se tienen resultados experimentales lo suficientemente sólidos como para pensar que lo suyo no es una quimera y que el sueño de aumentar la longevidad del ser humano no está lejos. En sus investigaciones integran el conocimiento ya disponible, pero disperso, en la comunidad científica y se valen de tecnologías como la Inteligencia Artificial aplicada a la predicción y modelización de sistemas biológicos complejos, así como la ingeniería de tejidos humanos. “Se trata de desarrollar tratamientos que combinen compuestos químicos sintetizados en el laboratorio con moléculas de origen biológico que permitan estimular la regeneración del organismo de manera natural".

Otras vías de ingreso

Ni contándolo así parece sencillo, pero más tozuda y compleja es aún la realidad. Saben que el reto es ambicioso, que requiere años de investigación y ensayos y que el símil del elixir de la eterna juventud es útil para el mercado, pero no lo es para persuadir a ningún inversor. Un paso que Angulo-Barturen no tiene intención de dar hasta no tener en sus manos un producto testado. Por eso la empresa comparte otras líneas de negocio que le sirven para percibir ingresos mientras avanzan en la investigación.

La principal fuente de financiación actual procede del trabajo que el equipo científico de TAD ofrece como consultora y en el asesoramiento y servicios flexibles de evaluación in vivo (dentro de un organismo) para apoyar proyectos de investigación en descubrimiento de fármacos y biología para terceros. Estos van desde la evaluación hasta la construcción de instalaciones ad hoc y equipos de investigación para proyectos a medio / largo plazo. Se ofrecen bien como una organización de investigación por contratos, bien como socio del proyecto de investigación. Tampoco tienen inconveniente en integrarse en una compañía más potente. “No tenemos ningún interés en convertir esto en una aventura quijotesca”.

Decir también que ninguna de estas perspectivas aleja a Angulo-Barturen de su interés en seguir trabajando en el desarrollo de nuevos antimaláricos. De hecho, aspira también a convertir TAD en un centro de referencia mundial de la investigación en malaria para predecir las dosis que hay que utilizar en los ensayos clínicos en humanos. Aquí mantienen acuerdos con la MMV, que aglutina la mayor parte de los proyectos de desarrollo de nuevos antimaláricos en el mundo. Pero ésta no corresponde a otra línea de negocio dado que el compromiso en ese caso es altruista y no económico.

Un tema que invita al debate

Con el que sí espera Íñigo Angulo-Barturen hacerse “obscenamente rico” y morirse “como un pincel” es con el de los tratamientos para ralentizar el envejecimiento. Lo dice en broma porque tiene asumido el riesgo de error y sabe que, en el mejor de los escenarios, el logro más inmediato podría ser prolongar la vida humana con buena calidad hasta los 120-130 años. Entonces, tal vez sí, podría este biólogo hacer esas cosas que dice tener pendientes por falta de tiempo, entre ellas aprender a tocar el piano “y un montón de cosas más que me gustarían hacer antes de morirme”, dice.

Esa es la aspiración: traspasar los límites actuales de la experiencia ampliando la fecha de caducidad, más que el sueño de dejar un legado científico a la humanidad, aunque el de la juventud eterna haya sido siempre un anhelo. “Con este tipo de cosas no conviene obsesionarse. Se trata de disfrutar trabajando con gente inteligente con la que compartes un sueño y una pasión. Nosotros sabemos que esto es posible y cómo conseguirlo, por eso creemos que tenemos que estar ahí. No es una estupidez ni una quimera”.

Sabe también que el asunto es controvertido, que la enfermedad no siempre se asocia a la longevidad y que alargar la vida del ser humano hasta los mil años invita al debate pero, en su opinión, aumentar la longevidad hasta 1.000 años puede reducir, entre otros, el problema de la superpoblación a medio plazo.

 
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