Un crecimiento de vértigo

Accesibilidad. Esa es la seña de identidad de esta firma española, que puso en marcha a mediados de los 70 un matrimonio compuesto por un cazador profesional y una diseñadora, y que ahora sus dos hijos han internacionalizado con éxito.

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Presentan dos colecciones al año, de unas 1.000 joyas cada una.

Una ciudad, Madrid, y un año, 1976, marcaron el pistoletazo de salida de lo que ahora es Luxenter. La capital de España fue el sitio elegido por Carmen para abrir su primera tienda como homenaje a lo que ella y su marido habían empezado, unos años antes, en África.

Ahora son ya 1.200 puntos de venta en 32 países de todo el mundo. Una expansión internacional que da vértigo y que le otorga todos los galones de emprendedora a la cofundadora de esta firma. Los primeros países a los que dieron el salto fueron Bélgica y Holanda, “que son también los mercados naturales. La decisión se debió a que en España había demasiada joyería multimarca de nivel medio. Al principio, tuvimos algún rechazo porque eran joyerías muy tradicionales, pero acabaron entrando porque el público demandaba el tipo de diseños que hacíamos en plata”, recuerda Iván Moreno.

Y todo este crecimiento lo han hecho –deliberadamente– sin el apoyo de inversores externos. “El capital es nuestro. El crecimiento ha sido gracias a la reinversión de beneficios. Eso nos permite libertad para tomar decisiones. Nos han tanteado, pero no tenemos prisa. Preferimos hacer las cosas a nuestra manera. El mercado está cambiando mucho y no nos gusta dar pasos muy rápidos. Ya tendremos tiempo de crecer. Antes hay que adaptar el producto a cada mercado”, sostiene Iván.

Memorias de África

Visto con la perspectiva que dan los años, entender cómo una pareja decide irse a África, en los años 70, a emprender un negocio, puede considerarse más como una aventura digna de la película Memorias de África, dirigida por Sydney Pollack. En el caso de Carmen y José Antonio, lo tenían todo: eran jóvenes y tenían ilusión. Él, cazador profesional, y ella, diseñadora.

África era un lugar de posibilidades. Y así empezaron. Combinando lo mejor que sabían hacer: diseño de objetos africanos para decorar las casas de los europeos. Pero en 1976 se trastoca el sueño de este par de emprendedores. Y Carmen, en lugar de tirar la toalla por todo lo que habían construido ella y su marido, decide continuar. “Era mi sueño. Y lo he conseguido. Estoy orgullosa de mis dos hijos, porque sin ellos no lo hubiera conseguido. Nunca dudé que fuéramos a crecer tanto. Pero hemos trabajado muy duro”, señala Carmen.

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