Racional pero supersticioso

Alfonso Gallardo, del que existen muy pocas fotos y ha dado apenas dos o tres entrevistas en su vida, es un empresario atípico y “un rico fuera de lo corriente”. Pese a su fortuna, mantiene un tren de vida modesto. Continúa viviendo en la misma casa que compró cuando se casó y sigue conduciendo el mismo coche de siempre, un Fiat.

Vivir para trabajar. Como otros empresarios de éxito, vive por y para el trabajo. Llega a las siete y media de la mañana a su despacho, modesto y sencillo, y ahí se queda hasta las tantas de la noche. Se muestra asequible a los trabajadores a los que, hasta hace poco, conocía por su nombre y a los que les preguntaba por la familia.

Un hueso para los sindicatos. No ha sido un contendiente fácil para los sindicatos, que le organizaron una huelga en 1999, ya que se negaba, dicen, a firmar un convenio. Sigue responsabilizándose de las relaciones sindicales al punto de que preside las reuniones con los delegados. Cuando se le convence de alguna reivindicación dice: “concedido”.

Terco y supersticioso. Pese a estar cerca de los 80 años, sigue preservando la energía y tesón que le ha llevado a construir su proyecto. En una entrevista se mostró tan convencido de las bondades de su proyecto de refinería que exclamó: “Hasta mi anillo de boda estoy dispuesto a empeñar para sacar adelante este proyecto”.

Racional donde los haya, y dotado de una inteligencia natural que le hace detectar las oportunidades de negocio, es, sin embargo, lo bastante supersticioso como para suprimir el número 13 de los documentos.

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