“El mejor marketing para una empresa tecnológica es un buen producto”

Bernardo Hernández, uno de los artífices del éxito comercial de Google Maps y Google Earth, sorprende no por ser un español en la Corte del rey Arturo, sino por ser un emprendedor español, co-fundador de Idealista.com e inversor en Tuenti, en la Corte del rey Arturo.

A finales de noviembre de 2007, tres meses después de llegar a San Francisco, Bernardo Hernández, actual director mundial de Productos Emergentes de Google y por aquel entonces responsable mundial de marketing de Google Earth y Google Maps, tuvo la oportunidad de entrar en Apple. De entrar a las oficinas de Apple en Cupertino para asistir a una reunión, queremos decir. Y no sólo de entrar a las oficinas, sino también de bajar a su mítica cantina para almorzar. Cuál sería su sorpresa cuando apareció la figura negrísima y delgadísima de Steve Jobs, con su bandeja de comida, billetera en mano, dispuesto a pagar en la caja como un empleado más. Bernardo tenía delante de sus ojos nada menos que a uno de sus ídolos. Se levantó, se dirigió a donde estaba Jobs y le soltó:

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- Steve, me llamo Bernardo Hernández, soy español, trabajo en Google y estoy aquí para una reunión. ¿Te importa si nos sacan una foto?

- Pues sí, me importa. Es mi hora de la comida y me gusta respetarla. Pero, gracias por preguntar.

- Uhmmm, ok.

Pues sí, no impresionó a Jobs, pero quizá el fundador de Apple debería haberle echado un segundo vistazo a este empleado de Google (la anécdota la contó en caliente en su blog Hernández dos días después).

¿Por qué creemos que Jobs debería haberse fijado en este español? ¿Te acuerdas de MapQuest? ¿No, verdad? Se supone que era un servidor de aplicaciones de mapas en la web, que era the new new thing –como se solía decir en Silicon Valley–. Se supone que, allá por 2005-2006, era esta empresa la que controlaba el cotarro cuando salió Google Maps. Y, sin embargo, tres años después...

Bernardo Hernández, director mundial de Productos Emergentes de Google, fundador de Idealista.com y Tuenti, no es tan distinto de ti. En serio. Que no te engañe su cargo. Ni lo que dice en público. Hernández, es cierto, puede parecer que juega en otra Liga cuando habla de la Tercera Revolución Industrial que ha desencadenado Internet y dice cosas como ésta: “Nos empeñamos en seguir aplicando paradigmas antiguos a necesidades y tecnologías nuevas. Cuando abres tu forma de pensar a la solución de viejos problemas a través del poder de las nuevas tecnologías que la revolución digital nos permite, la innovación produce modelos de negocio revolucionarios con magníficas creaciones de riqueza”.

Nuevos modelos de negocio, nuevas reglas

El caso es que escuchas esto, como cuando lo entrevistamos en directo con motivo de la entrega de la octava edición de los Premios Emprendedores, o como cuando ahora lo lees, y sientes que sois distintos. Además, la empresa para la que trabaja, Google, vale alrededor de 200.000 millones de dólares en Bolsa, y eso nos queda lejos...

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Sin embargo, su vena de emprendedor le hace llevar a un terreno más micro un tema tan macro: “La velocidad en la aplicación de las nuevas tecnologías a los modelos de negocio es tan rápida que hace que la posición de liderazgo te la tengas que ganar todos los días. Antes podías dormirte en los laureles de una marca. Ahora te tienes que ganar al usuario, y tienes que ganarte la lealtad a la marca de tus clientes todos los días. ¿Quién le iba a decir a Nokia o a BlackBerry hace cinco o seis años que tenían entre los dos más del 70% de la cuota del mercado de los smartphones, que iban a ser desplazados por Apple o Google?”.

“Jefe, tenemos que hablar...”

Y este es un lenguaje que ya entendemos. Un lenguaje que también le lleva a contar que “hace doce años que tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: le dije a mi jefe [Nikesh Arora, que luego se convertiría en vicepresidente sénior y director general de gestión comercial de Google] que dejaba mi trabajo y que me iba a montar una empresa de Internet [Idealista.com]. Aún recuerdo el gusanillo en el estómago durante días buscando el mejor momento para decírselo, el segundo en el que dije tenemos que hablar y el vértigo de los días siguientes cuando todo era ya una realidad”.

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