Joaquín Berao

Madrileño nacido en 1945, Joaquín Berao es el único de los protagonistas de este reportaje que es joyero de verdad, es decir, que siempre tuvo la joyería como oficio.

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“El 50% de las ventas procede de Japón”, dice Joaquín Berao.

Eso sí, para llegar a ser el creador de joyas reputado en el mundo que es hoy, tuvo que ’caerse del caballo’ y dejar su oficio de aprendiz de joyero en Madrid, en el que trabajó de los 15 a los 20 años y en el que se aburría mucho. La inspiración le vino en Londres, con 20 años, en un viaje. ”Miraba las tiendas de joyería y me maravillaban. No tenían nada que ver con lo que se hacía en España”, recuerda.

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Así que, al volver a Madrid, abrió un pequeño taller en la calle Lagasca y empezó a idear sus propias piezas, unas pequeñas obras de arte entre la joyería y la escultura, que hoy pueden costar hasta 15.000 euros. Pese al precio de sus joyas (entre 1.000 y 3.000 euros de media), Berao no tuvo problemas de aceptación.

Su primera colección, en 1972, fue comprada en su totalidad por los almacenes Bloomingdale’s de Nueva York. A los dos años de empezar a diseñar, sus piezas ya se exponían en museos y galerías de arte, y a mediados de los 70 entraban en sitios tan exclusivos como la Galería Nouvelles Images de la Haya o el Museo de Arte Moderno de Zurich, que le compró varias piezas para su colección. Calificado ya como artista, Berao trata de crear diseños que perduren en el tiempo.

Pese al éxito de sus diseños, Berao siguió como un pequeño taller durante 10 años. Fue en 1982 cuando, con cinco empleados, se dio cuenta de que tenía que convertirse en la empresa que es hoy. Lo hizo de la mano de Michel Battaglia, un economista, con el que fundó la firma Joaquin Berao para abrir una nueva etapa. Se trataba de explotar todas las posibilidades de su marca y su ingenio.

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