El negocio de los festivales

Empezaron montando pequeños conciertos en salas y no es que hoy llenen estadios de fútbol, es que varios fines de semana al año transforman ciudades con sus festivales. ¿Cómo lo han conseguido?

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Cada edición de los festivales que organiza Last Tour International reúne entre 25.000 y 100.000 personas.

¿Quién le iba a decir a Alfonso Santiago, Xabier Arretxe y Javier Arnaiz, los socios y directores de Last Tour International, que llegarían a eso por pura afición? “Cuando empecé en 1987, no tenía ningún conocimiento empresarial. Los comienzos en el sector suelen ser por pasión y en nuestro caso fue así”, explica Santiago, que responde a la entrevista.

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“Uno de mis socios hacía management, otro tenía una sala. Hacíamos diferentes cosas vinculadas a este mundo y con el tiempo fuimos a mayores y a planteamientos más empresariales. El primero fue el Azkena Rock en 2003”, añade. Después vendrían otros, como en BBK Live o la edición española de Sonisphere, y el crecimiento de la empresa como grupo integral.

Un sector con recorrido

Diez años después, Last Tour International lleva en su palmarés a casi cualquier estrella de rock que se te pase por la cabeza (Radiohead, Coldplay, Depeche Mode...) y factura entre 15 y 18 millones de euros anuales.

¿Pero no estaba mal la industria de la música? Para Santiago, “lo está la del disco, que ha perdido un 77% de mercado. La industria creativa, la del artista y el directo, está más fuerte que nunca”.

Aunque no hay un estudio que dé cifras globales sobre el sector de los festivales, la crisis y la subida del IVA cultural sí han hecho mella en los conciertos (el sector pasó de ingresar 205 millones en 2010 a 180 en 2011). Pero los festivales de música en España son aún un mundo joven al que le falta definición y que de momento capea la crisis atrayendo al público extranjero, buscando líneas de colaboración con la Administración y creando un mercado que, de nuevo, en nuestro país no está tan habituado a esta forma de ocio como en Reino Unido o Alemania.

Parte del éxito de Last Tour está en la integración de todas las líneas de negocio

Trabajar todo el año para sólo tres días

"Los festivales más importantes de Europa tienen más de 30 años y en España estamos llegando a los 10 y algunos cumpliendo 20. Estamos aún construyendo ese tejido. Tendrán que pasar muchas cosas, surgirán eventos y desaparecerán otros. Somos un país muy joven en el negocio de la música y el sector se va profesionalizando”, explica.

De momento, Last Tour puede presumir de haber consolidado cuatro de los grandes del país (BBK Live, Azkena Rock Festival, En Vivo y la edición española del internacional Sonisphere), que reúnen en cada edición entre 25.000 y 100.000 personas, según el festival, y suponen el 50% de su facturación. “Es la línea más sólida, porque tienen periodicidad anual”, sostiene. ¿Su fuerte? Haber integrado todas las líneas del negocio en el grupo de nueve empresas que hoy forman Last Tour International. Y es que “si trabajas todo el año y supeditas tus resultados a tres días, es absolutamente necesario que todas las líneas de ingresos que pueda tener un evento las explotes tú al máximo, ¿no?”. Así es como lo hacen.

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Consiguiendo un buen cartel, cueste lo que cueste. Es tan básico (de ello dependerá la venta de entradas, la principal línea de ingresos de un festival) como complicado. “Depende de muchísimos factores. Primero, plantearte: ¿cuántas cabezas de cartel (o grupos que metan a 30.000 personas) puede haber para el año que viene? Se te ocurren como mucho 25, de las cuales la mitad no va de gira y otras pocas a las que, por fechas, puedes traer. Al final te queda un volumen de bandas pequeño, porque no hay tantos artistas que lleven a tanta gente”.

Ley de la oferta y la demanda. Fichados los nombres, ¿de qué depende conseguirlos? Pura economía de mercado basada en la oferta y la demanda. “Imagina que Radiohead hace 30 fechas en Europa. Solo 30. Y recibe 700 ofertas. Compites contra toda Europa. No es que la banda diga que cobra una cantidad X de dinero, es que otras ciudades también hacen ofertas, al tiempo que las bandas ven si les es atractivo por dinero, por fecha, por cartel...”, afirma.

Unas veces ganando, otras perdiendo. Del presupuesto de unos siete millones (la cifra es de la última edición del BBK Live), casi el 60% del coste se lo llevan los cachés de las estrellas. Los ingresos vienen de las entradas o ticketing (50%), un 25% de hostelería, un 20% de acciones de patrocinio y un 5% de merchandising. Pero nada es seguro. “Hay años que hemos perdido dinero. Igual tienes un presupuesto de siete y sólo recaudas cinco, o tienes uno de siete y recaudas nueve...”.

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Integrando todas las líneas de negocio. Cuando montan festivales, procuran subcontratar lo menos posible para mantener la calidad. Esto, sumado a la explotación de todas las líneas del negocio (¡trabajar para tres días!), es la clave de que el barco funcione. “Lo que hemos hecho ha sido crecer e invertir en nuevos productos, mejorar los procesos e integrar, no sólo la hostelería, también la venta de entrada, el patrocinio...”.

Trabajando mano a mano con la Administración. Imagínate que vas a meter a 100.000 personas durante un fin de semana en una ciudad. El impacto económico, o el dinero que se dejan en bares, hoteles es grande, así que al Ayuntamiento encargado le interesa facilitarte las cosas.

Cambio de modelo

En 2006, Last Tour le dio la vuelta a la forma de trabajar de la industria en uno de los “momentos más interesantes de la empresa”: con Fito y Fitipaldis y su gira Por la boca vive el pez, que se llevó el premio a gira del año de la Academia de la Música. Hasta entonces, la banda se ponía un precio, el Ayuntamiento de turno lo compraba y lo daba gratis. De ese modelo, Last Tour pasó a trabajar con un planteamiento más americano.

“No se basa en cuánto vale la banda, sino en cuánto generará. Eso depende de dónde y por cuánto tocará y cuántas entradas venderá –no es lo mismo tocar en Madrid que en Ponferrada–. Nosotros lo hicimos diferente y trabajamos de esa forma, explotando todas las ramas del negocio”.

Subvenciones: no, gracias

La de los festivales es, de hecho, una de las industrias culturales que menos llora a la subvención pública. Espera, no: es que prácticamente la rechaza. Aquí hay que volver a echar la vista atrás para entender el sector ya no sólo festivalero sino de la música en directo en nuestro país. “Cuando se hacen fiestas, en España se ponen a bandas a tocar de forma gratuita. Eso sólo pasa aquí. En cierto momento se decidió que una forma de entretener al pueblo era regalar algo y se empezó con los conciertos. Podían haber sido casas u obras de teatro, pero regalaron la música. Aquello generó una política y una forma de trabajar que derivó en que una banda valía un precio y vendía sus conciertos a instituciones públicas a ese precio para que luego estos la regalaran. Como industria es aberrante, ¿no? Algo que puede generar valor, lo regalas y lo degradas”, comenta Santiago.

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Las asociaciones de promotores de música en directo han pedido acabar con los conciertos pagados con dinero público (la crisis de los ayuntamientos, de hecho, dejó a muchos artistas sin cobrar) y que la Administración no fuera una competidora. En Last Tour lo tienen igual de claro. “Soy absolutamente contrario a los conciertos gratuitos. La institución te los paga. Es dinero fácil”.

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