El instinto de supervivencia te hace exportar

Estas cuatro firmas de trajes de novia se han visto obligadas a salir al mundo debido a la caída de las bodas por la crisis. Ahora están presentes en decenas de países del mundo, son habituales en la prensa internacional del sector y empiezan a vender la mayor parte de su producción en el exterior.

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Un negocio en expansión

Lo de que las crisis y las dificultades son una oportunidad y obligan a agudizar el instinto de supervivencia parece una paradoja bien intencionada, pero tiene mucho de cierto. Estas cuatro firmas del cinturón barcelonés, la mayor parte creadas en los últimos años, no se hubieran creado un nombre y una presencia internacional de no haber sido por la imposibilidad de crecer en España.

Un lujo asequible sin fronteras
Golpeadas por la caída de los enlaces matrimoniales, a partir del 2008, estas empresas no tuvieron más remedio que empezar a ir a las ferias internacionales (a un alto coste para ellas) y a cultivar la relación con las grandes revistas y sitios de Internet del mundo de la boda. Ahora es habitual ver sus trajes en las mejores tiendas del mundo y en bodas de celebridades como la de Kim Kardashian. El resultado es que la enorme profusión de nuevas empresas en los últimos años, estas cuatro y otras como Rosa Clará, Jordi Anguera, Raimón Bundó o Isabel Zapardiez, han hecho de España el segundo país en moda nupcial, por debajo de China. Eso sí, en un segmento intermedio, el del lujo asequible, igual de glamuroso que el francés, pero mucho más barato.

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JESÚS PEIRÓ. Vestidos de bodas y complementos

Si exceptuamos a los dos gigantes españoles de la moda nupcial, Pronovias y Rosa Clará, el más grande de los medianos es, sin duda, Intersposa, con su marca Jesús Peiró, situada en Villadecans (Barcelona). Fundada en 1988, la firma, propiedad de Jesús Díez Betriu, confecciona unos 5.000 vestidos de novia al año, que van en un 60% a la exportación, sobre todo a Europa (Reino Unido, Italia y Francia) y también a Estados Unidos. Su red de tiendas incluye a su flagship de la calle Provenza, en Barcelona, siete puntos en franquicia y “más de 210 tiendas multimarca en 32 países del mundo”, señala el fundador.

Jesús Peiró se posiciona en un segmento medio-bajo (trajes en torno a los 2.000 euros), a medio camino entre el prêt-à-porter y la confección a medida. Este diseñador también se ha visto obligado a intensificar su presencia internacional para hacer frente mejor a la crisis. En los últimos años entró en Brasil, Rusia y EE UU, entre otros. “Lo que no es fácil”, subraya el empresario. Estar en diversos países, apunta el empresario obliga a estar atento a los distintos gustos: “En los países anglosajones gustan de trajes sobrios, en España se permite mayor exuberancia y en los países árabes les encanta los volúmenes y bordados ricos en pedrería”.

Una especificidad de Jesús Peiró es que, al contrario de otros colegas, ha optado por no hacer vestidos de fiesta. Eso sí, ha desarrollado una larga lista de complementos: además de velos, tocados o diademas ofrece guantes, zapatos, bolsos, abanicos y cinturones de la marca Jesús Peiró. Esto, además, de su propia marca de perfumes. Como no podía dejar de ser, Díez Betriu es un abonado a las grandes ferias internacionales, su principal medio de promoción.

Todos los años se presenta en la Bridal Week de Barcelona, en la White Gallery de Londres y en New York Bridal Week, además de otras más locales a las que va puntualmente. La empresa no ha parado de crecer. Está potenciando la franquicia, en la que entró en 1993, y aún más su presencia internacional. Betriu aclara que, si bien van a seguir apostando por diferentes zonas del mundo y cuenta incluso con abrir tiendas propias en ciudades emblemáticas como París y Londres, “Estados Unidos es nuestro principal objetivo”.

www.jesuspeiro.com

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YOLANCRIS. De Sabadell a 35 países

Se puede decir que estas dos chicas de Sabadell, Yolanda y Cristina Pérez, han conquistado el mundo desde su pequeño taller de los alrededores de Barcelona. Su ropa de novia se vende en 300 tiendas, 260 de ellas en el exterior, en 35 países, desde Francia a Japón pasando por Alemania y Estados Unidos. Y en cantidades masivas para lo que es este tipo de moda. “El año pasado hicimos casi 3.000 vestidos”, señala Cristina Pérez, una de las dos fundadoras de YolanCris. Varios de sus trajes, calificados de boh chic, fueron llevados el año pasado por las cuatro damas de honor en la boda de Kim Kardashian y Kanie West.

Y, como los demás diseñadores entrevistados, tampoco ellas sufrieron mucho la crisis. “Tuvimos un pequeño bajón en 2009” explica, “pero a partir de ahí crecimos todos los años, básicamente porque me lié la manta a la cabeza y empecé a ir a las ferias internacionales como la White Gallery de Londres”. Eso le permitió vender fuera. YolanCris exporta ahora el 60% de su producción y el año pasado facturó 2,8 millones de euros. Es posible que su éxito –en las pasarelas y en las tiendas– se deba a que ambas crecieron rodeadas de tules, sedas y organzas. Su madre tenía una tienda y un taller que trabajaba para otras marcas y las dos hermanas tuvieron que compaginar sus estudios (Cristina, Administración, y Yolanda, Moda) con el trabajo en el negocio familiar.

Alta costura
Una vez terminados sus estudios, las dos hermanas, con 24 y 25 años, en 2004, se pusieron manos a la obra y cogieron el negocio de la madre: “Pero no nos gustaba mucho. Era una tienda multimarca, vendíamos ropa de otros, aburrida, por foto y catálogo, y a precios que no compensaban”. Un año después empezaron, pues, a hacer sus propias colecciones. Fueron a la Bridal Week de Barcelona y vendieron 200 vestidos. Un buen comienzo.

Posicionados en la alta costura, los vestidos de YolanCris no son baratos. Los más económicos están sobre los 2.500 euros y pueden superar los 5.000. Eso sí, son trajes hechos prácticamente a medida. Además, “invertimos cerca del 30% de nuestra cifra de negocio en promoción, comunicación y marketing”.

www.yolancris.es

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INMACULADA GARCÍA. El secreto está en los detalles

Es una de las marcas punteras de esa nueva hornada de diseñadores-empresarios que están moviendo la moda nupcial desde Barcelona. La joven estilista Inmaculada García vende en 70 tiendas de España y de otros 11 países, en Europa, Rusia, México y Brasil. “Hace cinco años vendía 150 trajes, el 2014 unos 700 y este espero llegar a los 1.000”, señala. La idea es que la mitad de esos trajes, que cuestan entre 1.700 y 2.500 euros, los lleven novias no españolas.

La exportación, el 35% en 2012, superará el 50% este año. Esta emprendedora, que confecciona casi 20 vestidos a la semana (un 20% de fiesta) en su atelier del Passatge Llavallol, en el que trabajan 14 personas (otras cuatro están en la tienda), cree que el secreto de su éxito se explica por “sus diseños, el trato que da a los tejidos y su particular reconstrucción de las telas y los detalles y acabados”.

Y reconoce que si se ha beneficiado también de estar en Barcelona, y de haber compartido ese inspirador espíritu de clúster con muchos otros colegas. Así como por el auge de las bodas civiles. La decisión de empezar a participar en la Barcelona Bridal Week no fue fácil, pero sí acertada. “Cuando te apuntas a fabricar y a ir a una pasarela como Gaudi, tienes que apostar lo que tienes”. Siendo como es uno de los principales certámenes del mundo, junto con Londres y Düsseldorf, le abrió las puertas del mundo. Y no hay que olvidar la contribución de su hermano y socio, “es el hombre de los números”, afirma. Ahora Inmaculada quiere ir a la Wedd Gallery en Londres “y abrir más mercados en Europa, sobre todo en Francia y Reino Unido”.

inmaculadagarcia.com

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JORDI DALMAU. El nicho de los trajes de color

En un mundo, el de los trajes de novia, en el que parecía todo inventado, este catalán de Granollers se ha significado entre los primeros de esa nueva ola de diseñadores-emprendedores con sus vestidos en brillantes colores (¡un sacrilegio!), además desmontables, una innovación ingeniosa donde las haya. Jordi Dalmau, que empezó sus colecciones hace ocho años, vende ya sus trajes –entre 1.800 y 3.500 euros– en países como Francia, Bélgica, Italia y Rusia. “El año pasado fuimos a la feria de Nueva York, lo que seguiremos haciendo. Queremos implantarnos también Estados Unidos”, explica.

Lo curioso es que tampoco él parecía destinado a hacer carrera en un segmento tan especializado, artesanal y enfocado a la alta calidad y el glamur como éste. “Era mecánico y trabajaba con mi padre en su tienda de neumáticos, pero me aburría muchísimo”, cuenta. Así que lo dejó y se fue a Holanda a estudiar arte floral. A la vuelta, montó una tienda de flores con su novia, Mónica. Todo indicaba que se quedara en eso, pero un buen día “vinieron de una empresa de trajes de novia, Lara Fashion, que trabajaba para la televisión, y me pidieron un corpiño con flores. Les dije que sí”. La iniciativa tuvo impacto mediático.

Espíritu inquieto, se le encendió la lucecita y se dijo, ¿por qué no hacer mis propios trajes de novia? Dicho y hecho, en 2006, aprovechando que su novia tenía una tienda multimarca de ropa nupcial, empezó a diseñar sus primeras colecciones. Ahí tuvo el primer problema: una firma de novias le encargó una colección exclusiva, no se la pagó y luego la presentó como suya: “Me dije ‘estoy harto, me voy a presentar con mi nombre”. Dos años después así lo hizo nada menos que ante los directivos de la Bridal Week de Barcelona, y les dijo que quería presentar su colección. La gente decía que no lo iba a conseguir: era un novato, sin nombre. “Me preguntaron –cuenta– qué iba a aportar a la pasarela. Les contesté que una colección con color, algo nunca visto. Fue lo primero que se me ocurrió”. El desfile fue un éxito de público y crítica, pero no tanto de clientes. No obstante, el diseñador Jordi Dalmau ha logrado crearse un nicho muy propio para clientas que él mismo considera como muy especiales. “Hemos estado creciendo a ritmos del 15% al año” apunta, orgulloso.

jordidalmau.com

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Cómo se diseña, ‘fabrica’ y vende un vestido de novia

El sistema de elección y confección del traje utilizado por estas marcas de moda del segmento medio-alto es muy similar. Los trajes no se ajustan simplemente a la talla y al gusto de la novia: se hacen por encargo. Los diseñadores suelen sacar una colección con varias decenas de modelos (unos 60 en Inmaculada García) y los enseñan a las tiendas con las que trabajan. Estas, que se nutren de varias marcas, seleccionan los que más le gustan, unos 10 a 15 trajes diferentes.

Una vez en la tienda, la clienta elige el que más le gusta. Se le sacan las medidas y se incorporan todos los cambios que quiera efectuar sobre la versión base. La ficha del traje se envía entonces al taller de la firma fabricante, en España, que en general suele tardar entre tres y cinco meses para confeccionar el vestido. Como explica Inmaculada García, “necesitamos al menos dos meses para encargar y recibir las telas”. Se trata de trajes de enorme complejidad. “Algunos de mis vestidos llevan 30 referencias diferentes” dice Cristina Pérez, de YolanCris. Una vez de vuelta el vestido nupcial a la tienda, esta efectúa los últimos ajustes de detalle o acabado en el traje. La clave de la rentabilidad, explica Cristina, “está, pues, en conseguir la máxima repetición de los modelos, lo que te obliga a diseñarlos con ese propósito”. De todos modos, lo evidente es que éste es un negocio artesanal, alejado de la fabricación en serie. Cada traje y cada clienta que lo encarga, es un trabajo único. ¿Qué hace la tienda con los vestidos del muestrario? “Lo más probable es que acabe vendiéndolos a un precio rebajado”, explica Cristina.

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