4 emprendedores que han triunfado con el boom de las microcerveceras

La pasión por fabricar y vender cerveza llega a España. Cuatro emprendedores nos cuentan cómo dejaron sus trabajos para convertirse en hombres de ‘los siete oficios’ en sus microcerveceras.

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Si te crees que ya conoces todas las marcas de cerveza españolas, vete haciendo un lugar para las nuevas estrellas del mercado, nombres como Rosita, Montseni, Sagra, Tyris, Domus, Cibeles o La Virgen, las marcas de las nuevas microcerveceras que están brotando por toda España: desde el Montseny (Barcelona) a Numancia de la Sagra (Toledo) pasando por Alcorcón (Madrid).

La iniciativa es fruto de pequeños empresarios noveles tan enamorados de esta bebida que incluso han decidido abandonar trabajos bien remunerados de ejecutivos, ingenieros, técnicos de marketing o informáticos para iniciar toda una aventura.

Las artesanales son productos gourmet, en general del tipo ale, con sabores más complejos y un mayor grado alcohólico que las habituales. Nada que ver con las cervezas de toda la vida. Más que para matar la sed, buscan los paladares exigentes, razón por la que suelen encontrarse en buenas cervecerías, restaurantes o tiendas de delicatessen. Y aunque aún son minoritarias, se van extendiendo rápidamente, al igual que ha pasado en el resto de Europa en los 90 y en Estados Unidos, en los 80.

Te contamos a continuación las historias de cuatro casos de éxito que han triunfado en este negocio.

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1) Carlos García, fundador de Sagra

A este emprendedor le vino la pasión por la cerveza artesanal de sus viajes por Europa como ejecutivo de marketing de Nokia. “Me daba pena ver tanto producto de ese tipo en Bélgica o Alemania y que en España sólo hubiera cerveza industrial, un refresco a fin de cuentas”.

Su compromiso empezó cuando trabajaba en una editorial de revistas y creó una tienda online para cervezas especiales. Ahí se apercibió de que empezaba a haber un núcleo de consumidores interesados en las cervezas con personalidad propia. “Nos sirvió como un primer estudio de mercado”, aclara.

Parece que acertó. El lanzamiento de sus dos marcas, Sagra, para la hostelería, y Burro de Sancho, para un público más joven, “ha sido un éxito”, asegura.  Su cerveza ya está en buenos restaurantes y cervecerías (cerca de 1.000) de Castilla La Mancha, Madrid, Alicante, Murcia o Asturias. Y también en algunos centros de Alcampo y Eroski. “No esperábamos una respuesta tan rápida. Crecemos al 50% al mes”, dice. Dentro de poco los  cuatro empleados que trabajan con él en la planta ya no darán abasto y habrá que contratar a más.

En 2010, Carlos García tomada la decisión definitiva para la creación de su empresa: preparó un plan de negocio, buscó la maquinaria necesaria para su fabricación y se hizo con un maestro cervecero para perfilar el producto y a gestionar los aspectos técnicos. “Contacté con varios, les entrevisté y al final contraté a Bob Maltman, de origen escocés, que estaba trabajando en México”, señala.

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2) José Luis Pérez, cofundador de Rosita

Dueños de una consultora de ingeniería en Tarragona, José Luis Pérez y Ramón Ollé decidieron hace años que tenían que montar algo en lo que invertir las ganancias del negocio. Entre 2006 y 2007 iniciaron una serie de visitas a microcerveceras de toda Europa, en Bélgica, Francia o Alemania “para ver cómo fabricaban y vendían sus productos”. Luego trataron de definir qué cerveza hacer.

“Encontramos un maestro cervecero en el norte de Francia que nos preparó unas 15 versiones distintas, muestras de 20 o 30 litros, con los tipos de ingredientes que queríamos”.

Ya en Tarragona organizaron una cata a ciegas con profesores y alumnos de una escuela de enología, en la que les propusieron sólo algunas versiones. “La que sería la actual Rosita fue la segunda mejor valorada. ¿Por qué la elegimos? Porque la primera tenía un sabor muy fuerte a malta y lúpulo que al  público no le iba a gustar”, explica. Luego alquilaron una nave, la adecuaron y encargaron las máquinas, que llegaron a principios del 2007. Tan fuertes eran sus ganas de lanzar la cerveza que ni esperaron a que la planta estuviera operativa. En el abril de 2007 aprovecharon las fiestas de San Jordi para lanzar 25.000 botellas al mercado, a ver qué pasaba.

“La presentamos en un acto al que fueron más de 300 autoridades y luego encargamos la distribución de las 25.000 botellas. Gustó tanto que el distribuidor volvió en una semana a pedir más. ¡Se habían agotado todas las botellas!”. Un éxito inesperado, y preocupante, pues desde que se empiezan a multurar los ingredientes hasta que sale la cerveza se tarda unos 35 días. José Luis cree que el súbito éxito de Rosita se debió al lanzamiento –“nos sacaron en las televisiones”, dice– y también a que “no había empezado el boom de las microcerveceras y no había ninguna como la nuestra, que fuera de Tarragona”.

Ahora Rosita está disponible en 35 provincias españolas, en cervecerías y restaurantes y también en las zonas gourmet de El Corte Inglés o los Planet de Carrefour. Además de Rosita, una cerveza de doble fermentación, de 5,5 grados, producen otras cuatro variedades, entre ellas la d’Ivori, una especie de clara para el verano, o la negra (con avellanas).

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3) Gonzalo Abia y Daniel Vara, promotor de Tyris

La pasión de Gonzalo Abia por la cerveza nació en el año que pasó en Alemania con un Erasmus y se reforzó “un día de 2008 en que probé  una cerveza artesanal italiana en Nueva York“, recuerda. Y se fue dejando conquistar por la  extrema variedad de sabores de las artesanales hasta tal punto que un buen día se compró un pequeño equipo de producción para fabricar cerveza en el garaje de la casa de sus padres, en Valencia.

Los amigos se quedaron tan encantados que tiempo después Gonzalo, geógrafo de 33 años, se preguntó si no sería interesante convertir su hobby en una verdadera actividad. “Hipotequé la casa y vendí el coche. Con los 300.000 euros que reuní, invertí en maquinaria”. Una aventura a la que se sumó Daniel Vara, amigo desde el instituto y también geógrafo, entonces consultor medioambiental, que se ocupa de la parte técnica.

La producción se inició en marzo del 2010 con la marca core, la Tyris de Valencia, una weissbier a la española, hecha de trigo. Pese a lo minúsculo de su producción, Gonzalo y su socio se apañan para ofertar a sus clientes (unos 120 en varias ciudades de la Comunidad) cinco tipos de cerveza distintas. “Además de la Weissbier, tenemos VIPA, una indian pale ale muy de moda en EE UU, más amarga y robusta, con 6,1 grados, y Au Yeah, también de sabor muy americano”, comenta. Abia asegura que se están cumpliendo los objetivos del plan de negocio a tres años, que fijaba el breakeven (punto de equilibrio) en 2013.

“Claro que, según vamos creciendo tenemos que invertir en nuevos equipos y contratar más gente (dos personas más entre el 2011 y el 2012), el umbral de rentabilidad se retrasa”. La idea es que los 110.000 euros del año pasado suban a 240.000 este año. “Por encima de los 270.000, “ya ganamos dinero”, afirma.

Con las labores técnicas, de embotellado y etiquetado en manos de los empleados, Gonzalo se ocupa ante todo de promocionar el producto y crear marca, lo que no es sencillo, pues la artesanal es una cerveza cara: Tyrys de Valencia sale de planta a 1,5 euro y se vende entre 3,5 y 4 euros. No es un producto al alcance de todos lo que exige mayor esfuerzo comercial.

“Acompaño al distribuidor para abrir el mercado se la doy a probar al hostelero y trato de convencerle que tener Rosita es un elemento distintivo para su local”, explica.

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4) Olga Muns, cofundadora de Cervesera del Montseny

Pioneros entre los pioneros, Olga Muns y Julián Valles se enamoraron de la cerveza artesanal tras ir a un curso de elaboración impartido por Pablo Vijande, un maestro cervecero que trabajó en una pequeña brewery británica y tiene una firma de venta de equipos y materias primas. Tanto que los dos convencieron a su profesor para que les uniera en la fundación de una microcervecera.

Corría el año 2006 y la CCM (Companyia Cervesera del Montseny) nacía al año siguiente. “Pensamos que en el Montseny, una cordillera entre Barcelona y Gerona, era un sitio ideal dada la buena calidad del agua“, recuerda Olga. A lo que se añadía la cercanía de Barcelona (a 70 kilómetros). Compraron una maquinaria de segunda mano, inglesa, y se instalaron en una nave de 300 m2, en Seva, un pueblo de la comarca. “La inversión inicial fue de 180.000 euros, que financiamos en parte con un préstamo de 70.000”, señala.

No fue una decisión fácil, ya que “el público no estaba habituado a pedir este tipo de cerveza. Ahora empiezan a hacerlo, pero en 2007 la gente pedía una, y punto”. Los tres se decantaron por un cerveza de tipo inglés, la Montseny Malta, una ale con mucho cuerpo y que exige una fermentación a temperatura más elevada.

Con el tiempo fueron añadiendo otras variedades-marcas; la Blat, una weissbier alemana, la Negra, elaborado al estilo irlandés, una roja de tradición catalana.  Tras el inicio de la producción, en el 2007, la CCM vendía 250.000 botellas en el  2008, cifra que subía a 360.000 el 2011, año en el que se igualó la producción del 2010.

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Las claves de un negocio emergente

Dado que las cervezas artesanales no son de consumo masivo, para su penetración es fundamental todo tipo de  promoción y estrategia de publicidad.

Calidad. Según el sector se vaya expandiendo y los consumidores familiarizando con el producto –más sofisticado que la cerveza industrial–, mayor será el nivel de exigencia. “La cerveza es un producto vivo que hay que controlar, lo que no siempre es fácil“, apunta Nereo Garbín, de Cerveza Artesana.

El gusto local. El paladar cervecero no es uniforme en toda España. Tampoco lo es en las artesanas. En unos lados gusta más fuerte, en otros más afrutada, hay a quien le guste más clara o más rubia, y con más o menor grado de alcohol. “Eso le obliga al elaborador a buscar el paladar de la gente de su zona”, explica Garbin.

El coste. La artesana sale cara porque se produce en series pequeñas y consume  más materia prima, lo que obliga a los elaboradores a ser cuidadosos con sus costes. Dada la avalancha de nuevas empresas, cada vez más profesionalizadas, los productores menos eficientes acabarán expulsados del mercado.

Distribución. Es vital la complicidad de los distribuidores para asentar la marca entre los clientes. Dado que los bares normales no tienen interés por el producto, el target son los restaurantes de nivel medio o alto, las cervecerías de calidad y las tiendas gourmet. “Esto obliga a utilizar los distribuidores de vino y no los de cerveza”, asegura Garbin.

Promoción. Es el factor crítico. Los cerveceros artesanos deben estar dispuestos a dedicarle varias horas al día. Todo vale: visitas a la fábrica, catas en los restaurantes y cervecerías, incentivos especiales a los distribuidores, asistencia a las ferias de cerveza que despuntan por España, presencia en las redes sociales, publicidad en la radio y mucha cartelería y merchandising.

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Otros negocios basados en hobbies

El negocio de la cerveza artesanal tiene mucho de hobby. Como los otros ejemplos que puedes ver en este artículo: 4 ideas de éxito basadas en un hobby.

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