¿Por qué los emprendedores nos explotamos tanto a nosotros mismos?

La imagen del emprendedor que trabaja de lunes a domingo doce horas al día está sobrevalorada. Se pueden gestionar dos empresas ubicadas en Valencia y vivir en Tailandia, disfrutar del tiempo libre y trabajar en un coworking con gente de medio mundo. Lo que te enriquece a ti, enriquece tu negocio. Richard Morla cuenta cómo lo hace él.

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Richard Morla

No conozco a ningún emprendedor que diga con orgullo que tiene a sus empleados trabajando 12 horas al día. Ni que les obligue a llevarse el portátil a casa para que trabajen hasta tarde, o que intente que no se cojan vacaciones para que la empresa siga adelante. Los estudios dicen que los trabajadores felices incrementan en un 88% la productividad. También que en las empresas que favorecen la conciliación, los empleados se sienten cuatro veces más comprometidos. Todos tenemos claro que, si nuestros trabajadores no están contentos, se van a ir a otra empresa.

Pero ¿qué pasa cuando se trata de nosotros mismos? Aquí la situación es totalmente distinta. Y es que cuando montas un negocio parece que no puedes parar de trabajar. Tienes que decir que curras doce horas al día y contarlo por redes sociales. Porque si tú solo haces ocho horas te dirán que eres un emprendedor de segunda. Que los emprendedores no duermen. Que una vez has dado el paso tienes que levantarte cada día súper pronto, dejar la oficina a las tantas y por supuesto olvidarte de los fines de semana, ya que el sábado también hay que dar el callo. Que lo que toca es dejar de ver a la familia, no cogerse vacaciones y darlo todo por tu empresa.

¿Por qué, si pensamos que explotar a un trabajador no es positivo para la empresa, luego nos jactamos de explotarnos a nosotros mismos? Yo soy un firme defensor de tratar a los demás como me gustaría que me traten a mí, y de intentar tratarme a mí como me gusta que me traten los demás. Por eso abogo por trabajar menos y mejor. Si yo hago más de 35-40 horas por semana no rindo. El cansancio y el agobio no me dejan pensar con claridad.

Muchos dirán que así me va. Que a mis 41 años sigo sin tener casa propia, que mi coche es de los que ya tienen que pasar la ITV cada año y que mi cuenta de banco da penita. Y tienen razón. Quizá si en las cuatro empresas que he montado hubiera trabajado 80 horas a la semana en vez de 40 ahora sería el orgulloso dueño de un BMW, tendría un piso en propiedad y ahorros por si pasa algo. O quizá no. Lo seguro es que en este tiempo he estado de vacaciones en 35 países. Y eso sí que no me lo quita nadie.

Ahora tengo dos empresas. La primera es una tienda de ropa en franquicia de la marca Superdry en Valencia. Llevamos ya siete años y en ella trabajan cuatro personas. Aunque estoy pendiente, solo voy un par de horas a la semana. A lo largo de los años he organizado la gestión para que me ocupe muy poco tiempo. Tengo un socio y un equipo genial, y yo me encargo únicamente de tareas que considero aportan más valor. La segunda es rudo , una agencia de desarrollo de aplicaciones móviles para otras empresas que está en pleno crecimiento. En dos años hemos pasado de cuatro a 22 personas y en el último año hemos triplicado la facturación. La mayoría del tiempo lo dedico a rudo.

Me encanta mi trabajo. Pero no me creo eso de “elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hay días, muchos, en los que cuando suena el despertador a las siete de la mañana preferiría quedarme en la cama. Hay otros en los que tengo que hacer tareas que no me aportan nada. Aunque hay otros días en los que me lo paso genial trabajando, ¿de verdad puedo decir con honestidad que prefiero estar trabajando a estar en la playa con un mojito?

A mí lo que me funciona es el equilibrio. Tener un trabajo que me gusta, en el que intento ser metódico y ordenado, y tener tiempo libre en el que intento no acordarme de que tengo un trabajo. Creo en estar donde estoy en cada momento y en darlo todo mientras estoy donde estoy. Cuando estoy en la oficina, trabajo. Intento ser metódico, exigente, hacer las cosas bien. Aprovechar el tiempo tratando de ser lo más productivo posible y conseguir mis objetivos utilizando los menores recursos y el menor tiempo.

Y como tengo comprobado que la satisfacción personal va acompañada de mejores resultados empresariales, a principios de año decidí llevarlo al siguiente nivel y venirme durante cuatro meses a vivir a Tailandia, mientras dirijo desde aquí las
dos empresas. La gente me decía que estaba loco y que me venía porque la empresa iba mal, pero todo lo contrario. ¡Si hubiera ido mal no me hubiera venido! Simplemente lo organicé para que la empresa fuera como un tiro sin que yo estuviera allí trabajando presencialmente cuarenta horas a la semana. Tanto el equipo como yo tenemos ahora otras funciones, mientras yo sigo a tope con la empresa, pero en Tailandia

Es algo que quería hacer desde hace tiempo, pero nunca encontraba el momento. En ese momento estaba convencido de que, si me quedaba en Valencia, todo iba a seguir bien, que cada vez tendríamos más proyectos y seríamos más personas. Pero yo no quería que fuera bien, lo que yo quería es que fuera espectacular, y sentía que para eso tenía que hacer algo diferente. Que tenía que cambiarlo todo, poner mi mundo patas arriba, irme lejos, cambiar por completo mi día a día, lo que comía, con quien me relacionaba y lo que hacía. Y que todas esas experiencias, todos esos estímulos, iban a sembrar la semilla para conseguir algo mucho más grande. Todos sabemos que cuando algo nos funciona, el día a día nos atrapa, y no nos deja hacer grandes cambios Nos hace pensar que somos imprescindibles y que nadie va a poder hacer nuestra función igual de bien que nosotros. Yo pienso lo contrario, que hay muchas personas que pueden hacer mi trabajo mejor que yo. Por eso debía delegarlo y hacer otras cosas que me aportaran más valor.

Así que aquí estoy, escribiendo esto desde Tailandia, parece que ya soy un nómada digital. Estos días vivo en un bungalow pequeñito justo en la playa, y al lado tengo un coworking espectacular donde unas 25 personas locas de diferentes partes del mundo intentan ganarse la vida. Estar aquí, sin la urgencia del día a día, y desde miles de kilómetros es lo que me está dando la perspectiva para que salgan cosas nuevas. La diferencia horaria va a mi favor, cuando en España son las ocho de la mañana en Tailandia son las dos de la tarde. Así que tengo la mañana libre y estoy conectado todas las tardes con mi equipo comercial y atendiendo a mis clientes. Y el resto del tiempo lo estoy dedicando a relacionarme todo lo posible, a estudiar modelos de negocio, a escribir, a viajar, a vivir experiencias…

La empresa no ha quebrado ni ha pasado nada grave, y yo estoy absolutamente feliz de estar viviendo esta experiencia. Y las cosas funcionan mejor que nunca. En mayo hicimos nuestro récord de facturación y yo he conseguido un proyecto muy importante estando en Tailandia, vestido con bañador y camiseta de tirantes, y todo en remoto. Nuestro cliente ha demostrado que no necesita tener en frente un señor trajeado que le invite a comer paella, y que encarga los proyectos en función de los resultados esperados y no de las apariencias.

En definitiva, creo que el trabajo es importantísimo en la vida. Pero que la vida no es solo trabajo. Y que cuando conseguimos un equilibrio el trabajo y la vida van mejor. Te recomiendo un post que se llama The Tail End en el que te muestra visualmente cuánto tiempo de vida te queda para determinadas cosas. Después de leerlo quizá hagas una pequeña parada y decidas trabajar menos y mejor.

El mundo está cambiando muy rápidamente y nosotros nos empeñamos en seguir haciendo las cosas como nos contaron que se deben hacer, sin reflexionar sobre si hay otras maneras de hacerlas que funcionen y que además nos hagan más felices.

Hoy es un buen momento para empezar.

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