La información que ayuda a decidir a tu inversor

Se ejecuta a iniciativa del posible comprador o inversor al objeto de asegurarse de que la compañía carece de vicios ocultos.

Hasta hace poco era extraño aplicar el Due Diligence al ámbito de las startups, “tal vez porque las inversiones son, en muchos casos, temprana y la compañía carece de un histórico relevante o porque las cantidades de inversión no lo requerían” explica Vicente Esteve, asesor financiero y estratégico para startups a quien la traducción de la expresión anglosajona como “diligencia debida” de resulta algo rancia. Sin embargo, el aumento de las sumas que empiezan a pagarse por el exit de algunas startups, exigen cada vez más el sometimiento de la compañía a una revisión formal previa de sus principales áreas empresariales.

“Seguramente será defecto profesional por mi pasado como auditor y asesor de M&A;, pero considero que en una inversión en una Startup también hay que hacer una mínima due diligence sobre aspectos legales y fiscales, propiedad intelectual, situación laboral y contratos (partners clave, clientes, proveedores clave, etc.) que permita al inversor identificar, en su caso, posibles riesgos adicionales al propio desarrollo del negocio”, afirma Esteve.

Tomársela en serio

La Due Diligence equivaldría, pues, a hacer una auditoría formal de la empresa cuando ésta va a someterse bien a un proceso de compra, bien a la entrada de nuevos inversores. El objetivo en ambos casos es erradicar dudas e identificar posibles riesgos ocultos en las cuatro áreas principales de la empresa: financiera, laboral, contable y fiscal dando a conocer el estado real de la cosa vendida.

En el proceso de revisión se verifican todos los aspectos internos de la compañía: estar al corriente de las obligaciones fiscales, relaciones laborales de los trabajadores, revisión de contratos con terceros, titularidad de marcas y patentes, aspectos de LOPD, cartera de clientes, etc. Es importante revisar previamente la documentación y tener todo al día dado que podría motivar que se renegocie el precio de compra o se soliciten garantías adicionales. Es decir, que conviene tomarse este trabajo en serio para no facilitar lo que podría convertirse en una herramienta de renegociación a la baja.

¿Quién paga el proceso?

Lo normal es que sea un tercero independiente el que ejecute el proceso de Due Diligence, como alguna asesoría especializada o un despacho de abogados. Y aunque el proceso se desencadene e instancia del posible inversor, suele haber dudas sobre a quién corresponde asumir el pago. En opinión de Esteve, lo normal sería que el coste repercutiera sobre la parte interesada en adquirir o invertir. Sin embargo, no siempre ocurre así, siendo muchas veces la startup la que asume el pago de los 3.000-4.000 euros que implica la Due Diligence, cifra que aumenta a la par que lo hace la complejidad y consolidación de la empresa.

Podría pensarse que si es la startup la que paga la Due Diligence, aunque la operación finalmente sea abortada, ya tiene el trabajo hecho para operaciones similares posteriores, pero no es así dado que, según Esteve, lo normal es que el flujo de información se estreche entre el tercero y la parte interesada por lo que, lo más probable, es que la startup reciba una información tan sesgada que no sea válida para nuevas rondas de inversión. Si la decisión final es que sea la startup la que pague, la recomendación de Esteve es que se firme previamente, al menos, un acuerdo de intenciones que, aunque no es vinculante, sí pone de manifiesto cierto grado de interés por ambas partes de que la operación llegue a buen puerto.

También el tiempo requerido para hacer una Due Diligence varía según el tamaño y estructura de la compañía. La media para una startup es entre 2-3 semanas pudiendo extenderse a meses cuando el histórico ya es considerable. En startups en fase seed la práctica habitual es hacer mini Due Diligence en cuestión de horas.

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