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Robert Brufau

CEO de Enley

La IA no hace al abogado más rápido, le cambia el oficio

Este experto habla de cómo la IA no solo mejora la eficiencia, sino que está dando lugar a nuevos modelos de prestación de servicios profesionales

La IA no hace al abogado más rápido, le cambia el oficio

No me gusta demasiado la manera en que se habla de la inteligencia artificial en el sector legal. Casi todo el debate gira en torno a la velocidad; que si redacta contratos en segundos, que si resume sentencias, que si ahorra horas de búsqueda.

Todo ello cierto. Y todo ello, en mi opinión, lo menos interesante y lo que tiene bastante margen de error todavía. Lo que de verdad cambia la IA no es la rapidez, es la respuesta a la pregunta: ¿qué vende un abogado? 

Hay una parte del sector legal donde, tradicionalmente, la unidad de venta ha sido la hora de trabajo.

Sin embargo, cuando la tecnología se encarga de las tareas que no requieren criterio jurídico, como recopilar documentación, rellenar datos o modelos, vigilar plazos, o dar seguimiento, el coste de tramitar un caso deja de depender únicamente de las horas que el profesional dedica.

Y en cuanto eso ocurre, puedes hacer algo que el modelo clásico no podía: poner precio antes de tocar un papel. 

Esto, por sí solo, no es ninguna novedad, ya hay despachos de abogados que lo ofrecen. La diferencia no está solamente en la tarifa, sino en todo lo que hay detrás.

Una cosa es fijar un precio por servicio en lugar de un presupuesto que va cambiando según evoluciona el expediente y otra muy distinta es rediseñar el proceso para que ese precio se sostenga (siendo bajo y repetible) miles de veces, sin que las cuentas dejen de salir ni se resienta la calidad.

Ahí es donde está realmente la gran aportación de la IA y el cambio de modelo, en que la forma de prestar los servicios no se limita a una versión acelerada del mismo sistema de siempre, sino que pasa a convertirse en algo completamente nuevo desde el principio.  

Primero el proceso, después la máquina

No obstante, conviene quitarle algo de épica al asunto. Industrializar un servicio jurídico empieza con un trabajo lento y poco glamuroso de mapear cómo se resuelve un divorcio de mutuo acuerdo o cómo se tramita la constitución de una sociedad paso por paso, y de reducir la variabilidad de ese proceso hasta que se vuelve estandarizable. 

En esto, tecnología y conocimiento no se suceden la una a la otra, sino que se apoyan mutuamente. Cada pieza que automatizas te permite asumir más casos, y cuantos más casos ves, mejor entiendes el proceso y más afinas dónde tiene sentido seguir automatizando. Es un bucle que se retroalimenta. 

Por eso la escala importa tanto, porque ese mapeo y análisis solo es posible si ves muchos casos, y solo verás muchos casos si tienes capacidad para asumirlos y gestionarlos.

En un despacho tradicional un abogado con experiencia puede gestionar de media unos 50 divorcios simultáneamente dependiendo de la complejidad de cada uno de ellos, mientras que en Enley cada uno de nuestros abogados de Familia puede llevar en torno a los 300 a la vez.

Esta cantidad es lo que nos permite ver patrones, analizarlos y parametrizarlos para no solo detectar dónde tiene sentido automatizar o modificar el proceso, sino también adelantarnos y anticipar problemas futuros. Lo que sólo te ofrecerá un abogado experimentado, tras años de profesión, lo tenemos al alcance de nuestra mano.

Podemos prevenir en lugar de reparar, evitando trámites, sustos o pasos en falso que de otro modo solo se ven cuando ya han ocurrido y que, además, cuestan dinero. Pasamos de una posición resolutiva a una preventiva y eso reduce muchísimo la incertidumbre con la que vive el cliente.

No obstante, hay un límite que conviene reconocer sin rodeos: no todos los servicios legales son “paquetizables”. Un proceso contencioso o un caso con demasiadas variables abiertas no es parametrizable.

Lo que sí ocurre es que la enorme mayoría de las necesidades legales que una persona o una pyme tiene a lo largo de su vida son total o parcialmente definibles: divorcios, herencias, testamentos, registros de marcas, protección de datos, constituciones de empresas, contratos o reclamaciones estándar.

Ese volumen es el que estaba mal atendido, no por falta de abogados, sino porque el formato tradicional lo hacía caro y opaco.

¿Y dónde queda el abogado?

La pregunta natural ahora es, ¿la tecnología sustituye al abogado? Mi respuesta lleva tiempo siendo la misma. La IA es un acompañante y acelerador, nunca un sustituto.

En Enley automatizamos los trámites repetitivos, sin enjundia jurídica y la burocracia administrativa. Al liberar al abogado de esa tarea repetitiva y de poco valor, se puede concentrar en intervenir allí donde es imprescindible su formación y donde sus conocimientos no pueden ser sustituidos: el criterio jurídico, el matiz de cada caso y la relación con el cliente. 

Y es que, la tecnología no le quita trabajo al abogado, le devuelve el suyo.

La evidencia detrás del argumento

En Enley llevamos años construyendo exactamente eso. Somos una legaltech que presta servicios legales completos, con más de setenta servicios en producción.

Detrás de nuestros flujos digital hay un equipo de cerca de cien personas, que se componen, entre otros, de más de sesenta abogados, que supervisan, deciden y acompañan.

La máquina tramita, pero la responsabilidad jurídica sigue teniendo nombre, apellidos y número de colegiado. 

La confidencialidad, la supervisión humana y un marco regulatorio sensato no son obstáculos para este modelo, son la condición para que funcione. 

Además, en nuestro caso, los números acompañan a la tesis. Cerramos el año 2025 por encima de los cinco millones de euros de ventas en España y nuestra previsión para este es superar los siete. Pero el dato que de verdad me importa no es ese.

En 2025 tramitamos más del 3,5% de todos los divorcios de mutuo acuerdo gestionados en España. Conviene parar un segundo en esa cifra. No hablamos de una startup prometedora, hablamos de que uno de cada treinta divorcios del país pasó por una plataforma online a precio cerrado.

Cuando un modelo nuevo absorbe ese porcentaje de un mercado tan tradicional, ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en infraestructura.

Así que la duda no es si la inteligencia artificial va a entrar en los servicios jurídicos, porque ya está dentro. La duda es cuántos despachos habrán repensado a fondo su manera de organizarse y adaptarse antes de que el mercado lo decida por ellos.

Y mi apuesta, después de todos estos años, es que el servicio profesional que viene será más humano gracias a haber automatizado todo lo que nunca debió ocupar a un abogado.

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