La incógnita Fukushima

Tras el susto inicial, el mundo trata de decidir si debe y puede convivir con una energía, la nuclear, intranquilizadora, pero para la que no existen muchas alternativas.

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Manifestación antinuclear en Japón

Los días posteriores al terremoto y tsunami de Japón, el 11 de marzo, el mundo contenía el aliento con las imágenes del accidente de la central nuclear de Fukushima Daiichi, 300 kilómetros al norte de Tokio, y la posibilidad de una catástrofe radioactiva de proporciones dantescas. En Europa, el comisario de Energía, Günther Oettinger, no dudaba en calificar la situación de “apocalíptica” mientras a la canciller alemana Angela Merkel le faltaba tiempo para suspender el funcionamiento a 7 de las 17 centrales del país durante tres meses y amagar con su cierre definitivo. Esto porque, según dijo, “la energía atómica no está preparada para hacer frente a la violencia natural”.

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Tan fuerte fue la estupefacción provocada por una situación que los lobbies nucleares y gobiernos habían declarado imposible que muchos dieran a la energía nuclear por sentenciada. “Lo más probable es que el incidente de Japón lleve al fin del sueño de la energía nuclear barata”, escribía el semanario Der Spiegel. Hasta los mercados se dejaron llevar por esa ola al primar las renovables y expresar así su convicción de que estarían llamadas a reemplazar a la nuclear. En cuestión de horas, las compañías eólicas y fotovoltaica se disparaban en todas las bolsas del mundo. En la de Madrid, Gamesa ganaba más de un 5% el lunes siguiente al terremoto. Y Solaria y Fersa, un 26,2% y un 11,3% el martes siguiente.

La sensación de descontrol se fue ampliando durante la semana posterior al terremoto según se fueron conociendo los fallos operativos que habían llevado al desastre y empezó a imperar la idea de que la eléctrica (Tepco) no había sido lo suficientemente responsable en la gestión de la central. La desconfianza se multiplicó. Así como el temor de la propia industria. “Hemos vivido el accidente, totalmente imprevisto, con gran preocupación”, reconoce Eugeni Vives, portavoz de la SNE (Sociedad Nuclear Española).

Como cabía esperar, los ecologistas, menos exitosos en su denuncia de lo nuclear que en su campaña sobre el calentamiento global, y desconcertados ante el reciente revival de esta energía, aprovecharon el accidente para proclamar que “ya lo habíamos dicho” y retomar su ofensiva contra este modo de producir electricidad.

Así y todo, un mes después del tsunami, a mediados de abril, el panorama había cambiado. La sensación de peligro se había diluido, los Gobiernos pasaban del ‘No’ de los primeros días a un más matizado ‘vamos a ver qué pasa’ y la propia opinión pública adoptaba una postura más relajada. Una evolución que no le extraña a Fernando Legarda, catedrático de energía nuclear de la UPV (Universidad del País Vasco), “ya que al margen de temores o reticencias, la gente ha entendido que, ante los problemas energéticos, no es realista prescindir de la nuclear. Saben que no hay más remedio que acostumbrarse a ella”.

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CONSECUENCIAS IMPREDECIBLES

Otros explican la relativa normalización del accidente por el hecho de que al final no haya pasado nada excesivamente serio. Sí, ha habido un accidente de máxima gravedad, pero, al margen de que fue producto de circunstancias casi irrepetibles –la conjunción de un terremoto de máxima intensidad con un tsunami devastador–, la realidad es que la eléctrica propietaria (Tepco) ha logrado evitar males mayores. “Lo importante es que se consiga controlar completamente la situación y considero que se están realizando los máximos esfuerzos para conseguirlo“, resalta María Teresa Domínguez, presidenta del Foro Nuclear.

Para Javier Dies Llovera, catedrático de Ingeniería Nuclear de la Politécnica de Cataluña, “la gente ha percibido que la tecnología ha madurado mucho y que, pese a que la catástrofe fue de dimensiones espectaculares, los efectos del accidente no han sido muy importantes”. Carlos Bravo, responsable Nuclear de Greenpeace, lo ve de modo distinto. “La realidad es que los efectos están por ver ya que la radiactividad tarda en materializar sus consecuencias, pero creemos que van a ser muy graves porque los niveles son altos y ya hay trabajadores hospitalizados.

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Bravo no ve razones para confiar. “Pese a que Japón es la tercera potencia mundial, un país riguroso, ha fallado todo, además de que, el que una persona como yo, con 50 años, haya asistido a tres grandes accidentes nucleares en su vida, no dice mucho de la fiabilidad de esta energía”, apostilla.

En general, los expertos apuestan por la continuidad de la nuclear, aunque sin tantos triunfalismos como hasta ahora, entre otras razones porque no hay muchas alternativas viables. Esto incluso en Alemania, donde algunos ya dan por hecho el cierre definitivo de los siete reactores paralizados. “Ya veremos lo que ocurre”, se cuestiona Juan Antonio Ortega, director de Desarrollo de Negocio de Tecnatom, una ingeniería especialista en Nuclear. “Alemania ya tiene la electricidad más cara de Europa. Con la industria que tiene no está en condiciones de cerrar las centrales y encarecerla aún más”, añade este experto.

El cierre de las centrales en funcionamiento –incluso de las más antiguas– generaría problemas de suministro eléctrico, pérdida de independencia energética y subidas de precios, una situación que desde el Foro Nuclear buscan evitar. “Confío en que no se tomen decisiones políticas precipitadas que puedan tener consecuencias negativas para el desarrollo económico y social”, explica María Teresa Domínguez. Ahora bien, incluso si no se toman esas decisiones de cierre, la gestión de este tipo de instalaciones se hará más compleja tras el accidente de Fukushima. Según Manuel Castro Muñoz, catedrático de Física de la Tierra de la Universidad de Castilla la Mancha, “la sociedad siempre ha percibido a esta energía como algo no deseable. Tras el accidente, esto se agravará”.

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El gran reto de la industria es serenar el ambiente y recuperar la credibilidad ganada por la energía nuclear a lo largo de las últimas dos décadas, algo que, según apunta Eduardo Gallego, subdirector del DIN (Departamento de Ingeniería Nuclear) de la Escuela de Ingenieros Industriales de la Politécnica de Madrid, exige “chequear qué hay que reforzar y, sobre todo, qué criterios deben aplicarse, para que los diseños no ofrezcan vulnerabilidades capaces de provocar un accidente. Es innegable que el paradigma de la seguridad nuclear, de alguna manera, se ha tambaleado en Fukushima“.

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