Facturar 60.000 euros al año como autónomo y con solo tres clientes

Víctor Campuzano trabaja como growth hacker para el Balneario de Archena, Metricool y Streamloots. Trabaja desde su casa, con una media de ingresos anuales de 60.000 euros. Dice haber alcanzado el equilibrio personal y profesional y cuenta cómo lo ha conseguido.

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Víctor Campuzano

El día que nació su hija, Víctor Campuzano decidió cambiar su plan de vida. Como no estaba dispuesto a perderse nada de la niña, incluidas las funciones de teatro, tuvo que replantearse las cosas y ver cómo se las ingeniaba para obtener recursos suficientes y ni vivir con sobresaltos ni morir en el intento.

Víctor Campuzano, experto en marketing digital y growth hacking, trabajaba como director de publicidad y marketing en una agencia en Murcia. La primera solución que propone y le aceptan es trabajar en remoto. Coincide el momento con un interés creciente por el mundo de las startups. “Yo siempre había trabajado con empresas convencionales, así que cuando oía hablar de otras emergentes, con un futbolín en la oficina y todo online, me flipaba. Empecé a formarme para poder trabajar en el entorno de las startups”.

En esas estaba cuando se entera de que en Erasmusu, una startup de origen murciano y hoy propiedad de Spotahome, buscan un especialista en growth hacking para desarrollar la estrategia de marketing. Campuzano se presenta y supera el primer y segundo filtro. El proceso de selección se interrumpe con motivo de las vacaciones de verano y se comprometen a retomarlo a la vuelta. Durante ese tiempo sigue trabajando en la agencia, pero soñando con el nuevo puesto. “Entonces me doy cuenta de que si estoy trabajando en A solo pensando en B, es que A ya no me llena”.

El plan de negocio vs plan de vida

Campuzano empieza a hacer sus cábalas para el supuesto de que, finalmente, le rechacen en Erasmusu. “Me dije, pues si no me cogen, me lo monto por mi cuenta. Claro que era como un juego porque con la niña recién nacida yo no podía despedirme de la agencia. Aún así me puse con el excel y empecé a hacer mis numeritos”.

El sueño era: que trabajaba como freelance para startups desde su casa y que facturaba con ellas lo suficiente como para dedicar las tardes al cultivo de su marca personal y los infoproductos que le generarían ingresos pasivos. El sueño le salía a 30.000 euros al año que era la cantidad que tenía que conseguir como mínimo para alcanzar el equivalente a los 1.500 euros con 14 pagas que recibía de la agencia. “Tampoco me parecía tan descabellado”.

Lo siguiente que se planteó fue qué podía ofrecer para que la gente pagase por él. “Yo sabía que era bueno en conectar a las personas con la tecnología. Creo que tengo mucha experiencia en esto y un conocimiento profundo de lo que es internet para poder dar una visión muy estratégica y de alto nivel y ayudar a las empresas en sus ventas. También tengo ideas muy creativas. Eso es lo que podía vender”.

Así es como Campuzano fue diseñando un plan de negocio alineado a su plan de vida, pero lo guardó en el cajón en espera de la respuesta de Erasmusu. Al final fue un sí, pero con una condición innegociable: tenía que trabajar desde la oficina. No hubo acuerdo.

Entonces abre de nuevo el cajón, saca el plan diseñado y le da la forma definitiva. “Ya contaba con una marca personal bastante sólida, tenía contactos y mucha experiencia. Decidí que dedicaría la mitad de la jornada, cuatro horas, a trabajar para clientes y obtener así los 30.000 euros que necesitaba. Para esto tenía que encontrar a cinco clientes dispuestos a pagarme 550 euros al mes por echarles 4 horas de trabajo a la semana, salía la hora a 30€, que era una ganga. Las tardes las dedicaría a seguir trabajando mi marca personal y a crear infoproductos digitales. En total, 8 horas de trabajo diarias. Punto”.

A la piscina, pero con flotador

El plan le parecía factible pero quedaban dos flecos que le inquietaban: tener que estar siempre atento a la captación de clientes y estar seguro de que había gente dispuesta a pagar por su trabajo. Para mitigar la incertidumbre de los clientes decidió que los contratos serían anuales y para confirmar su compromiso les envió un borrador de contrato que, en caso de interesar, debería devolverse firmado. De los diez con los que contactó, fueron siete los que firmaron, dos más de los que necesitaba para conseguir el equilibrio financiero. Se desprendió de uno, renunció a una tarde de 'asuntos propios' a favor del otro cliente y, entonces ya sí, se despidió de la agencia.

Otro acierto de Víctor Campuzano en el diseño de su estrategia de negocio fue dejar en manos del cliente la iniciativa de renovar o no el contrato. Si no avisaban con dos meses de antelación, quedaba prorrogado automáticamente por otro año. “Esto me daba mucha tranquilidad”.

Parte de los ingresos conseguidos por esta vía, los destinaba a financiar su actividad vespertina. Contrató a una persona que le enseñara a gestionar la marca personal y a un mentor que le ayudó a entender que el camino de los infoproductos no era lo suyo, así que lo dejó.

El salto al mundo startup

Y aunque Víctor Campuzano estaba cada vez más cerca de alcanzar su sueño, quedaba todavía una espinita que se le resistía, que era la de trabajar con startups. “Mis primeros clientes provenían de contactos de empresas con las que había trabajado antes, pero como seguí trabajando la marca personal las startups acabaron entrando. El problema es que, conforme a mis planes, no podía coger más clientes ni deshacerme de los que ya tenía, pero tenía que conseguir que rotasen para dar paso a las startups”. La solución para acabar con este problema es tan antigua como la ley de la oferta y la demanda. “Si hay más gente que quiere trabajar contigo y no tienes hueco para atender a todos, pues subes el precio. Eso hice, pasar de cobrar 560 euros mensuales por cliente a cobrar 660”.

Encajar todas las piezas y culminar esa partida de quito una pongo otra startup no fue sencillo. Requirió más de seis meses de trabajo intenso en los que Campuzano tuvo que satisfacer la demanda de más clientes de los previstos y olvidarse de aquello de las 8 horas y punto. Pero también esto le permitió dar otro pequeño salto en su carrera. “Cuando vi que ya eran bastantes las startups que querían trabajar conmigo dije, bien, ahora ya no voy a ir solo a precio, ahora voy a trabajar con proyectos que de verdad me apasionen”. Y aunque parezca que fue Campuzano quien hizo la selección tan exclusiva, lo cierto es que fueron las startups las que se partieron su tiempo divido ahora en slots.

El Balneario de Archena, su ciudad natal y de residencia, la startup de social media Metricool, y la valenciana Streamloots, ganadora global del South Summit 2019, son actualmente los tres únicos clientes de Víctor Campuzano. Con ellos y alguna actividad extra supera los 60.000 euros anuales, el doble de lo contemplado en su plan inicial.

Su rutina diaria es sencilla. Arranca a las 8 de la mañana. A las 9, la niña en el cole. De 9 a 11 trabajo en casa. De 11 a 12 subida al monte de Archena y carrera de 5 kilómetros. Vuelta a trabajar en casa hasta las 13.15. Preparar la comida que comparte con su mujer y su hija. Por la tarde vuelta a trabajar. A la siete acaba el trabajo y se pone con otras tareas de la casa si hay alguna. Cena, serie con la mujer en el sofá, y a la cama. Pues eso, nada del otro mundo, pero si a Campuzano le pides que formule un siguiente deseo dice: “pues ahora me gustaría que se congelase el tiempo”.

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