Tiempo: nuestro aliado; nuestro principal enemigo

Ricardo García Lorenzo, director Staff de la Dirección General de Negocio Grupo Cooperativo Cajamar

Ricardo García Lorenzo.

La pandemia que nos asola ha cambiado el mundo. El autor advierte que el tiempo es nuestro aliado y nuestro enemigo, porque si la hibernación temporal de nuestra economía se proyecta en el tiempo, será catastrófico. El Estado y todos los agentes económicos deben intervenir de manera urgente para salvar la economía, garantizando la liquidez del sistema y protegiendo a empresas y autónomos.


Ricardo García Lorenzo

Director Staff de la Dirección General de Negocio Grupo Cooperativo Cajamar

Objetivo inequívoco: salvar vidas

Simple. Antes de salvar la economía, debemos salvar vidas. Sobre esta premisa, debemos de ser conscientes de que todas las decisiones que se vayan a tomar en los próximos días y semanas, deben de girar con el claro e inequívoco objetivo de garantizar esa premisa. Ahora bien, sin olvidar bajo ningún concepto el día después y las consecuencias de las decisiones que tomemos hoy, huyendo con responsabilidad de la improvisación y el desconocimiento de cómo funciona una economía de mercado.

Vivimos en una sociedad que tiene, entre una de sus características más destacadas, no querer llamar a las cosas por su nombre al igual que pretender ignorar las consecuencias de los hechos. Debemos de ser conscientes de que con el telón de fondo de la gravísima crisis sanitaria que nos asola, no debemos de equivocarnos abriendo debates estériles sobre qué debe de prevalecer: salud versus economía o viceversa. Hecho –y espero– asumido este objetivo inequívoco, amén de alardes neandertales de países muy bajos, es urgente, mejor dicho, vital, ponernos como nunca se ha visto antes a pensar y a actuar en el ‘después’ tanto a nivel económico como financiero, pues la dicotomía entre el irracional mundo financiero y la de momento fábrica del mundo, van a definir el ecosistema geoestratégico de las próximas décadas.

Artillería a disposición de empresas, familias y Estados

Sabias palabras nos dicen que los expertos en combatir no se encolerizan. Que los expertos en ganar no se asustan. Así, el sabio gana antes de luchar, mientras que el ignorante lucha para ganar, librándonos de esta manera de los incapaces y de los incompetentes. Jamás, no en la Historia reciente conocida, sino en la Historia entendida en toda su magnitud, las autoridades ‘momentarias’, y he dicho ‘momentarias’, no políticas, de este mundo nuestro aún globalizado, han reaccionado tan rápido y de una manera tan asustadiza a esta hecatombe de consecuencias aún impredecibles. Jamás. Ese es un hecho sin alardes ni connotaciones políticas de ningún tipo. Hecho.

Se ha puesto toda la artillería pesada, billones y billones de maná líquido a disposición de esta trágica crisis sanitaria a sabiendas de que esta derivará, y por este orden, en otra dura crisis financiera, económica (tangible) y, finalmente, social de consecuencias aún más traumáticas. El descalabro está siendo brutal y nada comparable a la archiconocida y mal llamada crisis subprime que tan reciente aún tenemos en nuestra olvidadiza memoria. El reto hoy a esa letanía, a esa ortodoxia y esclerótica burocratización de nuestra clase ‘dirigente’, es evitar el colapso e intentar acotar, y no digo evitar en el tiempo, tiempo que corre en nuestra contra, la llegada de la nueva gran depresión de nuestros días.

Pasos firmes y sin demora

El mundo, nuestro mundo, nuestro estilo y forma de vida, tal y como lo conocemos hasta ahora, ha cambiado, y lo ha hecho en apenas semanas. Llevo tiempo, años preconizando sin ningún alarde de visionario, que la tormenta perfecta que pocos queríamos ver se sustentaba tristemente en tres pilares, uno de los cuales se nos ha presentado sin previo aviso y con toda su crudeza como he venido reiterando en un sin fin de ocasiones. Pero, vayamos por partes.

Primero. El mundo ya sabemos que lo mueven las burbujas, y sino asómense a la Historia o más recientemente a la burbuja de los bonos o a la burbuja del miedo en el que llevábamos tiempo acomodados. Que estas derivan siempre en crisis financieras, en crisis bursátiles, por un afán y obsesión de anticipación, y que, finalmente, desembocan como riadas sin control en dramas económicos y sociales. Siempre ha sido y seguirá siendo así. Hecho.

Segundo. No malgastemos limitados intelectos en discernir si se iban a producir o no situaciones como la que vivimos y más asumiendo que ciertas voces lo llevamos advirtiendo desde hace años. Era obvio, cuestión de tiempo, pues la pregunta no era si se iba a producir, sino cuándo se produciría. Y ese cuándo motivado por un maldito germen ha secuenciado en una ciclogénesis que nos ha pillado a casi todos con el ‘pie cambiado’. Hemos perdido en todos estos años de bonanza y borrachera económica, de ‘resacón’ bursátil, de orgías consumistas con crecimientos nunca vistos antes, la oportunidad histórica de prepararnos a tiempo en cuanto a reducción de deudas públicas y privadas estúpidamente galopantes, de reorganizar nuestros balances, de reducir déficits en expansión perpetua y de mejorar, no solo ya las productividades, sino ámbitos esenciales como la investigación y la prostituida innovación. Qué tarde y mal nos hemos preparado. Todos, sin excepción.

Tercero. No se trata de discernir si esta será una recuperación en forma de V, en forma de L o ni tan siquiera de W invertida o no. Dejémonos de ‘gilipolleces’. Alguno no se ha enterado de que esto va a cambiar, no se si todo, pero sí mucho de lo que hoy conocemos como ‘nuestro estilo de vida’ y, o se toman medidas valientes, arriesgadas, consensuadas y con seguro efectos colaterales ‘jodidamente’ duros, o esta situación durará años, llevándonos a una crisis social y de seguridad que ni los más longevos ni tan siquiera se atreven a recordar. No es tarde aún para hibernar el tejido productivo cuidando las formas, los fondos y los tiempos. Paremos en aquellos sectores susceptibles de poder hacerlo y con la cura y/o ansiada, pero tardía vacuna, volvamos a resetear una economía, hoy herida. No tenemos tiempo que perder. Este puede ser nuestro aliado, pero también el peor de nuestros enemigos.

No perdamos tiempo en evitar la recesión. Llegamos ya tarde y era impredecible su virulencia por muchos informes conspirativos y otoñales que ya circulan por la Red. Pero, sí tenemos la oportunidad de evitar una gran depresión que no hace falta que diga las implicaciones que traería para el conjunto de nuestra asustada sociedad, que no entendería tampoco cómo se ha podido errar nuevamente en las medidas adoptadas. No tendremos segundas oportunidades; que nadie se equivoque. Nuestra economía que es al final lo relevante, lo que nos debe de importar, lejos de los techos de cristal bursátiles, necesita urgente asistencia asumiendo que las dos opciones que tendremos con el paciente es o revivirlo o, al menos, de no ser posible, hacer que su muerte / redifinición, como sistema que conocemos, sea lo menos traumático posible. Esas son dos de las opciones. Hecho.

Sí, la deuda se incrementará hasta límites insospechados. Se inundarán los mercados de cuantiosas barras de liquidez para (1) parar lo impredecible y (2) minimizar los temidos credit crunch ya olvidados. Medidas todas estas más que necesarias para salvar a nuestras empresas. El crudo y sus derivados se hundirán a un ritmo nunca visto. Algunas monedas se apreciarán, otras se depreciarán. La productividad caerá y, con ello, los consumos sufrirán. Los ERE, ERTE y demás acrónimos no dejarán de crecer y, con ellos, las principales variables macro pasarán a otros escenarios impensables hace apenas dos semanas. Nada que no se sepa, pero asumamos que nuestro modelo de desarrollo, nuestro modelo productivo, acaba de empezar a reinventarse.

Hibernar la economía. Lo sé. No es una medida fácil y tendrá consecuencias, pues previamente y en paralelo se tendrán que tomar medidas draconianas en el ámbito financiero / bursátil y, especialmente, social, y eso no es nada, pero que nada fácil, viendo ya nuestros endeudamientos y nuestros déficits. Y los momentos en los que vive la humanidad por un hecho, no olvidemos puntual, exigen decisiones conjuntas, consensuadas, valientes y basadas en el conocimiento y la coherencia de los pros y, especialmente, de los contras.

¿Clave? El tiempo es nuestro aliado

El tiempo, nuestro aliado y nuestro enemigo, pues si esa hibernación temporal de nuestra economía, tardía y sin cuidar ni el fondo ni las formas, se proyecta en el tiempo, entonces ese cierre será catastrófico para la economía en general, entendida como un todo de familias, empresas y Estados.

La solución es compleja, es enormemente compleja, pero aún recuerdo a iluminados no hace muchos años que exoneraban y liberaban a los mercados de toda responsabilidad de manera ingenua, irresponsable y vergonzosa de las situaciones de inestabilidad. Aquellos que criticaban los bazocas monetarios de inyecciones masivas de liquidez en un sistema al borde del colapso y que, junto con su artillería pesada, ‘ordenaron’ el caos económico y financiero. Aún recuerdo con nostalgia las críticas denostadas a la expansión monetarias keynesianas de ‘convertir las piedras en panes’. Qué recuerdos aquellos aún muy vivos en mi memoria siendo consciente que nada tiene que ver esta situación con aquellos de hace apenas una década. Nada, salvo el peligro que derivó y derivará de no tomar medidas en la pérdida de la tan necesitada confianza de la que ya nos hablaban líderes de verdad como el gran y recordado Fuentes Quintana.

Cuántos de esos iluminados criticaron todas esas baterías de medidas ejemplarizantes, con sus aciertos y con sus humanos errores y que, gracias a ellas, sorteamos momentos tremendamente delicados. Que el encierro temporal no nos haga perder el sentido de la perspectiva. Es la hora de que el ESTADO en mayúsculas, y todos los agentes económicos, financieros, empezando por nosotros, las entidades financieras, intervengan de manera urgente con un claro objetivo: Salvar la economía; salvar, en definitiva, a nuestras empresas y autónomos.

¿Cómo? (1) Garantizando la liquidez del sistema. (2) Protegiendo a las empresas / autónomos en su conjunto con independencia de su tamaño y del sector de actividad, pues son, al fin y al cabo, el caldo de cultivo de millones y millones de puestos de trabajo a través de liquidez y de carencias con reducidos costes en sus endeudamientos presentes y futuros. (3) Reseteando todo el sistema hasta que pase la pandemia vírica e inyecte con ello confianza en un sistema más necesitado que nunca, haciendo que esa otra pandemia del miedo no implosione todo lo construido hasta ahora en nuestra sociedad. (4) Incrementando la deuda pública y donde, especialmente, ese gigante adormilado y burocratizado llamado ‘vieja Europa’ salga de su letargo, se deje de divisiones, de estúpidos egos y piense de una vez por todas en un todo de más de 500 millones de razones y se ponga a trabajar en nuevos instrumentos que sean bonos, eurobonos o como les de la real gana definirlos. No seré yo quién preconice que se la juega, sí, pues efectivamente se la juega a esta maldita y única carta, pues pocas oportunidades le regalará la historia. (5) Y, finalmente, huir de la burocracia e ineficiencias históricas, alineando medidas, instrumentos y objetivos financieros, económicos y sociales encaminados a sobrevivir los próximos meses, pues pasada esta pesadilla, todo a su debido tiempo volverá, no de la misma forma, obviamente, pero volverá y ya veremos si más fortalecidos o no. Nuestro tiempo lo dirá.

Ya nos decía otro de los grandes que lo único que nos pertenece a cada uno de nosotros es el tiempo, Incluso a aquellos que nada tienen, tiempo, al menos, poseen. Es precisamente ese tiempo, y del que desgraciadamente hoy muchos ya carecen, el que puede convertirse en nuestro principal aliado a nivel sanitario, pero que, a la vez, puede convertirse en nuestro principal enemigo, pues tiempo es lo que no tiene ya ni nuestra atemorizada economía ni nuestras preocupadas y maltrechas empresas y autónomos.

Es nuestra responsabilidad. Tiempo.

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