Qué frena a la economía colaborativa para su despegue definitivo

No existen datos oficiales, pero la economía colaborativa no para de crecer.

Resulta complicado contextualizar el tema porque no existen datos que cuantifiquen lo que mueve la economía colaborativa en nuestro país. Sí podemos valernos, sin embargo, de algunos indicadores como Google Trends que, como observan en un post de Acumbamail, las búsquedas en google con los términos consumo colaborativo no paran de crecer “con algunos picos importantes como, por ejemplo, en febrero de 2013 y junio de 2014”.

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También Carmen Valor, profesora de Marketing en la Universidad Pontificia Comillas, se refiere a la buena salud que gozan muchas de las empresas acogidas a este modelo de negocio entendido, en la versión más ortodoxa, como el intercambio entre pares. También la narrativa social va creciendo lo que “indica un progresivo interés que yo observo, sobre todo, en los alumnos”. La profesora resalta, asimismo, el alto grado de satisfacción que muestran los usuarios que la han probado. Ello puede interpretarse como un enraizamiento en la cultura de este tipo de consumo, pero otra lectura es las altas expectativas que levanta aún para estos modelos de negocio.

El estudio “¿Colaboración o negocio? Del valor para los usuarios a una sociedad con valores” presentado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) a comienzos de año, reconocía que “el consumo colaborativo (CC), basado en los intercambios directos entre particulares para conseguir bienes o servicios (no siempre a cambio de dinero), ha ido ganando terreno a la economía tradicional, basada en las relaciones entre empresas y consumidores, y ha servido de motor a iniciativas de consumo entre particulares a escala local”.

Sin embargo, existen todavía resistencias que impiden el crecimiento de algunas iniciativas empresariales que han intentado posicionarse en este entorno. Según Carmen Valor, estas son las principales:

Por parte de los consumidores

Inseguridad y falta de credibilidad. Muchas de estas plataformas están corrigiendo fallos iniciales en materia de seguridad jurídica con mecanismos de intermediación y potenciando los servicios de atención al cliente. No obstante, todavía quedan algunas reservas entre los usuarios quienes, en caso de fraude, no saben muy bien si tienen que reclamar a la plataforma como empresa o ir por la vía civil para demandar la infracción del particular que presta el servicio. El sistema de reputación online que incorporan casi todas, es también una estrategia recomendable, siempre y cuando los perfiles estén verificados.

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Vacío legal. Aunque la ley avanza y es propensa a tolerar estas transacciones que aportan un alto valor a los consumidores, lo cierto es que la regulación se está centrando especialmente en materia fiscal y conflictos de competencia, dejando de lado los derechos de los consumidores.

Sectores sensibles: Frente a sectores que funcionan como un tiro dentro de la economía colaborativa, como es el caso de la propiedad inmobiliaria, los aparcamientos o los libros, existen otros más sensibles en los que estos modelos no acaban de encajar. Es el caso, por ejemplo, de la comida compartida o el cuidado recíproco de mascotas, donde las garantías que se exigen son mayores de lo habitual.

Por parte de las empresas

Problemas para monetizar. Hay que tener en cuenta que la economía colaborativa se abre paso en un contexto de crisis, por lo que en su lógica entra no elevar demasiado el coste de los servicios. El fallo es que algunas de ellas se preocuparon antes por captar usuarios que por la facturación. El problema de arrancar con un negocio gratuito para los usuarios llega cuando se quiere cobrar por recibir lo mismo. “Por poco que sea, y más en España”, dice Carmen Valor. Algunas han sabido hacerlo muy bien pero, otras, han resultado insostenibles.

Falta de recursos: Montar un marketplace exige tiempo, altos conocimientos tecnológicos y numerosas implementaciones. Teniendo en cuenta que la monetización no suele ser inmediata, esto ocasiona la mortalidad de muchas iniciativas que, de haber contado con financiación suficiente, podrían haber funcionado.

Altos costes de transacción: Puede suceder que los requisitos fijados por la plataforma sean tan tediosos y complicados que al final el consumidor opte por comprar directamente en la tienda. Así mismo, cuantos más cálculos haya que añadir en la ecuación para saber el coste final del bien, más opciones de abandono tendremos.

Dificultad para hacerse hueco: Algunas de estas plataformas han conseguido crecer tanto que podría hablarse de economía monopolística. La única manera de dar entrada a otros players es buscar otras ventajas que les diferencie de las grandes. Un ejemplo que cita Carmen Valor es el de Couchsurfing que, en lugar de la casa, como en Airbnb, ofrece sólo el sofá para dormir como concepto de proximidad y sociabilidad.

Falta de conocimiento: Es otra de las carencias que observa Carmen Valor al reconocer que, al tratarse de nuevos modelos de negocio, las Escuelas y otras instituciones docentes, han tardado en aprender –o enseñar- cómo gestionar estos negocios.

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