¿Sientes que has tocado techo? Cómo automotivarte si eres emprendedor

Cuando un emprendedor entra en la espiral de la desmotivación, toda su carrera se resiente.

La frustración se ha convertido en la segunda causa de depresión laboral, sólo por debajo del estrés. Una persona desmotivada reduce su productividad en un 50%, protagoniza numerosos casos de absentismo y rotación laboral y está en el origen de no pocas tensiones en el trabajo.Pero la desmotivación va más allá: provoca emociones negativas, como frustración, enojo e insatisfacción, que derivan en problemas sociales y de salud (insomnio, ansiedad, depresión). Todo esto se traduce en un descenso del rendimiento (aburrimiento, falta de entusiasmo), que puede llegar incluso al sabotaje.

Causas diversas

Normalmente la desmotivación se produce cuando hay una descompensación entre el esfuerzo y la meta. El elemento desmotivador más fuerte es ver siempre el mismo horizonte. No se trata sólo de un factor económico. La realidad es mucho más profunda: lo que se persigue es realizar un trabajo que produzca satisfacción por el interés que puede despertar en uno mismo.

Hay tres causas principales:

■ Un trabajo sin sentido. Es imprescindible que sintamos que nuestro trabajo sirve para algo, bien porque nos permite pagar una hipoteca, realizarnos como personas o contribuir a la mejora social.

■ Sentirse incompetente. Cuando somos capaces de hacer las cosas bien nos sentimos motivados a hacerlas mejor. Y al revés: cuando algo se da mal, la frustración resultante nos empuja a la negación y a la apatía.

■ Carecer de autonomía. Es fácil estar desmotivado cuando nuestra autonomía se ve continuamente recortada. Es imprescindible poder decidir cuáles son los pasos a seguir en el desempeño de nuestra labor.

Cualquiera de estas razones puede empujarnos a ‘el círculo de la desmotivación’: “la falta de reconocimiento nos lleva a sentirnos mal con la labor realizada y a una pérdida de confianza. Como pierdo confianza, dejo de cumplir compromisos, empiezo a ser menos puntual, menos puntilloso y paso a la tercera etapa en la que aumenta mi capacidad de cometer errores. Cuantos más fallos cometo, mi capacidad de compromiso disminuye y entramos en la quinta etapa en la que peligra mi puesto en la empresa.

Etapas de la desmotivación

La motivación arranca de un estado de equilibrio (homeostasis) donde queremos estar. Cuando surge una necesidad, aparece el estrés creador que nos impulsa a satisfacer esa necesidad. La tercera fase consiste en la acción para alcanzar esa necesidad. La desmotivación arrancaría de la insatisfacción que provocaría una ruptura del comportamiento (como nos sentimos a disgusto cambiamos nuestra forma de plantearnos el trabajo). Esta ruptura del comportamiento frena la acción (ya no quiero esforzarme de la misma manera, ¿para qué molestarme si no sirve para nada?) y aparece la apatía que mata el estímulo. Llegados a este punto es imposible alcanzar el equilibrio u homeostasis y nos sentimos mal. 
En líneas generales, podría decirse que todos los procesos de desmotivación pasan por las siguientes etapas. Conviene que analices con frialdad si te encuentras en alguna de ellas:

1. Incredulidad

Una etapa muy habitual pero que tiene remedio. Se produce cuando existe una discordancia entre lo que consideramos que es nuestra labor y lo que estamos desarrollando realmente. Es una etapa como de confusión. A menudo se origina por injerencias de superiores que socavan nuestra autoridad. Un ejemplo: nuestro jefe nos ha encomendado que nos reunamos con el principal cliente de la compañía para mejorar el servicio que le podemos dar. Tras varias entrevistas, nos encontramos con que algunas de las propuestas que hemos analizado con nuestro superior en privado le han sido comunicadas al proveedor sin contar con nuestro consentimiento. Y surge la duda de si hemos entendido bien el encargo: pensábamos que íbamos a encargarnos nosotros de gestionar con el cliente los cambios y parece que simplemente vamos a colaborar con nuestro superior.

2. Rabia

De la confusión pasamos rápidamente a la indignación cuando nuestro jefe no sólo comunica nuestras propuestas al cliente sino que además introduce algunos cambios con los que no estamos de acuerdo, y sin consultarnos. Sentimos que el jefe se está metiendo en nuestro terreno y nos sentimos incapaces de corregir la situación. Nuestros sentimientos fluctúan entre la rabia y la sensación de incomprensión. También es habitual esta etapa cuando nuestros jefes rechazan reiteradamente nuestras ideas.

3. Esperanza inconsciente

En esta fase la estrategia habitual del empleado es ocultar información y pensar que se podrá triunfar a pesar de las incongruencias del superior. La calidad del trabajo y la productividad son buenas, pero empiezan a surgir problemas de comunicación. Esta etapa se define como la del deseo de volver atrás: quizás nos planteemos que estábamos mejor antes de que surgiese el conflicto o si la crisis se ha desencadenado tras un cambio de trabajo es posible que añoremos nuestro empleo anterior.

4. Depresión

El conflicto con el superior ya es abierto lo que amenaza también la relación con el cliente. Lo más habitual es adoptar una actitud pasiva, en la que desarrollará su labor sin una gran energía, con cierta desilusión, apatía y desgana. El orgullo y la satisfacción laboral están heridos de muerte.
 Es un círculo virtuoso: uno se puede quedar en las primeras etapas y mantenerse en la desmotivación, pero para crecer hacia la superación personal hay que seguir quemando las fases: es necesario expresar la rabia que siento ante una situación injusta, luego adopto la decisión de que me voy y a partir de ahí puedo plantarme y decir “no, yo lo voy a conseguir” y emplear todos los métodos para lograrlo.

5. Falta de cooperación

De nuestro vocabulario laboral han desaparecido valores tales como la iniciativa, el ímpetu, la autoridad, la autonomía. Entramos en una fase en la que buscamos redefinir el contenido de nuestro trabajo, negándonos a cooperar más allá de lo estrictamente imprescindible: frases como “eso no es de mi competencia”, “yo no me encargo de estas tareas” o “esa no es mi responsabilidad” empiezan a inundar nuestro lenguaje.

6. Fase final

El individuo opta por dos soluciones: abandonar la empresa o aceptar el trabajo como una obligación que dura ocho horas y ni un solo minuto más.

Causas de la desmotivación

Las causas más habituales que llevan al profesional a la desmotivación son la desconfianza, la falta de participación, la desinformación, un trabajo tedioso, monótono e irrelevante, la ausencia de expectativas, de promoción... El empresario, en cambio, es el ejemplo máximo de persona automotivada. Pero todo este ímpetu puede desmoronarse ante una mala racha económica o ante la llamada soledad del jefe, que conduce a la confusión y al temor. Los expertos dividen las causas de desmotivación en dos grandes grupos:

Causas externas

A menudo tendemos a identificarlas como las verdaderas razones de nuestra desmotivación y, sin embargo, son las únicas sobre las que no podemos ejercer un control directo. Se engloban causas tan dispares como:

Ausencia de promoción y agravios comparativos. Tras varios años en la organización, se contrata a alguien de fuera para asumir un puesto al que aspiramos. Esto provoca una desmotivación total, pero normalmente se suele dar el caso de que nunca se ha planteado tal posibilidad y el trabajador esperaba que la promoción saliese de la propia empresa.

● Falta de reconocimiento. Esta ausencia tiene a menudo una razón cultural. Se sobreentiende que las cosas se deben hacer bien y de ahí que no se valoren los logros y sí se critiquen los errores. Este feedback negativo es especialmente dañino cuando no va acompañado de un feedback positivo, porque la conclusión suele ser: sólo me miran lo malo; nadie reconoce lo que hago.

● Falta de contacto personal. Está vinculado a la necesidad de afecto y pertenencia al grupo. Este problema suele ser muy grave entre los altos ejecutivos y los empresarios. Está relacionado con la necesidad imperiosa de que los demás nos digan lo buenos que somos y que nos acepten.

● Cuando reiteradamente son rechazadas nuestras ideas por los superiores o cuando nuestros subordinados no atienden nuestras razones. Detrás de ambos problemas puede encontrarse un mal hábito: el de explicar algo y dar por hecho que se entiende sin verificar si efectivamente es de esta manera.


● El trabajo rutinario, tedioso. Hacer siempre lo mismo acaba volviendo monótono el trabajo más interesante.

● La incongruencia de los jefes. Las peticiones o los objetivos pueden no ser realistas y provocar desánimo en el empleado o las actitudes de los superiores no corresponder con las peticiones que nos han hecho previamente y provocar desorientación.

Causas internas

Hay emociones que se encuentran en el interior del ser humano y que son las que realmente producen desmotivación:

● La culpa. Querer dar una imagen que no acabamos de conseguir. Por ejemplo, un profesional al que han promocionado para dirigir un equipo de personas y carece totalmente de la mano izquierda requerida.


● Resentimiento. El rencor, la rabia ante las críticas o ante la falta de halagos o valoraciones.


● El miedo a asumir responsabilidades que no se verbalizan por temor a que no se nos considere válidos. Tiene mucho que ver con la llamada soledad del jefe: cuando tienen dudas no saben realmente a quién recurrir y les cuesta salir de esa espiral de pérdida de confianza y autoestima.


● La queja. Nos hace repetir expresiones como “qué asco”, “debería de haber...”, “las cosas deberían ser de otra manera”. Esto acaba creando una indefensión sistemática ante las crisis.


● El sentimiento de obligación al que aludíamos antes al hablar de las etapas de desmotivación. Se relaciona con el aburrimiento, la monotonía, la rutina, etcétera.

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