¡Domar al jefe! Técnicas para que tus superiores no te hagan la vida imposible

Como sabes, hay jefes buenos, regulares, malos y peores... La mala noticia es que no puedes elegirlos. La buena es que puedes aprender a manejarlos.

Según un estudio lo que más detestan los españoles de sus directivos es la falta de respeto (en un 49,33%), la prepotencia (en un 37,47%), el no escuchar (30,32%) y la incompetencia (28,98%). Tener un mal jefe puede arruinarte la vida profesional, pero a menudo conseguir que pase por el aro es mucho más fácil de lo que imaginas.

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Para empezar, ten siempre presente que él es quien manda y así debe aparecer siempre de puertas para afuera, aunque en tu interior sepas que esa decisión que está adoptando la has inspirado tú. Si te pierde la soberbia de proclamar tu papel en las decisiones de tu superior o el afán de realizar cambios radicales muy deprisa puedes dar al traste con un proceso que es largo, pero, bien hecho, muy fructífero.

Cambia de actitud

El primer cambio radical es el que afecta a nuestra propia forma de entender la relación con nuestros superiores: es necesario realizar un autoexamen para comprender cómo vemos a nuestro jefe, cómo es, qué nos preocupa de él y si es posible modificar la relación. Todos los expertos coinciden en señalar que, antes de intentar la doma de nuestro superior, es fundamental identificar sus principales defectos para saber si merece la pena: si tu jefe es un robamedallas, poco comunicativo, dictatorial, déspota y mala persona, lo mejor es que abandones y destines las energías que dedicarías a tratar de acercarte a él a buscar otro trabajo. Pero si tu trabajo te gusta, la empresa también y crees que, con sus defectillos, tu jefe merece la pena, ponte manos a la obra.


Gestiona a tu jefe. Tan importante como gestionar a tus colaboradores es gestionar a tu jefe: No se puede tener liderazgo hacia abajo si no tienes capacidad de liderar hacia arriba, porque entonces careces de credibilidad. Un gestor tiene tres exigencias: las de su jefe, las de sus clientes y las de sus colaboradores y debe aprender a encontrar el equilibrio entre las tres. Ha de asumir que le pagan tanto por poner las ideas del jefe en las cabezas de los colaboradores como por poner las ideas de los colaboradores y las suyas propias en la cabeza del jefe.

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Es decir, adopta con tu jefe las mismas técnicas de gestión que con tus colaboradores, aprende a decirle que no y a establecer con él una relación de colaboración y no exclusivamente de subordinación, porque son pocos los directivos que valoran la sumisión incondicional.

Ponte en su lugar. Para la mayoría de los expertos consultados, el gran problema de la relación jefe-colaborador es que este último rara vez empatiza con el primero. Cuando queremos domar al jefe, queremos que tenga en cuenta nuestra opinión y, para ello, lo mejor es ponerse en su lugar, saber qué busca, qué le motiva y qué necesita. De esta manera es más fácil plantear los argumentos desde el punto de vista de la estrategia del win to win.

También son humanos

Es importante valorar y reconocer los sentimientos de tu superior cuando te está pidiendo un trabajo, a menudo sólo percibimos hostilidad, cuando se trata tan solo de distracción, el error en la interpretación de las emociones del jefe está detrás de muchos conflictos interpersonales. Y para conocer al jefe es imprescindible también reconocer lo que sentimos hacia él hay que desarrollar una autoconciencia emocional, es decir saber qué sientes, por qué lo sientes y en qué medida afecta a vuestra relación. No lo limites a ‘son cosas del trabajo’, porque entonces no pones los mecanismos necesarios en marcha.

Piérdele el miedo. Lo que más miedo nos da es el poder, porque es lo que realmente puede hacernos daño, pero el peor miedo es el ambiguo, el que nosotros nos creamos en la cabeza basado muchas veces en suposiciones.Es bueno conocer esos miedos para utilizarlos en beneficio propio: si es un jefe preocupado por los aspectos humanos, conviene darle ese calor que está buscando. Si a lo que tiene miedo nuestro superior es a perder poder, utiliza la inteligencia emocional compartiendo con él tus logros y manteniéndole informado de los avances que realices.
 En cualquier caso, piensa siempre que es una persona como otra cualquiera y trátale con normalidad, los jefes lo agradecen y pueden llegar a mirarte como un igual.

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Véndete a ti mismo. Es importante que sutilmente hagas algo de automarketing: déjate ver de vez en cuando, porque a la larga todo el mundo sabe quién es el que saca los marrones, cuida las relaciones con el resto de la compañía, asiste a determinados foros, participa en cursos...

A cada jefe lo que necesita

Si la primera herramienta para desarrollar el liderazgo es conocerse a uno mismo, el requisito imprescindible para gestionar o liderar hacia arriba, es conocer a tu jefe. Hay tantos tipos de jefes como personalidades, pero pueden agruparse en cuatro, es lo que llamamos la teoría DISC: el dominante, el influyente, el seguro y el cumplidor. Pueden darse en estado puro o mezclados, lo importante es identificarlos para acertar en una negociación.

El dominante: Es el jefe exigente, directo, que se orienta a los resultados, siempre busca conseguir algo y le gustan los cambios. En este caso, hay que expresar las cosas claras, directo al grano, sin divagaciones, ofreciendo datos y argumentos sólidos y apelando a los logros que se van a conseguir.

El influyente: Es el jefe simpático, extrovertido, muy apegado a los aspectos sociales, le gusta hablar de muchos temas y hacerse notar, siempre va impecablemente vestido y arreglado, está en forma y a la última, un flower power, sería el típico vendemotos pero que en el fondo es un egocéntrico tremendo. Los argumentos para manejarlo pasan por apelar siempre al logro social que se puede derivar de lo que proponemos: pocos datos, poca información sobre el proceso y mucha sobre los resultados que se obtendrán. Un consejo: pregúntale sobre su tiempo libre, sus aficiones, sus amistades, le encantará hablar.

El seguro o estable: Es el jefe tradicional, rutinario, al que no le gustan los cambios, reservado, en general tiene buenas intenciones, pero no le gusta intimar. Es un poco el maestro de escuela, el paternalista. En este caso, conviene darle la información muy detallada, explicando muy bien el proceso, ofreciendo todo tipo de garantías y referencias, evitando hacer cambios bruscos y aportando seguridad y estabilidad a todo lo que proponemos.

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El cumplidor de normas: Es el detallista, el analítico, el lógico, al que siempre le faltan datos y al que le encanta comunicarse por escrito. Hay que darle muchos datos, seguir siempre los procedimientos establecidos y mantenerle informado absolutamente de todos los pasos que damos y, preferiblemente, por escrito. La vida personal, por supuesto, se queda a la puerta de la oficina.

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