Manual para identificar (y sobrevivir) a jefes y empleados incompetentes

Rara vez se les ve venir. Suelen ser simpáticos, consiguen que sintamos pena de ellos y que, al final, asumamos su trabajo y sus responsabilidades.

Si ya lo dice el refrán: “Señor, líbrame de los tontos que de los listos ya me cuido yo”. Y es que la sabiduría popular esconde verdades como puños. Porque, no nos engañemos, ¿quién no se ha topado alguna vez con ese incompetente que, no sólo sobrevive a todos los vaivenes de la organización, sino que, incluso, ante nuestro asombro, es promocionado por encima de empleados de mayor valía? ¿Qué estrategias emplean para retener sus puestos de trabajo? Y, sobre todo, ¿qué estrategias podemos utilizar nosotros para defendernos de ellos?

Hay cuatro estrategias básicas:


Son espectadores. Siempre se mantienen al margen, no se involucran en nada y nunca son responsables de ningún desastre. Eso les permite mantenerse a flote en cualquier circunstancia.


Dejan pasar el tiempo. Intentan siempre que sea el tiempo el que resuelva todos sus problemas. Por eso, una de sus máximas es intentar que éste eche un tupido velo sobre los temas, aunque sean candentes.

Se rodean de inútiles. Si se trata de un jefe incompetente, busca inútiles bajo su cargo que no le hagan sombra. Si son empleados, hacen piña con otros que sean como ellos para hacerse fuertes.

Buscan la benevolencia del jefe. Suplen sus carencias con una actitud servil con sus superiores, recurriendo incluso a favores fuera de la oficina. Además de inútiles, entrarían en la definición de trepas. Por eso es por lo que muchas veces tenemos la sensación de que se promociona al inútil, cuando en realidad lo que se está reconociendo es su labor de peloteo.

A estas cuatro tácticas de supervivencia, les podemos añadir otras dos:

Estrategas del disimulo. No saben hacer su tarea pero han desarrollado unas habilidades para disfrazar ese desconocimiento y que no se note. La necesidad agudiza su astucia, pero no la inteligencia.

Actúan como vampiros. Consiguen trasladar la responsabilidad y la carga de las tareas a los demás, y que éstos las asuman como propias para poder entregar en plazos, para hacerlo correctamente, etc

El colmo de la incompetencia

Lawrence J. Peter, en su archifamoso libro El principio de Peter, sostenía: “Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones ... y el trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia”.

Sin dejarnos abatir por argumentos tan fatalistas, los expertos consultados recomiendan para enfrentarnos a ellos:

Dialogar. Es cierto que en algunas tipologías de ineficaces, puede tratarse de individuos con los que hablar sirva de muy poco, porque no están dispuestos a reconocer lo que se les dice, son impermeables a las críticas. Sin embargo, en otros casos, una conversación puede resultar de lo más esclarecedora porque a menudo no son conscientes de que el problema radica exclusivamente en ellos, porque los tiempos han cambiado y no han sabido adaptarse, porque están asumiendo competencias para las que no están preparados o porque, simplemente, están atravesando un mal momento.

No colaborar. Se trata de no reforzar el vampirismo de los ineficaces. Hay que ser fuertes y, aunque nos den lástima, no asumir como propias responsabilidades ni tareas de los ineficaces. Es como el niño pequeño que coge una perreta y consigue lo que quiere. Si el inútil, con su actitud, obtiene la meta buscada, siempre va a recurrir a la estrategia que tan bien le ha ido.

Personaliza. Antes de emprender una cruzada contra él conviene saber a qué razón responde su ineficacia. Si es ineficaz porque no sabe, ofrécele formación. Si es ineficaz porque no puede, búscale un hueco donde pueda desarrollar mejor sus habilidades. Si es ineficaz porque no quiere, hay que ser capaces de analizar si el error está en nuestra organización y, en función de ello, poner remedio.

Darle protagonismo. Si tienes un incompetente en tu organización, trata de darle protagonismo en una determinada área para que se sienta importante. A menudo, detrás de esa actitud de ineficiencia se esconde un resentimiento o una desmotivación que es necesario atajar antes de que el individuo pase a la categoría de cínico y empiece a enrarecer el ambiente. Si consigues involucrarle en algunos procesos en los que una mala gestión no tenga consecuencias excesivamente negativas, puedes descubrirle una faceta desconocida incluso para él.

Ignórale. Esta estaría justo en el extremo contrario. Se trataría de hacer justo lo opuesto de lo que proponemos en el paso anterior: vaciar su puesto de contenido, bien porque desplazamos a los empleados a otro departamento, bien porque creamos un nuevo puesto con unas funciones meramente representativas.

El empresario con incompetentes a su cargo

Algunas estrategias efectivas que puede seguir el empresario son:

Patada hacia arriba. Técnica que consiste en desplazar al incompetente hacia un puesto de nula responsabilidad ejecutiva. Se consigue con ello evitar que su actitud pueda provocar errores de fatales consecuencias. Es
 el principio de Dilbert: las compañías tienden a situar en los puestos más altos a sus directivos más incompetentes para minimizar el daño que pueden hacer. Otros expertos piensan que esto es desplazar el problema.

Profesionaliza los altos cargos. Cuando se trata de una empresa familiar, una situación frecuente es admitir parientes de cuya valía dudamos pero cuya aceptación vemos forzada por condicionamientos personales. En este caso, una buena estrategia es la profesionalización: Lo ideal es establecer unos protocolos que impidan la entrada en altos puestos a quien no esté preparado.

Auditores externos. A menudo resulta violento expresarle a ese viejo colaborador que no es válido para la nueva estrategia. En ese caso lo mejor es recurrir a profesionales externos, como auditores, que puedan dar una visión más imparcial del problema. Y si tienes que plantear finalmente el problema, trata de hacerlo a través de amigos del afectado, para suavizar el impacto.

El jefe con empleados incompetentes

Si es intencionado y no podemos prescindir de él porque es un enchufado de nuestro superior o porque resultaría muy caro despedirle, sería bueno, buscar su alianza para que aporte valor. Habla con él y muéstrate dialogante. 
Si no consigues sacar provecho de él, destínalo a tareas que no perjudiquen a la marcha de la empresa. Pero no olvides algo: Los jefes inútiles son aquellos que no saben sacar lo mejor de su gente.


El ultimátum. Siempre después de haber descartado que en su actitud haya componentes característicos de una organización laboral deficiente: carga excesiva de trabajo, salarios insuficientes... Todo ello conduce a un desánimo generalizado. La técnica de positivo-negativo-positivo. Arthur H. Bell y Dayle M. Smith, en Aprenda a tratar con personas difíciles, proponían afrontar la cuestión directamente: “Me gustaría empezar por las áreas en las que has progresado, después comentar los aspectos más problemáticos y por último establecer algunas alternativas”.

Es el proceso completo: Primero hay que hablar claro para conseguir unfeedbackcon el afectado. Luego, darle la oportunidad de que cambie. Proponle un plan de acción con fecha de caducidad. Y si, llegados a este punto, persiste en su actitud, hay que recurrir al conocido cementerio de elefantes.

Reubícale. Retomando la opción inicial del diálogo, nunca está de más tratar de averiguar por qué esa persona no cumple los objetivos previstos y buscar dónde puede encajar mejor. A todas las personas nos gustan las responsabilidades, así que a lo mejor se trata de encontrar ese sitio perfecto para tu trabajador porque, como reconocen los expertos, en España rara vez se trabaja en lo que nos gusta o en lo que nos hemos preparado sino en lo
 que nos toca hacer. A menudo, si cambiamos de posición, podemos encontrar aquella que mejor encaje con las cualidades de nuestro trabajador.

Cuando tu jefe es incompetente

Aquí, por desgracia hay una premisa básica y es que normalmente el jefe inútil tiende a rodearse de subordinados inútiles que no le hagan sombra. Y es que, la gente se marcha de sus jefes no de sus compañías. Algunas estrategias:

Intenta ganarte a 
tu jefe. Hazle ver que no eres una amenaza para él. Realiza tu labor y, siempre que puedas, involucra a terceras personas bien por medio de la fórmula
 de enviar correos con copia bien pidiendo consejo “inocente” a otros jefes, de manera que quede claro quién está haciendo el trabajo.

Supervivencia. Si
 nada de lo anterior es suficiente lo único 
que te queda es recurrir a lo que se denomina “efecto funcionario”: limitarse a sobrevivir 
en espera de que lleguen tiempos mejores en los que pueda producirse un relevo.

Puentea a tu jefe. Esta fórmula sólo es válida en casos desesperados, porque es una estrategia difícil y peligrosa que normalmente no está bien vista dentro de las organizaciones, pero es cierto que, si es la única baza que nos queda, no 
pasa nada por intentarla antes de renunciar a nuestro puesto.

Cuando tu compañero es un incompetente

En el nivel horizontal, los incompetentes más habituales son el autómata, el que no da más de sí y el enchufado y, para nuestra desgracia, a menudo asistimos aterrados a la promoción del primero y del último. ¿Por qué? El secreto no radica tanto en la estrategia del empleado como en la naturaleza del jefe: el autómata progresa con un jefe que, ya ha llegado a su máximo grado de incompetencia y que no está orientado al resultado sino al trámite. El enchufado triunfa porque no tiene más méritos que ser amigo del jefe, que también es incompetente y que, como hemos visto, prefiere rodearse de una camarilla como 
él antes que enfrentarse a un súpercompetente. ¿Cuáles son las estrategias en este caso?

No colaborar. Por más pena que nos den, en este caso sería frente al tipo del que no da más de sí, no podemos cometer el error de caer en su trampa de víctima porque entonces entramos en una ruleta continua. Niégate con suavidad pero con firmeza y busca excusas para no hacer su trabajo. La culpa al final es del que hace el trabajo del otro.

Divide las tareas. Si estás obligado a trabajar en equipo, defiéndete del inútil, tanto porque no sabe como porque no puede o porque no quiere, dividiendo la tarea en dos partes bien definidas, de manera que de alguna forma le otorgues responsabilidades sobre su parte y que no interfiera en tu trabajo. Además, proponle dejarlo claro en el informe o ante tu jefe para que cualquier retraso en su tarea no repercuta en tu propia valoración.

Acércate a él. Trata de conocerlo y de empatizar con él. La gente trabaja más y mejor por cariño que por imposición, si consigues atraer a tu causa al ineficaz es más fácil que termine realizando su trabajo en lugar de escaquearse.

Blindaje emocional. Evitar al máximo la relación, evitar los compromisos y los marrones, no implicarse, no ser amable no hacerse cargo de la situación del otro y nunca recomendarle.

¿Conoces a estos ineptos?

La tipología de inútiles en la empresa es realmente amplia y variada:

El cínico. Es el inútil porque no puede y no quiere, pero además está tan quemado y tan desmotivado que le encanta crear malestar en la organización. Tiende a hacer política de pasillos porque, por un lado, está ocioso y, por otro, se siente mejor cuando comparte sus penas con otros.

El que no da más de sí. Este sería el inútil aptitudinal, el que no está preparado para desarrollar competentemente su labor, bien porque ha seguido el principio de Peter, de ascender hasta donde se encuentra su grado máximo de incompetencia, bien porque ha habido un proceso erróneo de selección y se ha escogido para un cargo a alguien que no estaba preparado. Este caso puede tener fácil solución, bien reubicándole en un puesto más acorde bien dotándole de las herramientas y la formación necesarias para desarrollar su labor.

El enchufado. El amiguismo en España sigue estando muy vigente, hasta el punto de que no es raro encontrar incompetentes cuyo principal mérito es ser el pago de un favor que le han hecho al jefe. A menudo reúne las dos características anteriores: no tiene aptitudes pero, además, no tiene actitud.

El heredero. Es ese trabajador que en algún momento de la empresa ha realizado un importante papel y ahora se limita a sobrevivir, el tiempo ha corrido más rápido que él y no ha sabido adaptarse a las nuevas circunstancias. Aquí, al igual que en el segundo caso, podemos reciclarlo dándole la formación que le falta o tratar de hablar con él para que acepte un puesto más acorde.

El niño de papá. Este sería el heredero de la empresa familiar. En algunos casos los empresarios originarios les organizan un plan de carrera que incluye el pasar por los diferentes puestos de la compañía para que vaya haciéndose poco a poco con la responsabilidad. Pero, cuando se les coloca directamente en los altos puestos nos topamos a menudo con inútiles por ignorancia. En este caso, lo que interesa es darles formación y, si eres subordinado, convertirte en imprescindible para él para tomar decisiones.

El autómata. Es perfecto en cumplir con todos los trámites, como resume Peter. Triunfan porque habitualmente están a las órdenes de jefes que adoran precisamente esa diligencia en rellenar los formularios, en ordenar los archivos, en cumplir con las prescripciones de la empresa. Son tremendamente legalistas y presumen de que no les pagan para pensar. El problema es que hay muchos jefes a los que les gustan.

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