Agua…día cero

Algunos siempre ven el vaso medio lleno. Otros casi siempre ven el vaso medio vacío. Pero quizá el problema es que demasiados ni siquiera ven el vaso.

No diré nada que ustedes no sepan ya, pues entre otras obviedades, más de una cuarta parte de los habitantes del planeta, viven al límite de sus recursos hídricos. Seremos en breve más de 8.000 millones de personas en este mundo, el nuestro, donde el consumo no para de crecer y la oferta es cada vez más difícil de planificar y, sobre todo, de prever. Zonas, veremos, si geoestratégicas o no, pues el tiempo siempre acaba poniendo cierto orden, donde reside el 30% de la población del planeta y donde la agricultura de regadío en particular, la industria en general y la irracionalidad ciudadana en demasía, consumen el 80% del agua dulce disponible cada año. Zonas que se acercan, si no lo remedíamos, a lo que se conoce como «Día Cero», ese alarmante día en que los grifos se secarán. Hoy, sin aún llegar a ese maldito día, más de 500 millones de personas viven sin acceso al agua y donde las enfermedades derivadas de su carencia son la tercera causa de mortalidad en los menores de cinco años, como nos recordaba no hace mucho Susanna Oliver.

Pero no nos vayamos tan lejos. Aquí, algunas zonas del sur y el este de España por ejemplo están ya en situación de riesgo. Es prioritario pues dar al agua la importancia que debe de tener e incluirla en la agenda de todo aquel que tenga capacidad de decisión e influencia. Nuestra geografía hace que existan destacadas diferencias entre las zonas más meridionales, con graves situaciones de déficit, y las zonas del norte que ya empiezan a ver las consecuencias en el medio plazo de su escasez.

¿Actuamos?

Invertir en agua es rentable, y si no que se lo digan algún que otro head fund creciendo a doble dígito. Invertir en agua es asegurar nuestro futuro y el de todos los nuestros. Es así de simple y de obvio. Por ello debe de ser estratégico para el país concienciarnos, responsabilizarnos y actuar de manera conjunta y coordinada en relación con los recursos hídricos. Y todo ello basado en una hipótesis esencial: sin agua no hay economía; sin economía no habrá progreso y, sin este, las tensiones a nivel macro y microeconómico irán in crescendo con las repercusiones directas que esto tendría a nivel social. Otra obviedad incuestionable.

Por ello es necesario, como les digo, institucionalizar la cultura e información que tenemos sobre este recurso tan preciado, a la vez que es vital contar con un marco competencial coherente alejado de la ortodoxia actual y donde la (in)competencia entre lo público y privado deje paso a la coherencia y la visión largo placista.

Coherencia esta que debe de empezar dejando paso a unos tecnólogos, científicos y emprendedores que asuman su liderazgo y empiecen poniendo “los puntos sobre las íes”, de la misma forma que se han puesto al frente de la lucha contra el maldito virus que nos ha asolado en los últimos 15 meses. Es el momento, como les digo, de que la mediocridad y el egoísmo dejen paso a la meritocracia y que estos agentes sean vistos como aliados y no como “soñadores”. De esta manera quizás, logremos apuntalar el gran riesgo, y a la vez reto, al que nos vamos a enfrentar todos en breve. Y cuando digo todos, me estoy refiriendo al conjunto de la humanidad. Empresas y Start-ups como Ikostech; Detektia; Bioagro, Activh2o, Sench Solutions o Analytics entre otras están dando muestra de nuestro talento y potencial en el ámbito tecnológico.

Las líneas de actuación sobre las que hay que trabajar también son obvias: abastecimiento; saneamiento y depuración y donde la tecnología e innovación deben de servir para mejorar la eficiencia y la gestión de un recurso cada vez más escaso y limitado. De manera más concreta, se puede avanzar en la mejora de las infraestructuras de almacenamiento y distribución para evitar las pérdidas sin sentido; en optimizar y, por qué no, racionalizar el consumo humano, de la industria y de los cultivos fomentando la digitalización de sectores estratégicos como el que debe de representar nuestra industria agroalimentaria; en incorporar fuentes no convencionales de suministro como la desalación, o en facilitar el uso e integración de las energías limpias en todo el ciclo del agua y donde la energía y sus implicaciones juegan un papel más que relevante. Y finalmente y no por ello menos importante, es necesario fomentar la tan necesaria gobernanta basada en los principios de honestidad, transparencia y equidad huyendo de criterios históricos y connotaciones políticas y centrándonos en la utilidad social, ambiental y económica.

En definitiva, es nuestra obligación, es nuestra responsabilidad, actuar con urgencia. Hoy, a las puertas de la mal llamada cuarta revolución industrial y donde los datos, los algoritmos, la inteligencia artificial e incluso lo “bio” lo fagocitan todo, quizás sería el momento oportuno de hacernos las preguntas correctas ya que, muchas veces, en ellas tenemos las propias respuestas. ¿Tiene sentido hablar de cuarta o quinta revolución industrial cuando nos acercamos a que más de la mitad de la población mundial no tenga acceso a este bien tan preciado, a ese «oro azul» en el corto/medio plazo?

Hace tiempo que aprendí que las buenas preguntas unen y enamoran y las malas contestaciones dividen. Por ello desde Cajamar y desde Cajamar Innova, conscientes de esta realidad, seguimos insistiendo en que lo más generoso, y lo más preciado a la vez, es seguir compartiendo el conocimiento y fomentando la innovación. También en este preciado bien que es el agua, pues se trata más bien de una cuestión técnica y de gestión que de escasez absoluta. No se trata de un ejercicio de responsabilidad medioambiental, que también, sino de un ejercicio de responsabilidad ética… ¿Actuamos?