Trucos para no quemarte en el trabajo

Los errores de dirección y la falta de expectativas profesionales son las causas más frecuentes de las que pueden provocar el ‘síndrome del quemado’. Pequeños trucos como hablar con los superiores o marcarse objetivos parciales ayudan a reducir sus efectos.

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AUTOMOTÍVATE.

Aunque muchos de los factores que provocan el síndrome de burnot no dependan de ti, algunos cambios te podrán ayudar a recuperar la motivación.

- Utiliza los canales de comunicación. Las entrevistas con el departamento de recursos humanos, el correo interno, los sistemas de sugerencias, etc., que existan en tu empresa te pueden servir para informar a tus superiores de tus preocupaciones. Si no existen estos canales formales de comunicación, se puede recurrir a los informales, por ejemplo, hablar con personas de confianza que tengan influencia. A veces, la falta de expectativas laborales se debe a que no damos a conocer a las personas adecuadas nuestras necesidades.

- Promociónate. Si consideras que no se te valora lo suficiente, pregunta a tus superiores cuáles son las causas de que no se reconozca tu trabajo. Intenta averiguar si otras personas han pasado por la misma situación y pregúntales cómo lo
 solucionaron.

- Aprende a delegar. Muchas personas van asumiendo responsabilidades y llegan a creer que son los únicos que saben hacer determinadas tareas, por lo que no se atreven a delegarlas en otros. El resultado es que acaban sobrecargados de trabajo y se sienten responsables de los errores que cometen sus compañeros.


DELIMITA LAS FUNCIONES.

Pide que se organicen reuniones periódicas en las que todos puedan dar su opinión sobre su propio trabajo, hablar de las tareas que corresponden a cada uno y de las que cada uno va asumiendo sin que nadie se lo haya pedido. De esta forma, es más fácil clarificar de qué ámbito es responsable cada persona y cuántas tareas más puede asumir sin llegar a quemarse.

Cambia de tareas. Cuando es el propio trabajo el que nos quema, debemos comunicarlo a nuestro jefe directo, explicando que necesitamos un cambio para volver a motivarnos. De este modo, se puede intentar cambiar las tareas menos gratas para unos y dárselas a quienes no tengan inconveniente en hacerlas, o bien distribuirlas equitativamente.

Devuelve la pelota. Si todo el mundo acostumbra a sobrecargarte de tareas, aprende a devolvérselas. Hazlo sin enfadarte y explicando que no te importa hacerlo, pero que la falta de tiempo te impide asumir esa nueva responsabilidad.

Si las tareas te vienen de arriba, pide a tu jefe más inmediato que te ayude a dar prioridad a unas, muéstrale todo el trabajo que te queda por hacer y el tiempo que necesitas para realizarlo. Si no puede quitarte responsabilidad, intenta conseguir más tiempo para poder hacer el mencionado trabajo.

 

CONTROLA TUS EMOCIONES

No te enfades cuando creas que se está cometiendo una injusticia contigo. Esta actitud te puede impedir buscar soluciones concretas. Intenta exponer tus quejas con explicaciones basadas en hechos concretos y proponiendo soluciones. Es importante que, cuando expongas un problema, demuestres que no te afecta únicamente a ti, sino a todo el equipo.

- Busca ayuda. Algunas personas se queman cuando se les exige asumir tareas para las que no están preparadas. Para evitarlo, se puede pedir un curso de formación o buscar ayuda de un compañero más experimentado. También conviene negociar con los superiores cuando exigen asumir nuevos retos, por ejemplo, utilizando frases como 'ya sabes que no me asustan las responsabilidades, pero voy a necesitar un poco de ayuda en mis tareas actuales'.

Clasifica tus tareasA veces, la presión del trabajo se debe a que nos ponemos demasiadas metas sin reparar en si son absolutamente necesarias. Para que esto no ocurra, intenta anotar en un papel las tareas que debes realizar cada día. Después, analiza cada una planteándote preguntas como: ‘¿qué beneficio tiene esta tarea?’, ‘¿qué ocurriría si no la hago?’ o ‘¿puedo hacerla más tarde?’.

 

MÁRCATE OBJETIVOS PARCIALES

En una empresa con objetivos poco claros, o que chocan entre sí, es más fácil que los empleados acaben quemados. Intenta averiguar los de tu compañía y, si encuentras algunos contradictorios, pregunta a tus superiores cuáles tienen prioridad. Hacerlo evitará que asumas responsabilidades que después no vas a poder desarrollar por falta de tiempo o porque no están bien definidas.

Si tus colaboradores son de ese tipo de personas que continuamente frenan las nuevas propuestas con frases como ‘eso nunca lo hemos hecho así’, ‘aquí no va a funcionar’ o ‘los superiores no lo van a permitir’, intenta buscar siempre apoyo en otros compañeros antes de proponer un cambio y explica de forma contundente las ventajas que esto puede tener y los problemas que se pueden evitar.

 

FASES DEL SÍNDROME DEL QUEMADO

El síndrome del quemado tiene las siguientes fases:

- Entusiasmo. El trabajo resulta estimulante, existe un alto grado de identificación con todas las personas del equipo y se asumen las tareas difíciles con agrado. No nos importa alargar la jornada laboral porque nos gusta nuestro trabajo y nos ponemos objetivos más altos.

Estancamiento. Surge la sensación de que los resultados no son los que esperábamos, y las expectativas poco realistas son un lastre.

Frustración. El trabajo empieza a carecer de sentido. Surgen dudas sobre si nos habremos equivocado de profesión o si estamos preparados para hacer bien nuestro trabajo. Cualquier cosa provoca conflictos con los compañeros.

Apatía. La falta de motivación hace que nos sintamos resignados con todo lo que funciona mal y que no tengamos ilusión por cambiar las cosas. El resultado es que baja nuestra productividad y nos sentimos colapsados física y emocionalmente.

 

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