¿Qué pongo en mi empresa: un mentor, un coach o un facilitador?

Entiende David Criado, fundador de Vorpalina, que lo mejor sería olvidarse de oficialismos y de la guerra conceptual y englobarlos a todos bajo la etiqueta de agentes del cambio. Sin embargo, él mismo explica cuáles son, a su entender, las principales diferencias entre un mentor, un coach y un facilitador.

Publicidad - Sigue leyendo debajo
El mentor

En principio un mentor sería una persona experta en un área determinada que se pretende mejorar. Se le presupone, pues, mayor conocimiento o experiencia pero que, en opinión de David Criado, no debe asociarse a mayor edad. “Una persona joven con conocimientos en tecnología podría ejercer perfectamente de mentor con un 'senior' que se ha perdido en este terreno”, dice. El trato con la persona mentorizada suele ser personal más que grupal y aconseja basándose en su propia experiencia y conocimientos sobre los pasos a seguir para obtener los resultados que se proponen. La relación entre las partes acostumbra a ser estrecha y a largo plazo porque el papel que desempeña puede ser determinante para el futuro profesional del mentorizado, de hecho, una de las acepciones del término recogidas por la Real Academia de la Lengua (RAE) es la del mentor como maestro o padrino. Como habilidades se le presuponen ser una persona motivadora, resolutiva y constructor de confianza, pero nada de ello funciona, según Criado, si el mentor es impuesto por la organización o alguien de fuera. A su entender, la decisión de la persona que ejerza de mentor debería ser de libre elección por parte del interesado “porque es fundamental sentir a esa persona como referente para poder ejercer influencia”.


Su intervención en la empresa parece justificada cuando se quiere mejorar a una determinada persona dentro de la organización en la persecución de la excelencia o empoderar a alguien del equipo.

Publicidad - Sigue leyendo debajo
Publicidad - Sigue leyendo debajo
El coach

Aquí la relación ya no es tan estrecha. Aplicable, preferentemente, sobre personas individuales que sobre grupos, según Criado, pueden, no obstante, combinarse las sesiones en ambas formas. La misión del coach no es tanto empatizar con el cliente o demandante del servicio, como la de ayudarle a darse cuenta de los errores que comete o a establecer objetivos a través de preguntas inteligentes para, después, diseñar un plan de acción donde el coach desempeñará funciones de acompañamiento. “No hace falta ser un experto en la materia, sino saber formular preguntas potentes”. Es lo que en el mundo de los coach se conoce como la mayéutica, el método que aplicaba Sócrates hace más de 2.500 años, a través del cual el maestro ayudaba al alumno a descubrir conocimientos a través de preguntas.


La RAE acota el significado del término que aceptó hace pocos años relacionándolo con la figura del entrenador y definiéndolo como aquella “persona que asesora a otra para impulsar su desarrollo profesional y personal”. Se queda así al margen disputas academicistas que sí se producen dentro del colectivo de profesionales practicantes.


En cuanto a cuándo puede resultar interesante a una empresa contratar los servicios de un coach ejecutivo, muchos recurren a él para acompañar a un directivo en su papel de liderazgo o para cohesionar equipos de trabajo. Un nuevo nombramiento, cualquier proceso de cambio empresarial, la aparición de conflictos en el equipo o estancamiento serían, en opinión de Carlos Gil Escartín, de Ingeniero del cambio , buen momento para reclamar los servicios de estos profesionales.

Publicidad - Sigue leyendo debajo
Publicidad - Sigue leyendo debajo
El facilitador

Tampoco aquí la RAE arroja mucha luz. Define al facilitador como la persona “que se desempeña como instructor u orientador en una actividad” relacionándolos, también, con el papel de profesor o maestro. David Criado restringe su intervención a los grupos valiéndose de técnicas y herramientas de coaching, mentorización y consultoría. Los objetivos aquí no son personales, sino comunes y se exige también un distanciamiento del profesional con la causa, aunque sí debería tener práctica suficiente en dinámica de grupos y conocer los temas que trata. Puede haber tantos facilitadores como áreas de actividades que se desarrollen dentro de los grupos de manera que, si lo que se quiere es, por ejemplo, mejorar la comunicación de la compañía, podría organizarse un taller en este sentido. Pero también serían de gran utilidad éstos facilitadores que David Criado cataloga dentro de las “profesiones emergentes”, en casos de cambio de cultura o estrategia empresarial.

Decir, no obstante, que otros profesionales, como Carlos Gil, no ven clara la diferencia entre un coach y un facilitador.  “Ninguno de los tres son incompatibles, al contrario, sus trabajos se complementan dentro de una empresa. Habría que reunir a todos bajo la gran etiqueta de agentes de cambio”, zanja el asunto David Criado.


Publicidad - Sigue leyendo debajo
Publicidad - Sigue leyendo debajo
Más de Gestión