La peluquería más antigua de Madrid: de aplicar sanguijuelas a acabar con el bigote de Vicente del Bosque

En sus más de 140 años de historia, la Peluquería Moderna ha tenido ocasión de ligar su nombre a grandes personajes de la historia, desde García Lorca hasta Vicente del Bosque quien abandonó su legendario bigote de 45 años en este establecimiento.

Peluquería Moderna

Peluquería Moderna se disputa el título de ser la más antigua de Madrid con El Kinze, en la calle Cuchilleros desde 1900. Alfonso de Brito Ramírez, actual propietario y gestor de Peluquería Moderna, no entra en debates, sencillamente nos remite a los archivos disponibles en la Villa de Madrid donde consta que su bisabuelo, Joaquín María de Brito, obtuvo en 1881 la licencia para establecerse con un negocio como sacamuelas, barbero y sanguijuelero.

Esta ‘casa de barbero’ se emplazó inicialmente en el número 51 de la calle Jorge Juan. Allí permaneció hasta que unas fiebres tifoideas segaron la vida de la esposa de Joaquín María de Brito obligando a la familia a instalarse en un nuevo domicilio huyendo de la enfermedad infecciosa. Trasladan entonces el negocio al número 121 de la calle Alcalá en el año 1909, donde aún permanece.

Con más de 140 años de historia, normal que se acumulen las anécdotas en torno a esta peluquería de caballeros por cuyos sillones han pasado figuras como Lerroux, presidente republicano primero, y simpatizante franquista, después, el filósofo Ortega y Gasset, el escritor García Lorca y toda la estirpe de los Bienvenida, motivo por el que durante un tiempo se conoció como la peluquería de los toreros, debido a la tertulia que organizaban en torno a este tema.

Ya en tiempos más actuales, se convirtió en la peluquería elegida por Bimba Bosé cuando quería hacerse un corte de estilo masculino, o Vicente del Bosque, el ex seleccionador nacional de fútbol que entró una tarde luciendo su emblemático bigote de más de 45 años y salió sin él. En realidad, aquello fue una imposición de un anuncio publicitario patrocinado por Pescanova empeñados en demostrar que, para bigotes, los de sus langostinos.

“Nos han pedido muchas veces permiso para rodar anuncios y películas en la peluquería, pero son cosas que llevan tiempo y yo me dedico a lo que me dedico”, dice de Brito Ramírez. Y a lo que se dedica sobre todo ahora, más que a practicar afeitados y cortes de pelo, es a llevar la gestión de los tres establecimientos que tienen: un segundo en la calle Ortega y Gasset y un tercero en Las Rozas, este último también con parte para mujeres, más inclinadas, eso sí, al look a lo Bosé que a lo Pantoja.

Utillaje antiguo

El ‘universo’ del barbero

En los tres establecimientos hay un empeño por conservar la esencia original, pero es el de Alcalá el más auténtico de todos. En él pueden contemplarse artículos de coleccionista, como la caja registradora National labrada en bronce que sigue marcando los importes en pesetas y céntimos; la bacía -el tocado elegido por Don Quijote- que usaba el bisabuelo de Alfonso para practicar las sanguijuelas o los afeitados; el tradicional poste rojiblanco de barbero; los sillones clásicos de metal blanco; los aparadores con perfumes y champús o los espejos modernistas.

El local conserva también la amplia portada de madera y cristal que se instaló con la reforma que tuvieron que hacer una vez finalizada la guerra civil. Asimismo, entre las tradiciones mantienen el corte de pelo a navaja y el aspecto atildado de los empleados/as, todos uniformados con camisa, chaleco cerrado y corbata o pajarita, “menos en verano, que se la pueden quitar”.

El fundador, Joaquín María de Brito (segundo por la derecha), en la puerta de la peluquería

La noche de los tiempos

De sus muchas horas de infancia pasadas por Alfonso de Brito Ramírez cuando su padre pasó a regentar el negocio, recuerda especialmente los olores. “Entonces se aplicaban muchas fricciones a base de colonias, como las de Álvarez Gómez o, más parte, Varón Dandy, o tónicos capilares, como el de la Quina Crusuellas. También había gente que pedía que se le aplicase petróleo sobre el cabello como remedio anticaída mientras su fumaba un puro, que en aquellos momentos todavía estaba permitido fumar en la peluquería. La mezcla de olores era muy intensa y es lo que tengo más grabado”.

No fue hasta 1995 cuando Peluquería Moderna pasó de manos de la tercera generación, con Joaquín de Brito Laorden, a su hijo menor y actual responsable. Al último corresponde la idea de expandir el negocio y sumar al original dos nuevos establecimientos. Ahora un poco como que se arrepiente, pensando en la situación crítica que lleva años atravesando el sector, agudizada aún más con la pandemia, cuando sus, aproximadamente, 15 empleados acabaron en ERTE. 

“El problema no es ese, que ya los hemos recuperado. El problema es que ahora hay que empezar a devolver los créditos ICO que recibimos en pandemia cuando la recaudación ha caído más de un 40% con respecto a los tiempos anteriores al Covid. La gente sigue teniendo miedo, pero también han cambiado sus hábitos y perdido poder adquisitivo. Si a eso le añades el 21% de IVA que aplicamos por Ley, se entiende que la gente se lo piense dos veces antes de ir a la peluquería”, afirma. 

Él, por su parte, no se atreve a cobrar más de 35 euros por el corte de pelo y afeitado, pero sospecha de esos negocios que ofrecen corte de pelo y tinte por 5 o 10 euros. “Las cosas valen lo que valen y a mi las matemáticas no me salen. Imposible amortizar una inversión con esos precios, pagando Seguridad Social, alquileres, material…”.

A sus 57 años cumplidos y perdidos todos los ahorros que tenía guardados para la jubilación, a Alfonso de Brito no se le pasa por la cabeza abrir más Peluquerías Moderna, ni siquiera con el modelo de franquicia. “La cosa está complicada. Ahora mismo, me conformo con subsistir y sacar al negocio a flote”.

“Condujo hasta la esquina de la calle Alcalá y dejó el coche estacionado delante de la Peluquería Moderna. La cara que veía en el espejo mientras se inclinaba sobre él un peluquero que lo había recibido con una inclinación y diciendo respetuosamente su nombre, era la misma que iba a mirar unos minutos más tarde Judith Biely”. La frase se extrae de ‘La noche de los tiempos’, el libro de Antonio Muñoz Molina ambientado en el año previo al estallido de la contienda civil española y donde los recuerdos del protagonista son parte principal de la obra. Esperemos que Alfonso de Brito siga añadiendo hojas al libro en lugar de contarlo en flashback.