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La marca de pantalones ignífugos para aventureros intrépidos de fin de semana, el marketplace de accesorios de lujo que le quita las etiquetas a las grandes marcas y la tienda de mapas ilegibles que no sirven para nada.

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Vollebak

Para que no te quemes

Vollebak

Cada vez que una nueva startup entra en el mercado de la moda deportiva y de aventura, aunque promete disrupción a raudales, al final ofrece más de lo mismo. Estamos cansados de verlo. O quieren competir en diseño o se proponen saltarse intermediarios en el mercado (que si a través de un modelo de suscripción, que si vendiendo directamente a los consumidores desde fábrica, que si ediciones bajo demanda…), pero, al final, no ofrecen un producto diferente, ni se dirigen a un nicho concreto: todos quieren llamar la atención del mismo público. Todos compiten por un mismo (y no especialmente mayoritario, lo que le hace francamente más difícil) público. Y son mercados competitivos y muy saturados. Piensa que si el precio no te define, grandes cadenas como Decathlon lo tienen muy fácil para sacarte del mercado a poco que tu producto sea popular. Por eso empresas como Vollebak llaman la atención. En sus dos años de existencia, han lanzado al mercado sudaderas con capucha (hoodies) de relajación que funcionan como tanques de aislamiento y venden una chaqueta azul morada que imita a la criatura más visible del planeta, la Mariposa azul morfo. Básicamente se dedican a fabricar la ropa que nadie más fabrica, con los tejidos en los que nadie más piensa. Ahora acaban de lanzar unos pantalones ignífugos inspirados (sus diseñadores los han estudiado, no lo dicen por decir) en los trajes de los astronautas. Los llaman ‘los pantalones de los 100 años’ y, básicamente, permiten caminar a través del fuego. Pero es que, además, son suaves, elásticos, a prueba de viento, repelentes al agua y transpirables. Ellos los venden como los pantalones que puedes llevar de aventura o a la oficina y que te van a durar toda tu vida. Sólo así, como te podrás imaginar, pueden cobrar 650 euros por un par de pantalones. ¿Una nueva necesidad para el segmento de más poder adquisitivo dentro del nicho de consumidores de deportes de aventura o una completa y absoluta locura de productos? No es un mal planteamiento. Arriesgado, pero no es mal planteamiento. Recuerda a cuando Carhartt se puso a vender ropa de trabajo como ropa deportiva.

¿Te comprarías un producto de lujo... sin marca?

Italic

¿Y si la misma fábrica que trabaja habitualmente para marcas de lujo como Celine, Prada, Cartier, Gucci, Louis Vuitton, Christian Louboutin, Givenchy, o Burberry, y que tiene que someterse a unos estrictos controles de calidad, te vendiera productos de la misma calidad que la que venden sus clientes, pero sin rastro alguno de estas marcas? Ni una mísera etiqueta. Sí, hombre, en lugar del producto malillo (con las costuras homenajeando las sienes de Frankenstein) fabricado en China con la marca falsa, te encuentras con un producto de alta calidad, pero sin marca por ningún lado. Si te ponen delante un bolso de Prada con y sin etiqueta, ¿con cuál te quedas? De verdad, son el mismo. Sólo cambia la etiqueta. ¿Qué haces? ¿Se comprarían artículos de lujo sin sus marcas? Así lo espera Italic, un club privado (por el que sólo hay que pagar 10 euros al mes) que permite comprar dos productos de lujo al mes. Italic está convencida de que algunos consumidores están más interesados en el bolso o la chaqueta que en la marca que lleva: están convencidos de que muchos consumidores (suficientes, entendemos, como para que sea negocio) identifican marca con calidad, pero si les garantizan la misma calidad, les trae al pairo la marca. Así, Italic ha lanzado un mercado de alta costura de fábrica a consumidor. El principal problema es que está desafiando a una industria donde la marca lo es todo. De momento, Ialic se ha asociado con 15 fábricas que fabrican productos para Gucci, Celine, J Brand, Prada y Louis Vuitton.

Mapas para coleccionistas y fetichistas

Barely Maps

Mapas de ciudades que no sirven absolutamente para nada. La ironía de este negocio es doble. Por un lado, aspira a reinventar el mercado editorial de los mapas de ciudades con un concepto tan minimalista que lo eleva a la categoría de arte. Por otro, sale al mercado en tiempos de Google Maps y tomtones. Imagina una ciudad con la distribución de los edificios y sus calles, pero sin nombres, sin referencias. Eso es exactamente Barely Maps, un experimento que cabalga entre el urbanismo y el diseño gráfico. Está claro que eso va directo a la pared enmarcado para presumir porque lo que es para orientarse, sencillamente, no sirve.

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