“Con esta novela quería ridiculizar lo que ocurre en el poder, no sólo en el siglo XVIII, también ahora”

Tiene buenas ideas para los negocios, pero sólo ambiciona crear una gran obra literaria. Amante de la historia y defensora la memoria de mujeres olvidadas, su última novela, Donde se alzan los tronos, le sirve para recuperar a una de ellas y burlarse de los caprichos del poder.

Su ficha:
Dónde y cuándo: Gijón, 16 de julio de 1959.
Quién: licenciada en Historia del Arte. Trabajó como periodista en televisión y radio, hasta que se dedicó a la literatura.
Por qué: por su libro Dónde se alzan los tronos (Ed. Planeta).

¿Por qué escogió a la princesa de los Ursinos para protagonizar su nueva novela?
Ya conocía a este personaje porque siempre leo mucha historia. Pero, además, hace un año di un curso en el Museo del Prado sobre el poder femenino a través de la representación de la reina y de las infantas y ahí me reencontré con ella, me di cuenta que me servía muy bien para hacer una especie de farsa que tuviera que ver con lo que está pasando en el momento actual. Siempre tengo la sensación de que las historias y los personajes me encuentran a mí.

¿Qué hay de real y de ficción?
Hay muchas escenas que parecen ridículas y que son reales. Como cuando se pelean dos nobles por mover el reclinatorio del rey. O la idea de Luis XIV para ayudar a los pobres de Francia haciendo una capilla esplendorosa. Los personajes están caricaturizados. Obviamente, detrás de esa caricatura hay mucho más. Pero creo que responde a la realidad.

Para ser real, sorprende lo ridículos que resultan esos grandes gobernantes de la historia
Sí, y sobre todo frívolos. Toman decisiones en función del estado de ánimo del día o de cualquier cosa que se les ocurre. Esta es la clave de la novela. Es un poco una forma de ridiculizar lo que ocurre en el poder: no sólo en el XVIII, también ahora. Como cito al principio del libro, me temo que estas cosas estén pasando actualmente en cualquier despacho en el que se decidan cosas que tienen que ver con la vida de la gente. Esto es tan común, que lo que me apetecía, ahora que lo estamos viviendo todos los ciudadanos como víctimas, era reírme no sólo de Luis XIV o de Felipe V, también de los que a día de hoy ejercen el poder de esa manera, dejándose llevar por pasiones o intereses propios.

¿Alguna anécdota que te llamara la atención especialmente?
Ese tipo de ridiculeces, esas peleas que había en las cortes por las prebendas que concedía el poder, por las migajas que los reyes soltaban, que claro, eran muy cuantiosas. El hecho de que los nobles en la corte francesa se pelearan por asistir a la ceremonia de los quehaceres del rey, que consistían en que hacía sus necesidades en público. Y que, aquellos sobre los que recae esa especie de lluvia de oro que los más altos sueltan se crean a su vez alzados a las alturas. Todas esas ridiculeces que cuentan los libros que hablan de la vida de las cortes dan mucha risa y también mucha pena sobre lo que es la condición humana. Piensas qué patéticos; pero, al final, éstos son los que deciden sobre nuestras vidas.

Las mujeres salen mejor paradas en la novela: inteligentes, influyentes…
La princesa de los Ursinos fue una mujer muy interesante, con una inmensa ambición y que tuvo muchísimo poder en España, pero que también fue víctima de su propia soberbia. Y curiosamente, como suele ocurrir con las mujeres, o bien ha sido borrada prácticamente de los libros de historia, o se la menciona como una intrigante. Si hubiera sido un hombre, sería un político importante, se le discutiría o no sus ideas, pero se respetaría su figura.

¿Has convertido en una causa sacar a la luz a las mujeres que han estado en la sombra a lo largo de la historia?
Sí, creo que ya es una causa. Como historiadora especializada en arte, estudié una historia muy centrada en lo androcéntrico. En la historia del arte, y todavía sigue siendo así, aparecen pocos nombres de mujeres. Es como no hubieran hecho nada antes. Se nos ha ocultado la historia del género femenino, porque se ha escrito la historia desde un punto de vista masculino.

¿Hemos aprendido algo de los errores del pasado?
No quiero ser radicalmente pesimista. La condición de los pobladores del mundo Occidental (el resto es otra cosa), de los que no formamos parte del poder y la riqueza, ha mejorado mucho. Tenemos muchas más posibilidades de rebelarnos y de defendernos contra eso. Pero aún así, intentan que sigamos siendo marionetas en manos de quienes ejercen el poder. Y este es un momento en el que estamos viendo eso muy claramente.

¿Imaginas alguna forma ideal de hacer empresa?
Siempre se dice que las empresas no tienen ética, y ¿por qué no? Nos hemos dedicado durante siglos a pisotear el mundo y a los seres humanos y creo que una de las cosas que debemos aprender es que hay otras maneras de vivir. Hay empresas que lo están haciendo, con buenos resultados. También hay otras formas de gobernar. Islandia es un buen ejemplo, con ese proceso de feminización que ha tomado el gobierno y las instituciones. Mujeres que tienen conciencia de que se puede gobernar de otra forma, más que ver con el diálogo, la sostenibilidad, pensar a largo plazo y dejar al lado las ideas de competitividad y de triunfo inmediato que habían imperado y que han llevado a la crisis.

¿Se te ha pasado alguna idea empresarial por la cabeza?
No, porque sería un desastre. Yo no sé mandar y no me gusta. A veces se me ocurren ideas que he propuesto a gente que me parecía más capacitada. Hace unos 25 años se nos ocurrió a una amiga y a mí montar Ikea en Madrid. Hablamos con algún empresario y rechazaron la idea. También se me ocurrió poner algún spa cerca de Madrid cuando no había, antes de que se empezaran a poner de moda. Hablé con un amigo hotelero y tampoco me hizo caso. O sea que buenas ideas sí debo de tener.

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