De pagar, a cobrar por hacer grafitis

Antes pasaban las noches pintando a hurtadillas las paredes públicas, ahora lo hacen en fines de semana y de día ilustrando las persianas de los establecimientos como reclamo publicitario.

Cuando regresó a casa después de ser detenido, se encontró con que sus padres le habían tirado a la basura todos los aerosoles y utensilios de los que se valía para embadurnar cualquier superficie. Le amenazaron con echarle de casa si no dejaba el grafiti, pero no hizo falta. Recogió lo que quedaba de sus cosas y, a la edad de 18 años, se marchó a un piso compartido. Cuando se le acabó el dinero, a los 6 meses, regresó, pero sin haberse dado por vencido. La deserción llegaría más tarde, con una multa de 1.600 euros que le tocó pagar de sus propios ahorros. Fue entonces cuando tomó la determinación de dedicarse al grafiti de manera profesional y, en lugar de pagar, cobrar por ello. Se dio de alta en autónomos y se alió con otros cuatro grafiteros para montar AeroArte, una asociación que, en un modelo de negocio B2B, ofrece servicios de decoración de persianas y marketing artístico a todos los establecimientos de la zona. Ahora, el sueño de Lucas Amat es crear una gran empresa que de trabajo a los amantes de este arte callejero y normalizarlo como ha sucedido con el mundo de body art.

Sigue conceptuándose como artista urbano, pero reconoce que, desde que pinta a la luz del día y con el consentimiento de los propietarios de las paredes, algunos le dicen que lo suyo ya no es grafiti. Él no se arrepiente de nada, ni del ‘vandalismo’ callejero, ni de la oficialidad actual, pero la adrenalina se la proporciona ahora el mundo de la empresa donde dice canalizar sus dos grandes pasiones: “el emprendimiento y la creatividad”, por este orden. “A los 3 años de estudiar Administración y Dirección de Empresas, lo dejé porque echaba de menos la creatividad, así que me pasé al marketing, que es lo que estudio ahora”, cuenta.

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Mientras tanto, los integrantes de AeroArte, consiguen “sacarse un sueldo” componiendo grafitis los fines de semana y moviéndose por el circuito reglamentario. Ahora, Lucas entra en un establecimiento, pregunta por el propietario y le suelta del discurso de las bondades que ofrece su persiana como espacio de reclamo publicitario donde estampar el logotipo, el nombre del comercio o incluir alguna ilustración artística a demanda. Nada que ver con el raquitismo del toldo o la visera de la tienda además de que, por una pequeña inversión de entre 400 o 500 €, el comerciante disfruta, durante años, de una publicidad permanente y original que cualquier transeúnte puede apreciar durante las más de 12 horas diarias del cierre del establecimiento.

Con este argumentario, ha convencido ya a 200 comercios dentro de su zona de actuación, Cataluña, porque, eso sí, se mantiene respetuoso con ciertos códigos de su antigua comunidad, donde el territorio es sagrado. Ofrecen también servicios a particulares interesados en decorar las paredes de sus casas con este arte y proclama su absoluta independencia ilustrando dormitorios infantiles. Otra vía de monetización son los talleres formativos en centros escolares, en esa nueva misión que se ha propuesto de reconvertir un sector marginal, en una industria. “También antes eran sospechosos quienes se tatuaban y ahora se ve como algo normal. Algo así es lo que me gustaría conseguir con el mundo del grafiti”, dice.

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