El científico que hace millonarios a los laboratorios

Francisco Martínez Mojica ha revolucionado el mundo con CRISPR, la tecnología para la edición genética que algunos consideran ya la más disruptiva del siglo XXI. "Si no inmortales, sí que, al menos, ayudará a vivir más y mejor", dice. 

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Martínez Mojica en una foto de Roberto Ruiz

Hasta el año pasado Francisco Martínez Mojica llevaba una vida más o menos tranquila. El seguía con sus clases en el departamento de Fisiología, Genética y Microbiología de la Universidad de Alicante, alternando la docencia con la investigación básica, que es lo que le gusta. Fue a raíz de que su nombre empezara a sonar como firme candidato al Nobel de Medicina por su contribución temprana a la tecnología CRISPR, cuando su vida cambió. No lamenta atender a las entrevistas -piensa que los científicos tienen obligación de explicar lo que se hace en los laboratorios con el dinero público-, pero tampoco se imaginó nunca como personaje mediático.

Algunos definen CRISPR como el descubrimiento biotecnológico del siglo y otros como la tecnología disruptiva que lo cambiará todo. El potencial es bestial dada su capacidad para editar el genoma de los seres vivos y corregir lo defectuoso, todo aquello que va mal, incluyendo enfermedades de cura insospechadas hasta el momento. Para aterrizarla, Martínez Mojica compara la herramienta molecular con un editor de textos en el que puedes copiar y pegar párrafos enteros y trasladarlos donde quieras, corregir la ortografía, eliminar errores…Con CRISPR lo que se puede modificar es la información genética de los seres vivos, “alterar el libro de instrucciones que hacen que, por el motivo que sea, las células empiecen a comportarse de manera errónea y a transferir información fallida (la enfermedad) y poder rectificar esos errores y reprogramar las células genéticamente para que prosigan con la información adecuada (la salud)”.

Obviamente, la explicación de la tecnología no es tan rudimentaria, pero el número de posibles aplicaciones parece inacabable. Entre los logros ya obtenidos se encuentran el de retardar la maduración de las frutas (tomates), la obtención de ganado con mayor masa muscular (cerdos), consecución de órganos de animales libres de infecciones y seguros para el trasplante humano o la aplicación a mosquitos para que no transfieran la malaria al hombre.

En humanos, los ensayos son todavía tímidos, pero a finales del año pasado se aplicó por primera vez en China para tratar a un paciente con cáncer de pulmón. “De momento sigue vivo, pero es pronto para hacer una valoración”, dice el profesor Martínez Mojica. Igual no es este el sitio para extenderse sobre todas las puertas que se abren con las investigaciones publicadas por el equipo de microbiología de Martínez Mojica a comienzos de la década de los 90, acuñando el término CRISPR, pero sí cabe hablar de la guerra de patentes que desencadenó y las multimillonarias inversiones de los laboratorios para explotarla.

Guerra de patentes

Nadie, dentro de la comunidad científica, pone en duda la contribución temprana de Martínez Mojica a CRISPR, pero el Nobel no se lo dieron a él, tal vez fuese porque su aportación fue de investigación básica, enfocada a la inmunidad de las bacterias, no a posibles aplicaciones derivadas. No se siente por ello dolido. “A mí lo que me ha gustado siempre ha sido investigar y eso es lo que he hecho con mi equipo. Los avances que conseguíamos se hacían en abierto, de modo que cualquier científico podía acceder a ellos. Luego llega alguien a quien se le ocurre que, en base a esta investigación, puede mezclar una cosa con otra y da otro paso. Eso es lo que sucedió”.

Hace así referencia a las científicas Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna (premios Princesa de Asturias de Investigación Científica), conocidas por trasladar parte de esos conocimientos a la edición de genomas, desarrollando lo que hoy se conoce como CRISPR-Cas9. No pone bajo sospecha la genialidad de las científicas, pero sí dice que le sorprendió todo el revuelo que se montó después en torno a las patentes.

En la lucha por el copia-pega genético se enzarzaron la Universidad de California y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y no fue hasta el pasado mes de febrero cuando los tribunales e EEUU zanjaron la polémica reconociendo el mérito a Feng Zhang, investigador del Broad Institute, el MIT y la Universidad de Harvard. Aunque la Universidad de California estudia apelar la decisión, por ahora está resuelta la polémica batalla de patentes sobre los derechos de propiedad intelectual de CRISPR-Cas9 en la que estaba en juego un mercado estimado en 46 millones de dólares.

Otros laboratorios

Sin esperar a resoluciones judiciales, otros laboratorios se apresuraron a investigar por su cuenta otras posibles aplicaciones de la tecnología CRISPR en otros ámbitos. Así, según publicaba el pasado mes de septiembre el Wall Street Journal http://blogs.wsj.com/briefly/2016/09/22/crispr-cas9/ , entre los laboratorios que ya estaban apostando fuertemente por la tecnología CRSPR están Bayer, con sede en Alemania que está invirtiendo $ 335 millones en una empresa conjunta con CRISPR Therapeutics. Juntos investigan tratamientos para trastornos de la sangre, la ceguera y las enfermedades del corazón en los bebés.

Asimismo, Regeneron Pharmaceuticals de Tarrytown, Nueva York, invirtió 50 millones de dólares para la puesta en marcha y el pago de 75 millones para licenciar CRISPR para desarrollar terapias a través de la edición de los genes en el hígado. También es millonaria la inversión de Vertex y Crispr Therapeutics para el desarrollo de un tratamiento para la fibrosis quística.

En el enlace señalado pueden verse otras tantas inversiones millonarias que se están llevando a cabo en los laboratorios internacionales, como prueba de las grandes expectativas despertadas por la tecnología. "Yo era de los que, de pequeño, le quitaban el bocadillo en el colegio. Lo resolví haciéndome amigo del más fuerte de la clase", bromea Martínez Mojica, queriendo significar que la solución a los problemas hay que buscarlas donde sea necesario.

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