Popularizó la telefonía móvil en España y hoy es experto inmobiliario

Se presenta como “vendedor de casas” porque eso es lo que hace desde más de 20 años y lo que le ha convertido en referente nacional, pero Eduardo Molet se hizo famoso mucho antes, con un servicio de telefonía móvil que ofrecía en todos los atascos de Madrid.

image
Eduardo Molet, en una conferencia

El servicio se llamaba El tranquilizador. Consistía en un equipo de 22 jóvenes que, ataviados con un mono naranja y una gorrita negra, recorrían con una moto y en pareja los principales atascos de Madrid. En un mochila transportaban lo que entonces se conocía como un teléfono portátil, es decir, un artilugio de 5 kilos de peso cuyo precio rondaba en el mercado el precio del entonces medio millón de pesetas. Lo que ofrecían a los usuarios era la posibilidad de efectuar una llamada al coste de 300 pesetas el minuto (luego tuvo que rebajar a 100) para avisar de un retraso a una posible reunión de trabajo debido a un atasco o para orientar en casa de la hora a la que, más o menos, deberían ir echando el arroz.

Como negocio no resultó rentable, pero procuró a Eduardo Molet una popularidad impagable que todavía hoy rentabiliza. El tranquilizador fue noticia en los principales medios nacionales e internacionales, como la revista Time, pero Molet, que había replicado la idea de Nápoles, no se decidió por el, todavía en pañales, sector de la telefonía móvil. Sí aprovechó la notoriedad para conseguir nuevos clientes en la empresa de limpieza que ya había montado y para sus posteriores emprendimientos.

La llamada del trueno

Aclarar que Eduardo Molet no es emprendedor por vocación. Ser apoderado de banca o formar parte de algún importante consejo de administración era su sueño de juventud. Con estas aspiraciones se aplicó este bilbaíno de Las Arenas a estudiar Ciencias Económicas y Empresariales. El primer trabajo lo obtuvo con la multinacional Eulen, donde llegó a ocupar el cargo de director administrativo. Hasta que llegó una fecha que no olvida, el 13 de octubre de 1986, cuando a las 10.30 de la mañana recibe una carta de despido por competencia desleal. “Esa acusación, para un bilbaíno, es una de las mayores ofensas que te pueden hacer. Para mí fue un trauma, por lo inesperado, por lo brutal y porque era una empresa en la que llevaba trabajando 8 años dándolo todo”.

Entonces contaba Eduardo Molet con 33 años y asegura que el mismo día que recibió la carta se prometió no volver a trabajar jamás para un tercero. “A partir de ahora tengo que ser mi propio jefe”, se dijo. A esto se refiere cuando habla de “la llamada del trueno” que le empujó al emprendimiento "sin comerlo ni beberlo", en contraposición con la llamada del cielo que sería “esa dulce sonrisa interior que te motiva a emprender”.

De limpiador de oficina al sector inmobiliario

Con 150.000€ que le prestó su madre y la cantidad recibida por la indemnización montó, en el salón de su casa, la primera empresa, Secisa, para ofrecer servicios de conservación integral y limpieza. En su libro ‘¡Vendido¡ ¡Vendido¡ ¡Vendido¡’ cuenta un trueque que consiguió con un despacho de abogados consistente en la cesión de un pequeño espacio de 9 metros cuadrados que Molet utilizaría como oficina a cambio del servicio de limpieza. Lo anecdótico es que Eduardo Molet no tenía aún a nadie a su cargo por lo que era él mismo quien se encargaba de hacer la limpieza a escondidas. “Me daba vergüenza que me vieran y me inventé una limpiadora invisible”.

En ese arrojo personal y la perseverancia multiplicada por 3, es donde ve ahora Eduardo Molet las claves de cualquier emprendedor de éxito. Tras muchos años recorriendo polígonos desde primera hora de la mañana y haciendo visitas en frío logró que la empresa de limpieza contara con 188 trabajadores y una interesante cartera de clientes. Al final consiguió venderla bien. “!Qué satisfacción!”, recuerda, pero a aquellos tiempos corresponde también su segunda gran promesa al viento: “que si hasta entonces había sido yo quien llamaba a las puertas de otras empresas, a partir de ese momento, serían los demás quienes llamasen a mi timbre”.

Nada mejor para conseguirlo que crear una empresa de Contratación Temporal (ETT). La llamó Flexilabor, pero ahora sería un cambio legislativo lo que determinara su cierre. Bendita casualidad, porque ello procuró su “asalto” al ‘glorioso’ sector inmobiliario en 1999, casi recién estrenada la burbuja.

Vender casas a la americana

Antes, sin embargo, decidió aprender de quienes él considera los mejores vendedores de viviendas del mundo: los estadounidenses. Para formarse con los mejores expertos realizó hasta 8 viajes a EE.UU. De ellos aprendió la profesionalidad, la importancia del networking, de la actitud proactiva y de la conveniencia de vincular la empresa a la marca personal del vendedor como fórmula de garantía y confianza. Lo que más le impresionó, sin embargo, es el valor que le dan al marketing. En todo ello asentó su estrategia comercial que hoy resume en cuatro pilares básicos: “garantía, confianza, cercanía y notoriedad”. El dice haberlo conseguido aplicando una receta que también le parece sencilla: “procurando realizar un trabajo excelente, dedicando muchas horas e invirtiendo mucho dinero en publicitar los pisos que tengo a la venta con una fuerte dosis de creatividad y sentido común, aplicando técnicas de marketing de guerrilla”.

Hizo su introducción al mercado inmobiliario de la mano de una franquicia, pero no tardó en empezar a volar en solitario. En 2004, registra la marca REI Inmobiliaria que, al tomar como centro de operaciones el barrio de Chamberí, pronto derivó en el REI de Chamberí con la que siguió trabajando su marca personal. Una de las acciones que más popularidad le reportó en el barrio fue la creación del Club de Empleados de Fincas Urbanas, del que forman parte 1.360 porteros y conserjes de los 2.400 existente en el distrito. Ahora, a quien trata de conquistar es a los pensionistas de la zona, al objeto ofrecer la compra de sus viviendas bajo el concepto de Nuda Propiedad que consiste en vender el piso por debajo del valor del mercado a inversores que no pueden hacerse con la propiedad hasta que no fallece el vendedor. Así es como este “vendedor de pisos” sigue labrando una marca personal que, como ya es más fuerte que la comercial, opera a día de hoy como Inmobiliaria Eduardo Molet.

“La competencia está en la mediocridad”

Aunque la crisis le afectó, como a todos, asegura que él no ha dejado de facturar ni un mes y que vende todos los pisos en régimen de exclusividad. Si bien no desprecia la tecnología -se anuncia en todos los portales inmobiliarios- Molet está convencido de que a él lo que le funciona es su cara y el nombre. “La gente me conoce, les inspiro confianza y vienen a mí, no a mi empresa, porque saben que doy buenos resultados. Cierto que cada vez hay más competencia en el sector, pero esto es algo que siempre se da más en la mediocridad, no en la excelencia, que es lo que yo aconsejo”.

También a sus hijas las anima a buscar clientes, que no jefes, porque, aunque él no recibió la 'llamada del cielo', ahora asegura que no volvería a trabajar para otro ni loco. “Y que conste que no es por la edad, que tengo 64 años. Pero si hay alguien que albergue esperanzas con mi retiro, ya aviso de que ahora empiezo con el segundo capítulo de mi libro”. No en vano recogía Molet el año pasado la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

Publicidad - Sigue leyendo debajo