La empresa que quiere cambiar el mundo con un casco y una botella de agua

Entiende el fundador de Closca, Carlos Ferrando, que la culpa de los principales males que aquejan al planeta: el cambio climático y los plásticos, no son solo cuestión de productos o de procesos de producción, que también, sino que son las personas las que tienen en sus manos la capacidad de transformar la industria.

Closca

A los 10 años de edad, el fundador de Closca se encontró un libro con los dibujos de inventos que hacía de niño. El hallazgo fue suficiente para darse cuenta de su capacidad inventiva y creativa. Era un visionario. El paso del tiempo lo único que hizo fue acentuar su curiosidad por la antropología, la tecnología, el diseño… aunque luego terminase estudiando ingeniería industrial.

Desde los 23 hasta los 30 años estuvo dando tumbos de un trabajo a otro sin sentir que estaba sumando nada a acabar con los dos grandes dramas que a él más le preocupaban y que amenazan al mundo: la degradación del planeta con el cambio climático y la contaminación de los plásticos.

El aire que respiramos y el agua que consumimos están en peligro y con dichas amenazas científicamente probadas se imaginaba Carlos Ferrando, entre otras cosas, a nuestros hijos y nietos desplazándose por la calle cubriéndose la cara con una escafandra de Louis Vuitton para protegerse de los rayos ultravioleta. En cuanto al plástico, dice que vamos ya por una tarjeta de crédito que ingerimos cada semana sin enterarnos debido a la contaminación de las aguas y la tierra. Entonces es cuando decidió que todas esas aptitudes que portaba las iba a convertir en actitud y ponerlas a disposición de hacer un mundo mejor.

Cuando se despidió de la multinacional con 25.000 empleados para la que trabajaba, ocupaba el puesto de Area Manager. Es decir, que conseguir dinero no era su motivación principal, pero sí entendió que el emprendimiento era la única salida válida para crear algo que condujese a la sociedad a cambiar sus hábitos de consumo sin apenas esfuerzo. Este es el reto con el que nace la marca Closca con un eslogan que lo deja muy claro: Inspire change.

Bajo esta premisa, en Closca se dedican a diseñar, crear y distribuir productos icónicos apoyados en la tecnología y crear con ellos un movimiento de concienciación ciudadana. El primer producto que crearon fue un casco plegable para los ciclistas urbanos cuyo diseño se inspiraba en el Museo Guggenheim de Nueva York. El nombre, sin embargo, se lo puso en Valenciano, que closca es como se dice caparazón de tortuga en esta lengua.

El diseño como palanca de cambio

Lo primero que hizo este producto fue evidenciar las dotes artísticas y creativas de Ferrando. El casco se alzó con el máximo galardón en el TED Gift Experience, reconocimiento del que gozan también productos como la mochila Moleskine. Closca ha sido, además, ganadora de certámenes como el Premio de Diseño RedDot (2015), el Premio Eurobike (al feria de bicicletas mas grande del mundo) o el Climate Kic-European Accelerator Program, (iniciativa de innovación climática de la UE en la que obtuvieron el Eco Value Prize promoviendo ciudades inteligentes y reducción de C02).

Con tanto laurel alrededor de la cabeza, está claro que Ferrando podría haberse labrado una brillante carrera como diseñador. Pero no era ese el objetivo. Tocaba ahora conseguir que muchos comprasen el casco para, además de hacer la empresa económicamente sostenible, fueran muchos los mensajeros que se desplazasen por las calles de las ciudades difundiendo su mensaje ‘de mirad, con este casco super cool contribuyo a respetar el medio ambiente utilizando el medio de locomoción menos contaminante del mundo y no lo hago de manera bandálica, sino segural’. 

Para ampliar la difusión del mensaje, la empresa propuso más adelante un concurso a través de las redes sociales retando a los usuarios a publicar fotos de usuarios con un casco de Closca en la cabeza y mostrando alguna de sus fundas.

El efecto multiplicador

La iniciativa del concurso no era nada baladí ni perseguía fines comerciales. Carlos Ferrando se rige por la ecuación de que 3 elevado a 23 da un resultado superior a los 8 billones. Quiere esto decir, que si un usuario consigue convencer a otros 3 para que le imiten y luzcan el mismo casco, luego estos tres podrán extender la progresión a 9, estos 9 a 27, de 27 a 81 …y así hasta generar un crecimiento exponencial cuyo objetivo no es otro que potenciar el uso de la bicicleta de forma segura.

Con esta misma visión acometieron luego en Closca un segundo diseño activista: una botella de agua de un solo uso, Closca Bottle. También de diseño super guay, -prêt-à-porter, dice Ferrando- pero cuya misión es reducir el uso del plástico y dar una vuelta de tuerca a la forma en la que consumimos el agua. Para facilitar el proceso crearon Closca Water App, una aplicación que indica a los usuarios los puntos más próximos donde recargar la botella de agua gratis. Hasta ahora, entre todos los usuarios, habrán conseguido 1.5 millones de rellenados, es decir, 1.5 millones menos de botellas de plástico contaminándolo todo.

Comunidad y beneficios personales: los retos para obtener clientes

Pero Ferrando también es consciente de que impulsar un cambio de actitud en los ciudadanos es casi más complicado que hacerlo en la cadena de producción o de distribución. Para que el cliente pase por el aro han de cumplirse dos condiciones principales: más comunidad y un beneficio personal, que es lo que buscan. Muy pocos están dispuestos a dar el salto a la sostenibilidad si ello les supone un sacrificio económico o se sienten como raras avis en su entorno. Facilitar lo que buscan sin que apenas perciban un esfuerzo por el cambio de actitudes es, a juicio de Ferrando, el reto principal para una empresa que persigue mejorar el mundo desde dentro.

Para fortalecer la sensación de beneficio personal, en Closca ponen en marcha iniciativas gamificadas que demuestran a los clientes cuánto están contribuyendo en el desafío de los residuos plásticos ofreciendo recompensas a los más activos. Dependiendo de los rellenos, van acumulando puntos que luego pueden canjear, por ejemplo, por descuentos en distintas marcas o establecimientos o conseguir algún premio.

En estos momentos, con 16 empleados, se puede decir que Closca es una multinacional que vende 50.000 cascos y 60.000 botellas al año en los principales mercados del mundo. Puede que algunos consideran insignificantes estas cifras, pero la suya quiere ser la historia de un emprendedor que antepuso al planeta a la cuenta de resultados aún siendo consciente de que su deber también es hacer dinero. Sin una empresa próspera, no hay impacto positivo que valga. De ser así, este emprendedor que se propone cambiar a la sociedad a través del diseño, no habría montado una empresa.