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Otra forma de hacer comercio es posible y estos 4 emprendimientos lo demuestran

Cuando la competencia procede de multinacionales y gigantes empresariales, tal vez la fórmula para triunfar no sea la de pensar en grande, sino más bien al contrario, pensar en pequeño y alejarte de ellos con un servicio diferencial y un comercio pausado. Así es como lo están haciendo estos cuatro emprendedores

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Más de 1.000 referencias en menos de 60 metros cuadrados

Gran Granel es un pequeño comercio que se emplaza en el número 45 del Paseo de la Florida, en Madrid. Lo abrió el pasado mes de agosto Andrea Lozano Gascueña, una joven de 37 años con larga trayectoria profesional en el marketing online.

Algo harta de pasar el día frente a una pantalla y con una inquietud personal por la sostenibilidad, vio la oportunidad de dar un giro a su vida el día que leyó el letrero de ‘Se alquila’ en el mismo local al que ella iba de pequeña junto con su abuela y su madre a hacer la compra diaria. Entonces era la típica tienda de ultramarinos, donde los vecinos del barrio se surtían de todo lo necesario en un espacio que apenas alcanza los 60 metros cuadrados, más que suficiente para que Andrea Lozano pudiera poner en marcha su idea de negocio. 

No hace falta explicar a qué se dedican en Gran Granel, pero sí lo que marca la diferencia de otros negocios surgidos con un concepto similar y, más aún, de los convencionales. 

Lo primero es que se concibe como un mini mercado con la filosofía ‘Zero Waste’ para que aquellos clientes concienciados con la sostenibilidad y el medio ambiente puedan hacer la compra completa del día en el mismo local. Para ello, Lozano trabaja con cerca de 70 proveedores que le proporcionan las más de 1.000 referencias de productos que ofrece. Hablamos de artículos de todo tipo, desde los básicos de alimentación -perecederos y no-, hasta productos de higiene personal, de limpieza para el hogar, cosmética, bebidas, bombones, distintos tipos de café, tés…e, incluso, flores frescas. 

Con tanta referencia y tanto control de stock, es fácil imaginar lo complejo que resulta gestionar un negocio de estas características para una emprendedora que, además de hacerlo todo sola, se empeña en conocer a fondo cada producto que vende con la intención de preservar la honestidad en las recomendaciones que hace a sus clientes. Además de la gestión, Lozano hace también malabarismos para controlar los precios de manera que ni sean excesivos ni le procuren pérdidas. 

“Lo que quería era crear una tienda de barrio llena de colores y sabores en la que poder hacer la compra completa de manera más relajada, uniendo lo mejor de las prácticas tradicionales, como la atención personalizada y el asesoramiento informado, con las nuevas tendencias de consumo, con muchas familias monoparentales o personas que comparten piso y que no necesitan comprar grandes cantidades alineado, todo ello, a la conciencia medioambiental”, dice Andrea Lozano.

No todo lo que vende tiene certificación ecológica, pero sí corresponden a pequeños productores de cercanía y libres de plásticos. Asegura que, todo el que entra, compra algo y lo mejor es que vuelven. “Me sorprende la cantidad de personas que me han dado las gracias por abrir un establecimiento que les permita hacer la compra diaria de forma sostenible”, asegura. 

También la decoración y el mobiliario de la tienda procede de muebles restaurados que le han ido regalando los amigos o algunos clientes. El resultado no es homogéneo, pero sí armónico y alegre, con multitud de olores y colores.

El único problema en el caso de Andrea Lozano es el que se comparte en ‘la casa del herrero’. Ella, que durante más de 15 años se ha dedicado al marketing online, no ha tenido aún tiempo de crear su página web ni ponerse a trabajar las redes a fondo, salvo Instagram. Sabe que tiene que hacerlo para ganar visibilidad digital y ampliar las ventas con los canales online, pero mucho tiempo no tiene ni prisa por expandir el negocio. Con la apertura de un segundo local le saldrían las cuentas, pero la sensación de triunfo le llegaría al ver cómo otros negocios de barrio siguen su estela porque, aunque el negocio sea pequeño, la ambición no es solo personal, sino social y medioambiental. 

Diseño, oficina y tienda, todo en uno

Hubo un tiempo en el que Carola Huidobro quiso hacer de RopaChica una gran marca de moda y a punto estuvo de conseguirlo. A esta diseñadora y licenciada con Matrícula de Honor en la segunda promoción del Centro Superior de Diseño de Moda de Universidad Politécnica de Madrid, siempre se le había dado bien hacer cosas bonitas.

Tras acabar los estudios le surge la oportunidad de realizar unas prácticas en las oficinas de Loewe hasta especializarse en el diseño en piel y complementos. Con el nacimiento de su primera hija, decide permanecer en casa para cuidar de ella a la vez que se anima a crear su propia colección de bolsos trabajando en la buhardilla de su casa, donde monta una especie de tienda taller.

Su primera intentona empresarial acabó en cierre a causa de la crisis. No lo intentaría de nuevo hasta 18 años después de haber trabajado para una conocida marca de moda, que es el tiempo que necesitó para que empezara a quemarle la silla y a resurgir en ella el espíritu emprendedor. Es entonces cuando funda RopaChica con sus propios diseños y colecciones, originalmente para las tallas de entre 6 y 16 y, al final, solo para mujeres.

Tras otro intento frustrado de impulsar la marca en un establecimiento ubicado en Pozuelo (Madrid), acaba sumándose Manuel Domínguez al proyecto como socio inversor y responsable de desarrollo de negocio lo que permite a Carola Huidobro centrarse en el diseño y el patronaje. A partir de ese momento, la marca acelera el ritmo de expansión llegando a contar con dos tiendas, en Madrid y París, además de distribuir en más de 70 tiendas multimarca.

Luego ya fue el Covid lo que le paró los pies. Huidobro no solo tuvo que afrontar el cierre de todos los comercios sino también la marcha de Manuel a otra compañía. Quedaban solo dos caminos: saldar deudas y bajar la persiana para siempre, o desenredar la madeja y empezar otra vez desde cero asumiendo no solo la parte esa de las “cosas bonitas”, sino también las tareas de gestión, fabricación, contabilidad, ventas, atención al cliente, supervisar el sistema de pagos y cobros…

Al final triunfó la faceta testaruda de Huidobro y, ahora con el apoyo de Lía, otra diseñadora y “compañera de fatigas”, deciden seguir con el negocio adelante. Antes tuvo que hacer cura de humildad. “Me planteé que en lugar de hacer las cosas como los grandes, que es lo que habíamos pretendido en la etapa anterior, yo era una emprendedora pequeñita y que tenía que redimensionar todo a esa escala. Dejamos de vender en tiendas multimarca, cerramos la oficina de las Rozas y la trasladamos a la única tienda que tenemos ahora, en el número 6 de la calle Campoamor. Aquí, en menos de 90 metros cuadrados, es donde diseñamos, vendemos y tenemos la oficina”, dice Carola Huidobro.

La otra estrategia aplicada fue bajar la producción. Renunciar a la dinámica del fast fashion de las cuatro colecciones por temporada y decantarse por un modelo de negocio mucho más pausado y sostenible con prendas en las que anteponen la calidad y durabilidad de los tejidos y los diseños atemporales al ‘fashionismo’ porque sí. Y es con este regreso al modelo original de la tienda taller donde RopaChica parece, por fin, haber tocado la tecla acertada.

Gastronomía mediterránea ‘premium’ en conserva

Cristina Martín y Pedro Lozano son los fundadores de la marca de conservas Marlon. No hablamos de conservas al uso, sino de botes de cristal con lentejas, garbanzos, alubias, dulces…y un montón de productos más que se basan en recetas tradicionales, pero con el aporte de toques especiales y actuales. La elaboran ellos mismos en el obrador que tienen en Camarma de Esteruelas (Madrid), cerca de Alcalá de Henares. Además de tener aquí la cocina industrial para elaborar los productos, disponen de  una sala de catas.

Las recetas se inspiran en la gastronomía mediterránea haciendo uso de productos naturales. “Para nosotros es muy importante que los productores que sean locales, de hecho conocemos personalmente a la mayoría de los agricultores con los que trabajamos. Asimismo, rescatamos los ingredientes básicos de nuestra tradición en la cocina mediterránea, empleando alimentos que se están olvidando en la mayoría de los hogares y les damos un toque con especias.”, dice Cristina Martín.

En un principio, la pareja pensó en montar un pequeño restaurante pero finalmente se decantaron por el obrador. Después de tres años de preparativos, de perfeccionar las recetas y tramitar licencias, en enero de 2022 la marca Marlon arranca con la venta online.  Otra forma de darse a conocer es asistiendo a mercados itinerantes de alimentos, como el de la Despensa, en Madrid, con el que se persigue dinamizar las economías de las zonas rurales de la Comunidad.

Marlon Conservas ha conseguido también integrarse en algunos rincones gourmet de  distintos establecimientos de Viena Capellanes donde comparte espacio con otras reconocidas marcas. 

Además de elaborar y comercializar sus productos, ofrecen el aprovechamiento del obrador a terceros interesados en lanzar al mercado su propia conserva artesana que ellos etiquetan y personalizan para distinguirlo en el mercado siempre y cuando compartan los criterios de productos de calidad, de temporada, de cercanía y de productores que comparten estos mismos criterios.

Factoría casera de objetos para jugar

Alfonso Girón es arquitecto, pero combina sus trabajos de diseño y proyección con una marca, Martin Toys, a la que él mismo define como una factoría casera de objetos para jugar y a través de la cual comercializa piezas únicas realizadas a mano reutilizando materiales y componentes.

No se trata del típico juguete que guardas en un contenedor o un cubo grande una vez que el niño se ha cansado de ellos, sino de piezas que se integran perfectamente en el paisaje doméstico como elemento decorativo y de la que pueden disfrutar todos los habitantes de la casa.

Son juguetes básicos, coches en su mayoría, elaborados a mano, con un toque retro en el diseño, sin mucho detalle y abiertos, es decir, que se pueden desmontar y reconfigurar de muy distintas formas porque se trata de participar del juguete. Otra de sus peculiaridades es que están hechos a base de material desechado, en su mayoría procedente de retales de carpintería o de muebles viejos.

Pero no es que Alfonso Girón disponga de un estudio y un taller de carpintería, sino que lo tiene todo integrado en el mismo espacio porque así surgió la idea de negocio. 

“Todo empezó jugando con mi hijo en un momento en el que tenía que trabajar a la vez que me hacía cargo de él en casa. Un día le propuse dejar de comprar tantos juguetes y fabricarlos nosotros con las herramientas y materiales que encontrásemos en casa. Empezamos poco a poco, pero salieron cosas chulas”. 

La producción es bastante limitada “pero son todo piezas únicas que van evolucionando como si fueran todo prototipos, pero que acaban saliendo como producto final, casi un concept car que queda en un modelo”, explica Girón. Sabe que no dispone de capacidad ni recursos suficientes para dedicarse a esto a gran escala, pero sueña con que algún día algún emprendedor se interese por sus prototipos y lo explote a otro nivel.