¿Piensas que tu idea es demasiado diferente? Echa un vistazo a esto

¿Estás pensando en montar un negocio? ¿Buscas inspiración?

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Resucitan los nuevos manitas

Existen kits para fabricarte tus propias pajaritas electrónicas, tu propio chicle con sabor a domingo por la tarde, tu propia ginebra casera, tu propia cámara reflex, pero también para recuperarte después de una ruptura sentimental... si tienes ganas de usar tus manos, tienes casi cualquier producto que puedas imaginar en la categoría de Házlo Tú Mismo. Y no, no es lo que estás pensando.

Dentro del universo Do It Yourself, el mercado de los kits de alambiques caseros es el más desarrollado, tienes The Spirit Infusion Kit (33,95€), para fabricar en casa desde orujo hasta cerveza Pielser, The Gin Kit (19,95€), para dar a luz una espirituosa ginebra, el clásico Mr. Beer Premium Gold Edition 2 Gallon Homebrewing Craft Beer Making Kit (a partir de 89,95€), con el que haces la cerveza que te dé la gana –otra cosa es como sepa–.

Luego está el nicho del origami. Sólo que ahora el origami está motorizado. Son figuras imposibles de papel con cerebro electrónico. Como Karakuri, una idea de Keisuke Saka. Es una vuelta de tuerca a los autómatas de toda la vida.

Y ahora viene lo bueno:

¿A que siempre has querido hacerte tu propio ukelele? Pues puedes: Zimo DIY Ukulele (34,99€). ¿O una guitarra eléctrica? Pues puedes: Tienes TheFretWire (170€). ¿O tu propio chicle? Pues puedes: Verve Chewing Gum Kit (12,95). O hacerte tu propia cartera de corcho para meter las tarjetas (Chipwallet). Te vas a encontrar también con pajaritas de cartón luminosas (con un corazón electrónico) DIY (Natasha Dzurny Bow-Ties).

Pero sabemos que a ti te va más hacerte tus propias máquinas de arcade con unos cuantos circuitos, unos cuantos botones y una caja de cartón: Jiu Man Classic Arcade DIY Kit (65€). Reconócelo. Te salieron las espinillas mientras te dejabas la paga en el centro comercial jugando los sábados por la tarde al Dragon's Lair y al Robotron 2084. Llegabas a casa oliendo a fritanga y con la satisfacción de haber superado tu récord de la semana anterior.

O resulta quieres una cámara reflex de cartón DIY que te recuerde a esa Hasselblad que nunca de te vas a comprar. Y para ello tienes Viddy Pinhole (49,95). Tú pones los tatuajes y la cara de hipster. Y las fotos.

Pero eso no es nada.

¿Sabías que existe un kit para rupturas sentimentales? No necesitas recurrir a amigos, exparejas, ni psiquiatras. Lo haces todo tú mismo. Esa es la idea detrás de Shitshuren box, un pack japonés restaura-corazones. ¿Qué contiene el pack? Una guía sobre todo lo que tienes que hacer para superar la ruptura, un paquete de pañuelos y una goma elástica para descargar la tensión cuando recuerdas con ira la relación pasada. La idea de la caja es que metas en ella todas las cosas que te recuerdan a tu ex: las llaves del apartamento tan cuco que compartiáis, fotos encantadoras que os hicistéis en fotomatones super-románticos, o esa jersey que continúa oliendo a él/ella.

Cervezas extremas

Ya sabes lo que decía el escritor Hunter S. Thompson: “las buenas personas beben buena cerveza. Sólo las malas personas beben mala cerveza”. Nosotros vamos un paso más allá: únicamente las mejores personas beben frikicervezas.

Ahora que todo el mundo ‘entiende’ de cerveza y hay tanto ‘connoisseur’ de medio pelo del botellín de autor, ya no sabes por qué criterio guiarte. Lo sabemos. Pues bien, antes de abrir una botella de cerveza y vaciarla en tu gaznate pregúntate: ¿Sería digna de Hunter S. Thompson? ¿Es el tipo de cerveza que te devuelve por unos minutos la confianza en que todo va a salir bien? ¿De la que te hace querer poner rumbo, de nuevo, a Las Vegas... a pesar de todo? Si las respuestas a estas tres preguntas son negativas, entonces no merece la pena. Si son positivas, adelante, tienes una joya en las manos.

Ya retirado en su particular ‘fortaleza de la soledad’ Owl Farm, en Woody Creek, Colorado (EE UU), Thompson se hizo amigo George Stranahan, fundador de la cervecera Flying Dog, y propietario de un rancho contiguo al de Thompson. Además del interés geográfico por un frío pueblo de sólo 268 habitantes, compartían la misma afición por las armas, los explosivos, el deporte y, sí, lo has adivinado, la cerveza. Al calor de esta amistad, el periodista se convirtió en abanderado de este noble brebaje y escribió un breve brindis para celebrar el lanzamiento de una nueva cerveza ideada por Stranahan que ha pasado al imaginario popular: “Las buenas personas beben buena cerveza”. A saber qué hubiera escrito Thompson, que falleció en 2005, si hubiera vivido, al menos, cinco años más.

UNA BREVE HISTORIA DE LAS CERVEZAS GONZO

Porque el 1 de julio de 2010 marcó un punto de inflexión en la historia de la cerveza –y hablamos de 9.000 años de historia–: una irreverente pareja de jóvenes maestros cerveceros escoceses, James Watt y Martin Dickie, al frente de la marca BrewDog, ultimaba en el puerto pesquero de Fraserburgh un producto con el que querían llamar la atención: la birra de mayor graduación de la historia. Nada menos que con un 55% de alcohol. Sí, 55%. La bautizaron como El fin de la historia, un nombre ciertamente premonitorio para quien se bebiera de un único trago una botella de este brebaje. Era una edición limitada de 11 botellas de un litro de cerveza de malta belga rubia, embutidas todas y cada una de ellas en los diminutos cuerpos de ardillas disecadas en una alucinación taxidérmica. Cada botella costaba 500 libras pre–Brexit y se agotaron inmediatamente.

A esta invención le siguieron El Pingüino Nuclear Táctico (32% alcohol) y Hunde el Bismark (41%). También en ediciones limitadas, a 400 libras la botella. Sin duda, Thompson habría sableado a sus editores de Rolling Stone y Sports Illustrated para financiarlas.

Al escritor también le habría apasionado la cerveza de Fossil Fuels Beer Brewing Co., una bodega de Manteca, en el condado de San Joaquín, California (EE UU), que utiliza ambar de hace 25 millones de años para fermentar la cerveza. Manteca, por cierto, es la típica ciudad estadounidense pequeña en la que se correrían una buena juerga los Gremlins a partir de las doce.

De la misma manera que habría vaciado botella tras botella de la bodega Rogue, cuyas birras Beard Beer fermentan en Ashland, Oregon (EE UU), con pelos de la barba del fundador del alambique. 

Y sin duda se habría agenciado al menos una botella de Dog Fish, la cervecera del anodino Delaware (EE UU), responsable, entre otras joya, de la birra con polvo de meteorito. 

Lencería revolucionaria

Resulta que ya no te compras unos boxers para parecerte a... ¿Cristiano Ronaldo? ¿David Beckham? Ahora compras la ropa interior que encaja con lo que ya eres: un friki.

La delgada línea roja entre redefinir un mercado (digamos, cómo compran los hombres ropa interior o cómo adquieren lencería las mujeres) o quedar como un excéntrico sin dos dedos de frente es verdaderamente delgada. Es tan delgada que es una cuestión de milésimas de milímetro. A un lado, haces el mayor de los ridículos. Al otro, te esperan el dinero y la gloria. Y si te quedas en medio, das a luz un frikinegocio. viejos problemas, nuevas soluciones.

Si no, que se lo digan a Simon Fréour, parisino de 26 años, ingeniero informático, para más señas. Fréour, epítome del hipster europeo con una abundante greña de pelo alborotado como un mostrador de ropa de Primark, andaba programando en una startup unos y ceros para revolucionar el mercado de la música (HipMe.fm, una red social para descubrir música) cuando se le ocurrió que por qué no solucionaba mejor de un plumazo tres problemas que nos aquejan a los hombres desde tiempos ancestrales: uno, que no se nos salga la camisa que nos metemos religiosamente dentro del pantalón con una tozudez inversamente proporcional a nuestro esfuerzo por salir a la calle con estilo/dignidad; dos, poder ir por la calle en calzoncillos, y, tres, ocultar esa tripilla que lucimos desde que cumplimos los 30. Y juntando calzoncillo (caleçon) y camisa (chemise) se inventó lo que se conoce ya como calzonmisa, que suena muy pío. Y montó Calchemise, donde vende esta particular prenda por 50 euros.

Al mismo tiempo, a 5.000 kilómetros de distancia, en Saint John, Canadá, Danieal Cormier estaba harto de buscar como loco su móvil cuando estaba en casa. Siempre, dice, lo perdía. ¿Por qué no llevarlo a mano todo el tiempo?, pensó. ¿Por qué no me compro un calzoncillo con bolsillos?, discurrió. Y, reza la leyenda, buscó y buscó, pero dicho producto no encontró. Había, sí, alguna prenda con pequeños bolsillos que servían para meter preservativos, pero no era lo que él buscaba. Así que Cormier se compró una máquina de coser y tela y se hartó de ver tutoriales en Youtube para aprender corte y confección. Empezó a vender las prendas en Etsy y cuando llevaba más de 100 calzoncillos vendidos –que ya son calzoncillos con bolsillos–, pensó que eso tenía que convertirse en una marca: Danieal Underwear. ¿Por qué ponerle bolsillos a un calzoncillo?, dirás tú.

¿Por qué no? ¡Si hasta ha habido sujetadores con bolsillos hasta hace sólo unos meses! 

En 1914, Mary Phelps estaba hasta el mismísimo moño de que los alambres de corsé le asomaran por debajo del vestido y afearan su figura. Lo solucionó colgando de ellos dos pañuelos de seda unidos con cinta rosa. Y así nació el sostén. Ciento once años después, al calor del popular programa de televisión Shark Tank –un ‘Tú sí que vales’ empresarial–, nació [sic] BoobyPack (busca el significado...), un sujetador deportivo con dos pequeños compartimentos, como cartucheras de detective privado, para guardar el móvil. La idea se le ocurrió a Christine Conrad, una periodista convencida de que a esta profesión le quedan los días contados. Lanzó una campaña en Kickstarter para recaudar 15.000 dólares para fabricar 1.000 sujetadores y consiguió 32.725 dólares. Y luego se presentó al citado programa de TV, donde consiguió otros 80.000 dólares. Y dos años tuvo que cerrar.

Algo ha cambiado en el mundo de los negocios cuando la empresa de referencia en el mercado textil es una empresa estadounidense que vende pantalones cortos de diseños psicotrópicos montada por cuatro treintañeros salidos de la Universidad de Stanford que se llama Chubbies (os ahorro la traducción...). Antes, las empresas de moda masculina de referencia eran Ralph Lauren o Tommy Hillfiger.

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