Balleneros del siglo XIX: así es como nació realmente el venture capital

La historia del capital riesgo tiene su origen en la industria ballenera de mediados de 1800, cuando la mayoría de las embarcaciones no generaban retorno.

Capital riesgo: una industria que nace con los balleneros del siglo XIX

El capital riesgo es una de las fórmulas más extendidas para financiar una startup en 2021. Los inversores en esta fórmula ponen el foco en empresas con un alto potencial de crecimiento, la mayoría de las veces durante sus fases iniciales. Este factor provoca que, de forma habitual, el retorno sea incierto y el riesgo alto.

Pero el origen del capital riesgo poco o nada tiene que ver con la idea que, dos siglos después, tenemos de una startup. A mediados de la década de 1800, la industria ballenera se encontraba en pleno auge. Las expediciones se multiplicaban, y sus largos periodos de trabajo -cada una permanecía en alta mar unos tres años y medio- también requerían de grandes recursos económicos.

Es aquí donde aparecen los primeros inversores de capital riesgo. Una inversión a largo plazo, de alto riesgo y con la necesidad de financiar varias expediciones para diluir el mismo -diversificar-, así como un alto retorno en caso de éxito, eran los atractivos que llamaron la atención de importantes hombres de negocios para emprender en este sector.

Al igual que ocurre con el capital riesgo actual, en muchos de los casos las inversiones no terminaban de fructificar durante el siglo XIX. Prueba de ello es que, de las 68 expediciones balleneras que salieron del puerto de New Bedford, en Massachusetts, durante 1858, 44 no fueron rentables para los inversores.

El origen de los intermediarios en el capital riesgo

Aunque, en un primer momento, las inversiones en la industria ballenera se hacían de forma directa, con el tiempo el sistema fue profesionalizándose hasta dar lugar a la figura del intermediario, que permanece en el capital riesgo actual.

La falta de conocimiento sobre el sector ballenero por parte de los inversionistas, así como la incapacidad de los capitanes para comunicar correctamente el “plan de negocio” de una expedición, fueron las principales causas de la aparición de intermediarios, los agentes balleneros. En este sentido, estos profesionales decidían en qué empresas era mejor invertir, dada la probabilidad de éxito de la expedición, y firmaban acuerdos entre la tripulación y los inversores para repartir el botín si la misión concluía con éxito.

Estas funciones no son muy distintas a las que realiza una gestora de fondos de capital riesgo en pleno 2021. Estas empresas evalúan a las startups con más posibilidades de triunfar, e invierten en ellas el dinero de los clientes que quieren multiplicar su desembolso. Además, estas inversiones presentan un altísimo riesgo y, en ocasiones, tardan años en generar un beneficio. Muchas de ellas no lo hacen nunca, aunque unos pocos éxitos son suficientes para cubrir con creces las pérdidas.

Por último, al igual que en el siglo XIX el éxito de las expediciones balleneras dependía del buen desempeño de la tripulación y el capitán, en el capital riesgo del siglo XXI esta tarea también queda en manos de los emprendedores. En algunos casos, los inversores pueden ayudar en esta tarea, pero al final será el empresario y su equipo quienes consigan convertir una startup en un unicornio con grandes rentabilidades.

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